miércoles, 20 de octubre de 2010

Silencios clamorosos

Es un argumento que suelen utilizar los “columnistas militantes” de una determinada idea u opción. Consiste en que critican a “los otros” por no referirse a los mismos casos que ellos tratan. Así, por ejemplo, un “carca” echará en cara a los “progres” por no criticar a Cuba o a Irán y un “progre” criticará a los “carcas” que no obsesionarse con Arabia Saudita o Libia.  Eso cuando se trata de criticar, pero lo mismo sucede con la pomposa y falsamente llamada “discusión política”: si alguien critica los gritos contra Zapatero siempre habrá quien le diga que por qué no criticó los gritos contra Aznar. Lo de siempre, entonces.
Pero incluso, si nos olvidamos de la noble tarea de criticar, se puede usar el argumento del “silencio clamoroso” cuando sencillamente se trata de describir algo. A estas alturas ya deberíamos saber que nunca nadie será capaz de reproducir exactamente lo que sucede. Sobre ello ironizaba Borges cuando atribuía en El Hacedor a un supuesto Suárez Miranda el siguiente texto: “En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, esos Mapas Desmesurados no satisfacieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y de los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y Por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas”.
Un mapa a escala 1:1 no sólo es inútil, sino que es imposible. Lo mismo puede decirse de la narración de los hechos acaecidos y más si son dramáticos. Se me ocurren tres ejemplos con sus respectivas fechas emblemáticas: 11-S, 11-M y 30-O, es decir, el ataque contra las Torres Gemelas de Nueva York, las bombas en Atocha y la asonada del mes pasado en el Ecuador. Las tres tienen en común la dificultad que hay de dibujar un mapa a escala 1:1 de lo allí sucedido y la prueba es que siguen apareciendo detalles previamente desconocidos y que arrojan su propia luz sobre los tres hechos.
Los mapas (las narraciones) a escalas más manejables necesariamente tienen que seleccionar. No hay escapatoria. Un mapa “político” de un país podrá ser mejor o peor, pero es evidente que ha dejado fuera un montón de variables y por eso se indica la escala y el carácter del mapa. Cuando se hace una descripción de un hecho o se habla de problemas del mundo mundial sucede lo mismo: se selecciona y, sí, la selección puede ser en función de las propias preferencias o de los propios valores.
Por eso la primera pregunta no es la de saber si el firmante es “progre” o “carca” (clasificación, por cierto, demasiado imprecisa y que viene a una escala casi galáctica en la que se pierden todos, absolutamente todos los matices). La primera pregunta tendría que ser la de saber si lo que dice se corresponde con la realidad o no. Después vendrá lo de la intencionalidad, pero sólo después. Y, sí, es válido preguntarse qué es lo que ha dejado fuera de su descripción, pero sin que eso signifique, necesariamente, un argumento contra lo que se ha dicho. Todos, absolutamente todos, tienen que dejar cosas fuera si se olvidan del mapa a escala 1:1 que coincida punto por punto con la realidad que se pretende reflejar. Es imposible y es inútil pretender meterlo todo en 750 palabras.
Volviendo a los tres casos señalados, ¿llegaremos a saberlo todo? Creo que no. La razón es que tal vez los datos sean contrastables, pero las opiniones (que es lo que uno dice en ausencia de certeza) y las especulaciones pueden ser interesadas precisamente para conseguir no que se aumente la escala del mapa sino, incluso, que se distorsione y deforme su contenido. Claro que, en los tres casos, los intereses políticos hacen desfigurar el mapa en una dirección o en otra sin que el observador pueda saber si están mejorando la escala o van distorsionando más los contornos del mapa. Así que, muy frecuentemente, lo que uno hace es aceptar la versión que dan los propios y rechazar la versión que dan los otros, incluso antes de ver los datos relevantes.
(Publicado hoy en el diario Información - Alicante -)

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