jueves, 28 de octubre de 2010

Para un argumentario

Todos somos políticos, pero me refiero a los que se dedican a la política. Como esta se ha convertido en una sucesión de acusaciones, no vendrá mal recoger algunos principios que es aconsejable que rijan cualquier argumentario al respecto. Son tres y los pongo en latín para darles más empaque, aunque reconozco que en inglés sería más adecuado dada la admiración que existe respecto a dicha lengua en el mundo científico y en el del marketing (antes mercadotecnia) político o relaciones públicas (“public ralations”). Vamos con mis consejos.
1. Fac et excusa. Es muy sencillo. Lo que importa no es lo que hagas o hayas hecho sino el tipo de razonamiento con que lo vas a legitimar. Hay quien dijo que "son los líderes los que determinan la política y siempre es un asunto fácil arrastrar a la gente... El pueblo puede ser atraído por el mandato de los líderes. Eso es fácil. Todo lo que hay que hacer es decirles que están siendo atacados y denunciar a los pacifistas por su falta de patriotismo y por exponer al país al peligro. Funciona del mismo modo en cualquier país". Haz ver que no es que tú hayas hecho algo, sino que “los otros” nos están atacando y, al hacerlo, están demostrando su falta de patriotismo. El grupo que se siente atacado, incrementa su cohesión interna y, en términos electorales, mejora sus perspectivas, más si de lo que se trata es de sentimientos y no de hechos o razonamientos.
2. Si fecisti, nega. Es todavía más sencillo que lo anterior: si has hecho algo reprobable, niégalo con la mayor rotundidad posible. No importa que haya sentencia firme o que las pruebas sean abrumadoras. Niégalo y, de paso, aplica el primer principio, es decir, convierte a los que denuncian en atacantes a los tuyos y enemigos de la Patria. Claro que, “si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que les distraigan”. Es el principio de la transposición que puede ser completado por el de la exageración: consiste en convertir una anécdota intrascendente en algo grave y, a ser posible, en una nueva amenaza al propio grupo.
3. Divide et impera, divide y vencerás. Es clásico desde los romanos. Consiste en debilitar al contrario “agudizando sus contradicciones internas”. El político sutil lo combinará presentando al enemigo, con todas sus contradicciones, como un enemigo único y, mejor, individualizándolo: es la persona concreta la que será blanco de todos los dardos.
Se puede aplicar a las reacciones ante el cambio de gobierno o respecto a Wikileaks, pero en las Cortes Valencianas ha habido abundantes ejemplos de los principios 1 y 2. El modo con que Camps se ha envuelto en la bandera y ha mostrado el carácter antivalenciano de los que le acusan, es bastante claro, aunque un político “debe inquietarse poco por las conspiraciones cuando goza del favor popular, pero si el pueblo es enemigo suyo y le odia debe temer todo y a todos”.
La manera con que Blasco ha ido tratando lo de las ONGD es ejemplo de 2, aunque en ambos casos haya que aplicar un coeficiente corrector, a la baja, de lo que se les acusa: no parece que todo lo que se está diciendo sea fundado, por más que algo sí parece haber habido. Eso sí: el mejor ejemplo es Fabra. De todos modos, “el primer juicio que se establece sobre el talento” del político “reside en el examen de los hombres que tiene alrededor. Así, cuando son fieles y competentes se le puede considerar inteligente porque ha sabido tanto concederles bien como mantener su fidelidad, pero cuando son de otro modo siempre es posible formar sobre él un juicio desfavorable, pues su primer error estriba, precisamente, en su elección”.
 Una aplicación del principio 3 es la política de comunicación del Partido Popular personificándolo todo en Zapatero en un “remake” del “Váyase, señor González”. Cierto que los jefes hacen y deshacen aunque no sean omnipotentes y tengan limitaciones a su posible decisión desde múltiples frentes. Pero el truco consiste en convertirlo en un muñeco de pimpampum, a ser posible ridículo incluso en el nombre, ZP, “buenista” y “mentiroso”. O convertir la pulsera de Pajín en algo peligrosamente trascendente.
Para terminar, quiero expresar mi agradecimiento a los colegas que me han prestado sus frases para construir esta columna: Maquiavelo, Kant, Goering y Goebbels, que siguen vivos después de quinientos, doscientos y cien años. “Agudizar las contradicciones” es del marxismo, pero, por lo que veo, lo practica cualquiera.
(Publicado ayer en el diario Información - Alicante -) 

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