jueves, 1 de septiembre de 2011

Entre el escepticismo y el cinismo

Tal vez tenga razón en este artículo quien despotrica contra los escépticos que se convierten en cínicos. Pero que no son la misma cosa.
Un escéptico, en la vieja Grecia, era quien no tomaba ninguna proposición como verdadera sin haberla probado antes y reconocía la dificultad que hay en probar muchas de ellas. En realidad, bastantes proposiciones se aceptan por valores, no por observación empírica que es imposible. Valores, hoy,  significa que se aceptan porque las acepta el propio grupo o porque encajan con los ideales, metas, objetivos o proyectos prácticos propios.
En cínico, también en la vieja Grecia, era quien negaba cualquier valor como director de la actividad humana. Efectivamente, ahí entra el tango: todo es igual, nada es mejor. Pero se trata de un terreno diferente al del escéptico, que se plantea sobre todo en el del conocimiento. Aquí se trata del terreno de la actividad humana y los criterios que la dirigen cuando tiene que optar entre A o B y lo hace porque considera que A es "mejor" que B desde un determinado punto de vista, que es un valor. 
Si el escéptico se mueve en el terreno de la Verdad (y duda de las verdades), el cínico se mueve en el terreno de la Bondad (y niega que haya un "bueno" y un "malo"). Si se prefiere, el primero se mueve en el terreno de los datos y el segundo en el de las acciones.
Someter las "verdades" a investigación, sin dar ninguna por válida por anticipado, es el principio de la ciencia. Se trata de la "duda metódica" que impide "falsas verdades" (aunque sean útiles para la "causa", sea la que sea), "cartas a los Reyes Magos" (que satisfacen a quien las escribe pero que no tienen incidencia sobre la realidad) y "omnipotencia de las ideas" (propia del pensamiento infantil, convencido de que basta en creer en algo intensamente para que ese algo se convierta en realidad).
Lo contrario del escéptico es el que niega la evidencia. Lo contrario del cínico es el fanático. Y lo deseable (desde mis valores -soy escéptico, pero no cínico-) es lo que se encuentra, desde una actitud escéptica, entre el cínico -que no tiene valores- y el fanático -que está dispuesto a matar por ellos-. 
En este último caso se trata de un continuo y, por tanto, con muchas posibilidades intermedias: cercano al cínico está el pragmático (que, por ejemplo, vota al "mal menor" inmediato sin perder de vista el "bien" a medio o a largo) y cercano al fanático está el de la "santa intransigencia" (como diría San Josemaría). El bien, para mí, no está en el centro. Esto último, en el terreno de la actividad. En el terreno del conocimiento, lo tengo claro: duda metódica incluso de todo lo que acabo de decir.
La vida sería muy sencilla si estas distinciones fuesen tan claras. Para complicarlo todo, es obvio que los valores guían la investigación: qué investigar, de qué preocuparse (acción) tiene que ver más con los valores que con la realidad de las cosas. Pero una vez decidido (por ejemplo, y como sucedió en los USA de 1971, una vez se ha optado por los intereses de las grandes empresas), la investigación tendría que llevarse con criterios de duda metódica, aunque la realidad empírica muestra numerosos casos en los que los valores influyen en qué datos se aceptan y qué datos se rechazan. Si lo que es bueno para la Verdad es lo que es bueno para la empresa farmacéutica, los resultados de la investigación se pueden suponer. Y no te digo si lo que hay es: lo que es bueno para la Verdad es lo que es bueno para el propio partido o el propio movimiento social o el propio grupo de interés. Razón de más para someterlo todo a la duda metódica sin por ello dejar los valores que guiarán la acción, pero sin que estos contaminen a los resultados. La vida no es una novela.

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