sábado, 6 de agosto de 2011

Fiestas Patrias y bombas atómicas

Hoy es el Día Nacional de Bolivia, país importante en mi biografía, que, como siempre, coincide (Fukushima por medio) con el aniversario de la bomba atómica sobre Hiroshima con el que (junto a la de Nagasaki) se dio un empujón al fin de la II Guerra Mundial. Por un lado, la independencia (a través de una guerra de independencia) de un país frente a una potencia extranjera, en este caso España. Por otro, el uso de la violencia para conseguir la paz. Como siempre, hay versiones alternativas.
Desde el punto de vista de los indígenas en lo que ahora se llama Bolivia (y que no coincide con el área que entonces se independizaba, pero esa es otra historia), no hay tal independencia. Los españoles estaban divididos en dos grupos: los que querían seguir dependiendo de la Corona cuya Corte estaba en Madrid (aunque había habido algún traslado de reyes con aquello de los Bonaparte) y los que querían ser independientes de la misma. Cosa de españoles, llámense criollos o chapetones, que discutían el mejor medio de seguir explotando a los indígenas. Estos volvieron a ser engañados como lo habían sido en la conquista (unos se pusieron de parte de los conquistadores, hartos como estaban de la opresión imperial de los incas o de los aztecas,  otros, en cambio, defendieron el status quo, es decir, a sus reyes/emperadores/monarcas). Ahora, hubo indígenas en cada uno de los bandos, aunque no sé qué tipo de engaño se utilizó ahora por unos y otros. Sí sé que, en muchos casos, la situación de los indígenas fue peor con la independencia que bajo el tremendo sistema de la colonia y ha tenido que pasar mucho tiempo para que 1. tuviesen voto (fue en los años 50 del siglo pasado, bajo el MNR) y 2. que la mayoría indígena tuviese un presidente que respondiese a dicha mayoría (Evo Morales). Me enternecía, hace muchos años, escuchar a los jóvenes aymaras en la escuelita rural en la que les daba clases cantar el himno nacional, en particular lo de "morir antes que esclavos vivir".
Las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki han tenido, también, su buena prensa: gracias a ellas se rindió el Japón o, para ser algo más precisos, se rindió el emperador Hiro Hito (a su muerte, como todos los emperadores japoneses, cambió de nombre, Showa y, por cierto, cumplía años el mismo día que yo). La otra versión sería la siguiente: se trató de un acto terrorista, es decir, del uso de la violencia indiscriminada, con particular saña en lo que respecta a la población civil, para conseguir los fines políticos propios. Esta vez, la bomba en medio de una plaza llena de civiles sí consiguió su efecto, pero porque el gobierno japonés ya estaba preparándose para la rendición. Hay, de todas maneras, una versión (alternativa o adicional): con la bomba atómica el gobierno de los Estados Unidos lanzaba un mensaje al gobierno de su todavía aliada URSS pero que sabía que iba a dejar de serlo ya que estaban planificando una Guerra Fría para después de la Guerra Mundial. El mensaje decía: "Tengo la bomba y tú no la tienes, así que atente a las consecuencias si nos enfrentamos". En este caso, el terrorismo no consiguió sus objetivos (si es que eran esos) ya que lo que consiguió fue la carrera de armamentos que situó al Planeta en una posibilidad de "Destrucción Mutua Asegurada" (MAD, en sus siglas inglesas que también significa LOCO, que es lo que había).
Seguro que se ha celebrado la versión que sigue oficial (de hecho, en los Estados Unidos se hizo clausurar una exposición que documentaba la alternativa). El caso es que, desde este punto de vista, Bolivia está mejor. En cambio el mundo, con la proliferación nuclear, está peor. Como reconoce la oficial  Nuclear Posture Review Report estadounidense de abril de 2010, “la amenaza de una guerra nuclear global es remota, pero el riesgo de un ataque nuclear ha aumentado”. Felicidades.

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