domingo, 27 de febrero de 2011

Para entender lo que pasa

He escuchado todo tipo de interpretaciones de lo que sucede en el mundo árabe. Me han interesado, sobre todo, las opiniones de los no-especialistas (como yo al fin y al cabo) que intentan aclararse en la maraña de imágenes y escasez de noticias. Se me ocurren algunas sencillas reglas para entender lo que pasa, que, obviamente, se extienden a otros sucesos sean o no vistosos.
1. No confundir causa con precipitante. Una solución de sales en el agua puede ir aumentando su densidad mientras añadimos más y más sales sin que por ello se produzca una precipitación de la solución. Sin embargo, hay un granito de sal que hace que la solución se precipite. Pues eso: ese granito no podría haber causado la precipitación de no existir la concentración previa. Tal vez sin el granito, nunca se habría precipitado. Eso, traducido al mundo social y político, no lo sabemos. Pero sí sabemos que no hay que confundir lo que ha desencadenado los sucesos con las condiciones previas que lo han causado. Un muchacho que se quema a lo bonzo en Túnez y la extensión de la protesta en dicho país a otros países son precipitantes. Las causas hay que buscarlas en otro lado: el endurecimiento de la opresión, la escandalosa corrupción de las élites, el aumento de los precios de los alimentos por reducción de los subsidios...
Freud lo tenía claro a propósito de las neurosis (donde ponga neurosis, cámbiese por violencia) y decía que "bien sabemos que las condiciones etiológicas de la neurosis aún no han sido establecidas con certeza. Sus factores desencadenantes son frustraciones y conflictos internos; conflictos entre las tres grandes instancias psíquicas, conflictos producidos en la economía libidinal a causa de nuestra disposición bisexual; conflictos entre los componentes instintuales y agresivos".
2. Dos resultados iguales no son necesariamente idénticos. Las condiciones previas pueden ser muy diferentes. Es obvio que no eran las mismas en un pequeño Túnez, en el gran Egipto o en el próspero Bahréin. Pero el efecto contagio o imitación puede hacer pensar que se trata de lo mismo. Y no lo es. Porque tampoco son iguales las reacciones de las respectivas élites. Gadafi no es Mohamed VI. Y no digamos las de los gobernantes chinos, que no es árabe aunque sí hay importantes minorías musulmanas en particular en la problemática Xinjiang (petrolera, musulmana, separatista por parte de los uigures; petrolera, sí).
3. Beneficiario no es causante necesariamente. Cuando el detective (y todos lo somos al intentar comprender lo que nos rodea) se pregunta "cui bonum", a quién le beneficia, cuando pretende interpretar un crimen, sólo introduce un elemento en su pesquisa. No es el único, ya que el que se beneficia de un hecho puede que haya sido ajeno a la producción del mismo y que lo único que ha hecho haya sido aprovecharse de la situación. Quién se aprovecha de los cambios (¿Israel? ¿Los Estados Unidos? ¿Irán? ¿Los "fundamentalistas"?), además de no estar claro, no quiere decir que haya sido el promotor de los hechos que, a lo que parece, les pilló de sorpresa y se subieron al carro como pudieron (y en el caso de la Unión Europea, tarde y mal).
4. El tiempo es un buen juez. Los juicios sobre hechos tan vistosos como los que ahora me ocupan tienen muchos ingredientes para ser apresurados. Precisamente porque hay lagunas en la información, procuramos llenarlas con los que suponemos o imaginamos y, sin darnos cuenta, proyectamos nuestros prejuicios (coloniales, racistas, egoístas) para entender qué sucede. Además, lo que muchos sabemos es lo que hemos visto una y otra vez en televisión y algunos retales de corresponsales que dramatizan los acontecimientos desde la ventana de su hotel (eso fue lo de Tiananmen, por ejemplo). Así que no es mala idea suspender el juicio hasta ver qué pasa. Como sabemos por otras "revoluciones", lo importante no son las relaciones públicas que los revolucionarios establecen o las expresiones que los medios trasmiten "en tiempo real". Lo interesante es ver qué sucede al cabo de un tiempo. Es entonces cuando se calibra el alcance de la "revolución". La Grand Révolution, la de 1789 en Francia, no se ve igual en la toma de la Bastilla, con Robespierre o con Napoleón. Y no digamos con Luis Bonaparte. Claro que hubo revolución, pero el tiempo ayuda a calibrarla.
5. En resumen: no dar por supuesto nada. No se excluye, a priori, la posibilidad de que estemos ante un caso de gatopardismo: se vogliamo che tutto rimanga com'è, bisogna cambiare tutto. No lo creo, pero no sería sensato negarlo a priori y menos sabiendo que hay petróleo de por medio. Ni afirmarlo a priori. Chi vivrà, vedrà.

No hay comentarios:

Publicar un comentario