viernes, 30 de septiembre de 2011

Pesimismo medioambiental

Me enteré el otro día de que el pesimismo, en algunos casos, podía tener un componente hereditario. Creo que es mi caso: mi padre también era pesimista. Así que no me duelen prendas en reconocerlo, con la particularidad de que no soy del tipo que disfruta diciendo "eso ya lo dije yo y no me hicieron caso" sino del tipo que disfruta cuando ve que se ha equivocado y que las cosas no han ido como temía. Si se prefiere otro vocabulario, me encanta hacer "profecías suicidas", es decir, profecías que, por el mero hecho de lanzarlas, se hace menos probable su cumplimiento, cosa que podría suceder si nadie las hiciese.
De mi fugaz incursión en la  investigación operativa recuerdo aquella distinción entre la norma minimax y la norma maximin a la hora de tomar decisiones sobre alternativas: o se elegía el mínimo de los máximos o el máximo de los mínimos y la opción tenía que ver, obviamente, con el asunto que se tratase pero también con el modo de ser (optimista o pesimista) de quien tuviese que elegir.
Encima, hay cosas malas que se ven venir y no hay más remedio que anunciarlas aunque te tachen de pesimista. 
Recuerdo una clase con profesionales del sector inmobiliario en plena burbuja especulativa del "ladrillo". Les dije que lo único que se sabía de las burbujas es que reventaban y me dijeron 1. que no era una burbuja y 2. que no iba a reventar porque vendrían inmigrantes y turistas a comprar las casas sin fin. Se conoce la frase del economista Keneth Boulding: "Si alguien dice que algo no tiene límites o es un insensato o es un economista". No eran economistas en su mayoría, pero sí eran profesionales del sector. Preferían actuar y no quejarse.
En esa misma línea, recuerdo haberle preguntado a un amigo, ejecutivo de empresa constructora , si estaban diversificando riesgos. Me contestó que sí: que estaban haciendo también obra pública. Sin comentarios. Eran otros tiempos: 2007.
La cuestión del medioambiente enfrenta también a optimistas y pesimistas. Los pesimistas tememos que la catástrofe podría producirse, aunque no sabemos si se está ya en el punto de no-retorno o todavía hay algo que se pueda hacer, ni sabemos mucho sobre plazos. Y, sobre todo, tememos la catástrofe porque no se ve ninguna indicación de que los poderes públicos tengan la más mínima intención de hacer algo al respecto, ocupados como están con la cosa económica y estando como están (como también sus electores en el caso de que se trata de una democracia) dispuestos a sacrificar el medioambiente con tal de conseguir el anhelado crecimiento económico que evite esos adicionales 42 millones de desempleados que la OIT calcula para 2012.
Los optimistas, en cambio, en lugar de quejarse de la ceguera general o, si se prefiere, de la falta de acción ahora que todavía podría haber tiempo, practican el pensamiento positivo y actúan. ¿Cómo? Pues muy fácil: invirtiendo en sectores que pueden proporcionar beneficios como los que tienen que ver con la gestión de los efectos, no con la prevención del problema como dicen los pesimistas. La prevención es cara, la gestión es rentable, así que seamos optimistas y reconozcamos hasta el cambio climático si hace falta.

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