viernes, 20 de mayo de 2011

Los jueces se equivocan

Son humanos. Eso es todo. Pero es que el problema, muchas veces, no son los jueces sino los fiscales (como la fiscal del caso Strauss-Kahn, en campaña para su reelección como fiscal, cargo electivo) o, peor, las leyes. Y hasta los policías. El caso extremo son las penas de muerte, ejercicio de venganza por parte de la sociedad y que los mejores criminólogos estadounidenses reconocen que nada tiene que ver su aplicación con la disuasión a cometer un delito: el delito se comete con independencia de que haya pena de muerte y se practique.
Ahora, se me recuerda aquí, ya no estamos en los tiempos de "Se ha escrito un crimen" o "Colombo": personas muy inteligentes que saben darse cuenta de dónde está el quid de la cuestión y hacen confesar al criminal. Tampoco estamos en "Canción triste de Hill Street", cuando el crimen seguía sin vencer pero sabíamos más de las debilidades de los policías. Ahora estamos en las varias "CSI" (Nueva York, Miami) y en la inefable "NCIS", con todo tipo de artilugios tecnológicos y pruebas de un cientifismo que echa de espaldas que conducen a descubrir con toda certeza quién es el malo o la mala. Los de antes era policías o detectives aficionados. Ahora, al margen de la evolución de "Magnum" hasta convertirse en el patriarca de "Blue bloods", son científicos, criminalistas. Y ante la ciencia lo único que se puede hacer es expresar reverencia, obediencia y sumisión. Amén.
El problema es que en los Estados Unidos hay diversas organizaciones que se dedican a liberar a condenados inocentes (esta o esta) y presentan datos menos optimistas. De entrada, calculan que con sólo que haya un 1 por ciento de inocentes condenados, estamos hablando de más de 20.000 personas. Después, presentan los datos de los que han conseguido salvar del corredor de la muerte (algunos después de muchos años batallando por su inocencia): centenares. Pero, lo que es peor, no pueden dar datos (excepto algunos anecdóticos) de los inocentes "ajusticiados" (es decir, asesinados judicialmente) ya que, una vez muertos, ya no se sigue la causa por su excarcelación o por su revisión de juicio.
Hay muchos argumentos contra la pena de muerte que van desde los derechos humanos a lo desagradable que suele ser su crueldad o lo rechazable que es la venganza. Pero el más fuerte ya lo he dado: es inútil. 88 por ciento de los criminólogos encuestados dijeron que las ejecuciones no reducían las tasas de homicidio.

Si lo que quieren es venganza, que lo digan. Es la ley del Talión, aunque algunos rabinos no están de acuerdo con la interpretación extrema. Nos humanizamos en la medida en que nos alejamos del espíritu vengativo. 


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