jueves, 2 de diciembre de 2010

Soberbia académica

He cenado solo en un restaurantillo (seis mesas) en el que he estado charlando con el dueño-cocinero-camarero. Yo era el único cliente y hablábamos en su lengua, con lo que el tono de la conversación se ha hecho más informal. Sean o no sean ciertas las historias que me ha contado, son dignas de ser tenidas en cuenta. Emigrante en Alemania y con buen alemán hablado, asistió en Verona a una proyección cinematográfica seguida de un coloquio con un tal Spielberg que entonces era poco conocido. Proyectaban el Luis II de Visconti. Mi interlocutor preguntó, en el coloquio, si podía hacer la pregunta en alemán, a lo que el judío Spielberg contestó que sí. La pregunta versaba sobre el papel que la música de Wagner (de fondo en el película) había podido tener en el nacionalismo alemán en general y en el nacionalsocialismo en particular. A lo que ahora cuenta, la conversación se alargó, el joven director hizo subir al joven interlocutor al estrado y el coloquio se convirtió en un diálogo en público. La pregunta final fue: "en qué universidad enseña usted". Pero no se trataba de un académico sino de un joven obrero sardo que había tenido que dejar sus  estudios de derecho en la Sapienza de Roma y había tenido que emigrar a Alemania sin por eso perder su afán de conocer. Y tanto que conoce. Si "cultura es aquello que queda después de olvidar lo que se ha aprendido", el que ahora me sirve una pizza es una persona cultísima que pasa de Clausewitz a Mahler y del Strum und Drang a Jenofonte o al Fedón.  Literatos, ensayistas, músicos y literatos. Sabe de qué habla. O así me lo parece.
Si he de creerle (y le creo), algo parecido le sucedió en una cervecería alemana. Leía con mucha atención en Der Spiegel una recensión sobre un determinado libro y tal no sería su atención que su vecino en el banco corrido de la cervecería no pudo menos que echarle un vistazo a lo que leía y comenzar una conversación sobre el contenido del artículo, que ahora no recuerdo cuál era. Pero sí recuerdo que también en este caso la conversación se elevó por los cielos de la jurisprudencia (no en vano había estudiado algo de derecho oficialmente, aunque después había seguido leyendo particularmente) hasta que su vecino de banco le preguntó, como Spielberg, que en qué universidad enseñaba. En ninguna, claro. Pero es que su compañero de banco era un magistrado del Tribunal Supremo.
Puede haber, en lo que trascribo y resumo, toda la fantasía italiana que se quiera. Algo debe de haber de verdad en lo que me cuenta este sardo emigrado a Alemania y recalado en España. Pero lo que le sigue enervando a él (como me sigue sacando de mis casillas a mí) es esa idea de que la gentecilla no puede tener la cultura que tienen los académicos. Primero, porque muchos académicos no tenemos la cultura que tiene mi interlocutor (me enseña el libro de Chateaubriand que está leyendo y me lo comenta en términos de Rousseau, con referencias a 1789 y la Grand Révolution). Y, segundo, porque para tener sus conocimientos (que los tiene, doy fe), sólo hace falta dedicarle tiempo a ello. 
Entra una joven pareja para encargar un par de pizzas para llevarse a casa y asisten atónitos a la conversación en la que saltamos del italiano al castellano por atención a ellos. Lo hacemos maquinalmente, pero, como después comentamos, sabiendo que no van a saber de qué diablos estamos hablando. Efectivamente, cuando se van con las pizzas en sendas cajas, le digo al dueño: "no habrán entendido mucho de lo que hablábamos". Y me dice que seguro que no, que ahora la gente prefiere ver los programas de banalidad que sueltan en la televisión. 
No estoy muy seguro de que su receta para la actual tormenta financiera que se cierne sobre Europa sea la correcta. Y no lo estoy porque no creo que alguien pueda estar seguro de la receta a aplicar. Pero sí sé que su propuesta es mucho menos simplista que la que proponen los medios "especializados" en economía. Tal vez los mismos medios que, faltos de toda cultura como él dice, le asediaron cuando salió de su conversación pública con Spielberg. No buscaban la verdad sino la noticia.
Como otros, académicos, buscan la carrera (o la satisfacción de su ego) y no la verdad. Que desde ahí pretendan mirar al resto del mundo por encima del hombro, sólo indica su ignorancia.
Eso sí: la digestión nocturna de la pizza ha sido de lo más pesado. Justo castigo, supongo.

1 comentario:

  1. Gracias por el comentario. Hay currelas -amigos y desconocidos- que me han enseñado muchas cosas de la vida y de "la cultura" en los bares y en la calle. Algunos son muy leídos -mucho más que yo-, otros viven condiciones sociales bastante duras y han desarrollado su escepticismo y crítica a los que mandan basándose en su experiencia. A muchos académicos e "intelectuales" les vendría bien bajarse algún día y escuchar. O al revés, llevar a la universidad a esta gente del pueblo que no vive en una burbuja; muchos alumnos lo agradecerían.
    El académicos no debería olvidarse de que es un currante (por muy listo que se crea). Un trabajador con cierta autonomía y posición que debería aprovechar para trabajar por el alumno y por los de "abajo", no por los de "arriba". Como tu has dicho otras veces, las cosas son como son y no como deberían ser, supongo que está en la lógica de la universidad y del "sistema", pero no vendría mal un poco de honestidad humana e intelectual en estos tiempos.
    Joan

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