miércoles, 27 de julio de 2011

Terrorismos

Algunos creemos que no hay ninguna idea, por trascendente que sea, que valga más que una vida. Otros, evidentemente, practican lo contrario: sus ideas podrán tener consecuencias atroces en términos de muertes, pero vale la pena defenderlas, aun a costa de la vida de otros. A tenor de lo que dicen que decía en su blog, es el caso del joven noruego acusado de la matanza de un centenar de personas la semana pasada en Oslo. Por decirlo todo, también los hay que, por defender sus intereses, están dispuestos a sacrificar las vidas que haga falta: el control del petróleo, los intereses económicos particulares, el poder en general, son más importantes para ellos que las vidas humanas anónimas. Irak, Afganistán o Libia no se diferencian mucho de la actitud de Napoleón ante las posibles pérdidas de soldados: todo con tal de conseguir la gloria y la victoria.
A lo más que llegan algunos de los que ponen los intereses por encima de la vida humana es a valorar monetariamente la vida de esas personas anónimas. Ya se le echó en cara a Nicholas Stern, autor de un estudio encargado por Tony Blair para evaluar el impacto del posible cambio climático. Lo que hacía el ex-funcionario del Banco Mundial era aplicar un modelo al funcionamiento de algunas variables (alimentos, agua, ecosistemas) y ver qué sucedería si la temperatura media aumentaba diversos grados. Algo así como haría, de inmediato, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático puesto en marcha por Naciones Unidas. Lo peculiar del estudio de Sir Nicholas era que uno de los instrumentos que utilizaba para evaluar el impacto de los posibles cambios de temperatura media en el Planeta era asignar un valor monetario a la vida humana. Es la forma que el economista encontraba de poder hablar con seriedad del impacto del cambio climático. Pase. Pero lo que era más espectacular en tal intento era que el “valor” (más bien, “precio”) de la vida humana era diferente si se trataba de personas del llamado “mundo en desarrollo” o del “mundo desarrollado”. La vida, en los países “subdesarrollados”, “valía” menos que en los países “desarrollados”, con independencia de que, si el tal cambio climático se produjese, sería causado más por los habitantes de los países “desarrollados” contaminadores mientras que los “subdesarrollados” serían los que más sufrirían las consecuencias.
Lo pongo como otro ejemplo de insensibilidad hacia la vida humana, tanto por el intento de asignarle un valor monetario (las empresas de seguros lo hacen habitualmente y las penas judiciales por asesinato también recurren a ello) como por la repugnante división entre vidas con más valor que otras, vida “valiosas” y vidas “prescindibles”. Cierto que en Somalia están muriendo a miles, pero, evidentemente, no son vidas “valiosas”.
Vuelvo a Oslo y tengo que recordar lo sucedido en Oklahoma, en 1995, con una bomba en un edificio federal. El mismo día en que sucedió, escuché “La Voz de América” y su diagnóstico: “muslim fanatics”. Después resultó que el condenado por el atentado era rubio, de ojos azules y cristiano. Fanático, sí. Pero de otro orden: de las Milicias de la extrema derecha estadounidense. Aunque la Historia no se repite ni en comedia ni en tragedia, resulta curioso que ahora la primera reacción de los islamófobos haya sido atribuir la masacre a los islamistas hasta saber que el autor podría ser, a su vez, un islamófobo, contrario al “marxismo cultural” que, afirma, ha hundido a Europa y, ya puestos, contrario a la inmigración de “diferentes” de menos “valor”. Antiguo militante del segundo partido de Noruega, el Progresista o “del Progreso”.
Las prácticas terroristas aparecen como irracionales para los que tienen la vida humana como valor supremo. Sin embargo, tiene su racionalidad: el terrorismo es una práctica (no una ideología, por cierto) que se aplica como medio para un fin. Y es ese fin el que hay que conocer para, entre otras cosas, hacer ver que el medio elegido no lleva al fin. En otras palabras, la práctica terrorista no sólo es rechazable desde el punto de vista de los valores sino que, además, es estúpida porque sólo consigue el mal sin mezcla de bien alguno ni para el que la practica ni, mucho menos, para los que la sufren. Lo dicho se aplica, obviamente, a las prácticas de ETA.
Pero hay más: las prácticas terroristas pueden ser expresión de frustraciones que generan una agresividad que se convierte en agresión contra el diferente ideológico, religioso o extranjero. Como pasó en la crisis de 1929.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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