viernes, 17 de diciembre de 2010

El temor a las filtraciones

El director del National Security Archive, un grupo que, desde la George Washington University, se dedica a pedir que se desclasifiquen documentos oficiales estadounidenses y los publica legalmente en su propia página, compareció ante una comisión del Congreso de los Estados Unidos constituida para discutir el asunto de Wikileaks y sus flecos (y no tan flecos) legales. Su intervención puede leerse aquí y vale la pena porque no tiene desperdicio. En algún momento parece que ve a Wikileaks como si fuese la competencia en un mercado muy competitivo (el de los secretos de Estado), pero al final he superado esa sospecha. Vayamos a la intervención.
En primer lugar, constata lo irritables que se vuelven los gobiernos cuando se producen estas filtraciones que, por lo que se ve, no eran deseadas. Cierto que hay filtraciones interesadas y hay globos sonda, pero tal como van las cosas, las de Wikileaks eran indeseables. Pero también, añade, vaya manía la de los gobiernos de hacer secreto lo que no tiene por qué ser secreto o incluso lo sabe todo el mundo.
En segundo lugar, eso no es novedad. Si hay que creerle, Nixon se planteó bombardear la Brooking Institution, lugar donde se encontraban las filtraciones llamadas "papeles del Pentágono" sobre la guerra del Vietnam. No es de extrañar, entonces, que haya habido voces pidiendo un assanginato, es decir, que se asesine al fundador de Wikileaks ya que es, como ya cité el otro día, un "enemigo combatiente" como los que hay en Guantánamo. Pero, al no ser novedad, tampoco tiene mucho sentido hablar de la mala calidad actual de las democracias: el gobierno del pueblo suele ejecutarse a espaldas del pueblo desde tiempos de Maquiavelo por lo menos.
En tercer lugar, que la tendencia a exagerar en la reacción ante las filtraciones lo que produce es más filtraciones y más peligrosas. La actual, dice, es cualquier cosa menos terrorista ya que Assange ha tomado precauciones para no dañar personas y determinados intereses (estadounidenses, por supuesto). Es el punto que más me ha sorprendido: las llamadas de Assange antes de enviar los documentos a la "banda de los cinco" que, además, se han cuidado muy mucho de "contextualizar", pro domo sua, los documentos que iban recibiendo (hay algunos ejemplos chocantes con respecto a El País).
En cuarto lugar (y eso es parte de la propaganda mediática sobre el asunto), hay documentos "clasificados" que no lo eran y que ya estaban a disposición del que estuviese interesado en el asunto. Cierto que hay cosas que no se sabía que se habían dicho por parte de embajadores o miembros de embajadas (otro asunto es que lo que decían fuese cierto y no un refrito de periódicos locales o invenciones del funcionario o rumores interesados que le llegaban). Cierto que de los supuestos 250.000 documentos, no se han procesado más de 2.000, o sea que la cosa va para largo (y ya no se llaman "documentos de wikileaks" sino "documentos del departamento de estado". Cuestión de imagen).
Y en quinto lugar, lo enternecedoras que resultan algunas de las reacciones de los gobiernos cuando se ve cómo son vistos por otros o se dejan claras las intenciones de quien hizo la pregunta. Por ejemplo, dice, prohibir que los funcionarios públicos estadounidenses puedan acceder a la página de Wikileaks desde sus despachos cuando pueden hacerlo cómodamente desde sus casas, son ganas de marear la perdiz.
Viendo ayer las imágenes de Assange saliendo libre (bajo fianza y con chip incorporado, eso sí), me pregunto (porque las fotos en los periódicos no me lo aclaran) quién era la chica rubia que, a su derecha, lo miraba arrobada y casi con ojos codiciosos. Pido disculpa por esta frivolidad, pero es que el asunto está lleno de ellas y se me ha debido de contagiar por la epidemia de las mismas.

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