viernes, 26 de agosto de 2011

Déficit y Constitución: polvos y lodos

He escuchado y leído todo lo que ha caído en mis manos o en mis oídos (en la radio, claro) a propósito de la propuesta del gobierno español de convertir en constitucional el precepto de no incurrir en determinado nivel de déficit público. Me han interesado dos tipos de reacciones, además de las esperables maniobras político-electorales de cada cual de cara a los comicios del 20-N (incluida la de los que quieren salvarse de la quema).
Por un lado, está la reacción de los que se escandalizan por la pérdida de soberanía por parte de España que se somete a lo que dictan desde fuera, entre la pareja de hecho Sarkozy-Merkel y, sobre todo, el Banco Central Europeo en una carta que sin duda ha existido. No sé de qué se extrañan. Ya se cedió soberanía cuando, a decir de un ilustra prócer socialista, se "desmocharon los Pirineos" y España entró a formar parte del distinguido club de caballeros después de años de haber sido rechazada por causa del franquismo. Es decir, cuando se ingresó en la entonces Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea. Y se remachó cuando se aceptó el tratado de Maastricht y se aprobó abrumadoramente en el Parlamento español (donde se ejerce la soberanía nacional en democracia representativa y a donde se presenta la modificación pactada de antemano) la "constitución europea". Que se pacte de antemano no es novedad. Se hace con tanta frecuencia que no hay por qué extrañarse que ahora también se haga.
Pero es que la UE habría perdido también buena parte de su soberanía gracias a la "innovación ideológica" cuyas características comenté hace poco aquí, a saber, gracias a la creación de una institución independiente de los gobiernos democráticos y, ciertamente, no dependiente del voto popular, como es el Banco Central Europeo cuya función habría sido, hasta que los "poderes fácticos" no le han sugerido lo contrario, la de luchar contra la inflación. Y, ahora, la de ejercer "quantitative easing", darle a la maquinita de imprimir euros que se supone que es algo inflacionista. 
Pero, en fin, ese no es mi tema ahora, sino el de que por encima del gobierno español está la Comisión, por encima de ellos, el Banco Central y, posiblemente, por encima de ellos esté la pareja de hecho ya citada. Asombrarse a estas alturas de la pérdida de soberanía es no leer los periódicos desde hace tiempo.
Pero es que hay más. Como suele suceder, el tema se ha convertido en materia de consumo local y es que es local. Como lo es en Italia, Francia o Bélgica. En cada sitio con sus características propias y en sus particulares coyunturas políticas y electorales. Pero lo que tienen en común es que la Unión Europea corre el riesgo de entrar en tal crisis que tenga que romperse, desaparecer o trasformarse de tal forma que no la reconozca "ni la madre que la parió" (volviendo a citar al político antes citado). Sus respectivos (y comunes) déficits la hacen poco creíble para los inversores ("los inversores, a diferencia de los proletarios, no tienen patria") y es preciso convencerles de que se van a poder pagar las deudas contraídas y las que se van a contraer. Y hacerlo ya, porque la tormenta arrecia, sea cual sea la coyuntura local en la que se sufra. Insisto: los políticos tienen circunscripción, los inversores (institucionales, grandes inversores, fondos de pensiones etc.) no tienen patria.
Cuentan de un presidente estadounidense (creo que era Clinton) que, una vez que llegó a la Casa Blanca, dijo aquello de que "no puedo creer que mis políticas y mi reelección estén en manos de unos jodidos brokers". El angelito no se había enterado. Y eso era entonces. Ahora es algo mucho más claro. Pero enzarzados en la política local (y dependiendo de ella para el cargo) los políticos no han querido/podido/sabido poner coto a esta situación mundial y ahora pagan las consecuencias. De aquellos polvos vinieron estos lodos y los políticos están viendo cómo los inversores muerden la mano que les dio de comer o, para saltarse la metáfora, muerden la mano que les salvó de la quema que ellos habían producido.
La otra reacción es la de los economistas críticos con el neoliberalismo. Han hecho, como si se tratase de una rama del 15M, una lista de cosas que "habría" que hacer sin decir quién está dispuesto a hacerlo o, para ponerlo más claro, sin reconocer que no hay nadie con capacidad de decisión relevante dispuesto a hacerlo, con lo que su lista se convierte en una "carta a los Reyes Magos". Porque, para su desgracia (y la nuestra), con esas listas lo único que consiguen es obstaculizar su carrera académica, donde los "poderes fácticos" (digamos, su "colegio invisible" o su "paradigma dominante") no toleran lo que se aparta de la propia "innovación ideológica" que llaman "científica". Pero su "no a los terremotos" deja a estos totalmente indiferentes.
En el caso de que esta "innovación constitucional" se llegue a aplicar algún día, habrá que ver en qué se concreta y es de temer que se concrete en recortes en el Estado de Bienestar, recortes que no necesitarán de dicha modificación de la Constitución ya que se están aplicando y se van a aplicar todavía más. Podrán ir acompañadas de aumentos de impuestos (que es la otra fuente de afrontar el déficit público) y, en su caso, habrá que  ver qué tiene mayor peso. Lo primero es más fácil. Lo segundo es entrar en el terreno minado de quienes dan préstamos a fondo perdido a los partidos para que hagan costosas campañas electorales.
Personalmente, no me gusta ni los modos ni la decisión ni su por qué. Pero me temo que los políticos no tenían, en el mundo real del gobierno,  otra alternativa viable: aumentar el gasto público creador de empleo suponía endeudarse más y aumentar todavía más el déficit (imprimir moneda queda para el BCE, no para el Banco de España); aumentar los ingresos por impuestos a los ricos tendría que ser ya para el ejercicio fiscal próximo (el IRPF es para junio) a no ser que se aumentasen las retenciones de los asalariados, reduciendo todavía más el consumo. Y hay que convencer a los inversores internacionales de que, si quieren atacar (especular), que ataquen en otro sitio.
Debe de ser una cosa muy apetitosa eso de mandar cuando se está dispuesto a pagar el precio de comerse marrones como estos.

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