viernes, 4 de marzo de 2011

Revoluciones y su día después

Me parece que es mejor quitarse de en medio a un tirano o dictador que aguantarlo, sea o no sea corrupto, aunque la probabilidad de que sea corrupto es alta. Pero eso no significa que se resuelvan todos los problemas. Lo digo porque se pueden estar generando en sectores importantes de las poblaciones egipcias, tunecinas y libias, árabes en general, unas excesivas expectativas sobre el papel de la política en la resolución de problemas que superan al ámbito de competencias de un gobierno. Tengo que recordar las crónicas que Marx enviaba al New York Daily Tribune sobre la revolución en España (la de principios del siglo XIX) y la facilidad con la que los españoles pasaron del entusiasmo del "viva la pepa" al desencanto más profundo al ver que la Constitución de Cádiz no solucionaba los problemas que tenían dichos españoles y al vitorear al Fernando VII que la suprimiría con gran alborozo de los que se habían alborozado con la Constitución.
Como el texto de Marx huele un poquito a racismo teutónico septentrional hacia esos mediterráneos morenos, me cuidaré muy mucho de repetir sus dichos, no sea cosa que yo también sufra de racismo hacia los mediterráneos del sur. Pero sí me parece que el riesgo, en el caso del mundo árabe, es real: cuando los nuevos gobiernos tengan que afrontar el problema del aumento mundial del precio de los alimentos, de la volatilidad de los precios del petróleo, de los efectos catastróficos del calentamiento del Planeta los últimos años y de los coletazos de la crisis de los países centrales que han dejado de comprar, invertir y aceptar inmigrantes que envíen remesas a sus países de origen, y cuando los ciudadanos vean que esos problemas no los soluciona el gobierno, va a haber que invertir un montón de dinero en "diplomacia pública" o en "armas de distracción masiva" para que la gente no pase del "no es eso, no es eso" a un nuevo cabreo. Porque este podría ser bastante mayor.

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