miércoles, 6 de octubre de 2010

Relaciones públicas guerreras

Me asombro de que no consiguieran engañarnos a la mayoría de españoles a propósito de la invasión de Iraq. Y me asombro cuando veo los enormes esfuerzos de relaciones públicas que hicieron los gobiernos de Bush II y de Blair para convencer de la necesidad de quitar de en medio a Sadam Husein mediante la entrada triunfante de los ejércitos anglosajones. Los nuevos documentos desclasificados me impresionan por eso. Tal vez no nos engañaron porque no se dirigían a nosotros. Les preocupaban los anglosajones, la Oceanía de Orwell y a esos sí que les engañaron de manera que, incluso cuando ya se supo que todas aquellas razones eran mentira podrida, siguieron creyendo lo que las relaciones públicas les habían contado. Los españolitos, comenzando por Aznar, eran comparsas fácilmente comprables con unos pies encima de la mesa de un rancho y un hermanísimo (Jeb) prometiendo bienes incalculables para el país. Ya entonces seguían siendo irrelevantes, aunque, según dicen, la irrelevancia vino después, con el gobierno socialista.
Me suena un texto, creo que de Goebbels, en el que explica lo fácil que es convencer a la gente que hay que ir a la guerra. Se trata de tocar uno o dos sentimientos muy básicos con las correspondientes falsedades, et voilà. Lo busco de vez en cuando, pero no lo encuentro. No importa.
Lo que sí me importa, como buen paranoide, es saber en qué me estarán engañando ahora. Porque, obviamente, el buen engaño es aquel del que el engañado no es consciente, claro.

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