miércoles, 1 de junio de 2011

Felicidad subjetiva

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Todo lo que he podido saber se reduce a esta tabla que todos los que he encontrado reproducen de la misma fuente y que cuenta  en qué posición se encuentran algunos países en el Índice Global de Felicidad que ha publicado el gobierno de Corea del Norte. Doy por supuesto que la primera línea es básicamente en chino pero no en coreano, así que el lío es notable.
Como el avezado lector, algo más que yo, podrá ver, el país más feliz es la China (el imperio del centro, según los caracteres chinos que supongo comunes con Corea y con el Japón). Después va Corea (la del Norte, por supuesto, porque la del Sur es lo que aparece en el puesto 152), Cuba y Venezuela. Los Estados Unidos (el imperio americano, según los caracteres comunes -obsérvese que la China y los Estados Unidos tienen un carácter en común: el rey -o el jade, que no distingo- dentro de una frontera, es decir, reino o imperio) es eso que aparece en el puesto 203.
No me río de esa lista como no me río de las muchas otras que andan sueltas por ahí y que reflejan otros valores. La tomo como una más. Pero me hubiera gustado verla completa y, sobre todo, ver qué criterios utilizan para construirla. 
Tomársela a risa y, en cambio, tomarse en serio, como si fuese palabra divina, la lista de Transparencia Internacional o la del Índice de Desarrollo Humano o la del Índice de Competitividad Global o las del Producto Interno Bruto del Banco Mundial sin preguntarse cómo se ha construido indica que no estamos dispuestos a aprender y que, por suerte, estamos en la verdad. Como me decía un amigo (y muy amigo): "Qué suerte hemos tenido naciendo en un país que tiene la religión verdadera".
Si la felicidad cada cual la define de una manera, no tendría que extrañar que cada élite la defina de la manera que más contentos tenga a los que tiene debajo o que mejor encaje con la legitimación de sus intereses. El índice dominante es el índice que más conviene a la élite dominante. Que haya muchos significa que esa élite es más heterogénea de lo que nuestra pereza mental nos permite pensar.
Vaya parida que me ha salido.

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