domingo, 10 de julio de 2011

Caca de perro

Me hace llegar un amigo un curioso artículo mexicano en el que se dan los siguientes cálculos: en el Distrito Federal, habiendo como hay tres millones de perros (tal vez cuatro), se producen diariamente 750 toneladas de excretas, deposiciones, cacas, mierdas o cagadas de los susodichos. Pero ese no es el cálculo preocupante. El que llama la atención es que, si eso es así, al día van al aire 15 billones de células de e.coli, la bacteria que tanto ha preocupado a los consumidores centroeuropeos esta primavera y, mucho más, a los agricultores españoles.
Como no estoy para salir a correr por las mañanas (cosa que, por cierto, no he hecho en toda mi vida), he tenido que sonreír al leer que el articulista hace una irónica observación sobre los que, en pos de su salud, salen a correr por las mañanas en el D.F. y que lo que consiguen es ponerse en peligro de inhalar alguna de esas bacterias hiperactivas. 
Mi vecindario no es, precisamente, el Distrito Federal: se trata de la periferia de un pueblo en la periferia de su capital, periferia, a su vez, de la capital de la Comunidad Autónoma, periferia de la capital del Reino, periferia no se sabe bien ahora de qué, si de Washington o de Berlín, sin excluir a Beijing. Pero con ser tan periférico, cuando salgo a pie (sin correr) a comprar el pan y los periódicos tengo que ir sorteando las cacas de perro. Ahora tengo una razón más para hacerlo (aunque dicen que pisarlas da suerte): el e.coli que no hace falta buscarlo en los pepinos. No sabía que las cacas de perro tuviesen dichas propiedades.

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