viernes, 24 de septiembre de 2010

Ver, oír, leer

He estado de charla con un amigo de hace mucho tiempo que vive en un país lejano que conocí también hace mucho tiempo y cuya evolución sigo con interés. Hacía pocos días que había leído en un artículo que hay lugares de dicho país que todavía se encuentran como estaban en el siglo XVI. No hace mucho, otro amigo me había dicho que, si volviese ahora después de casi 40 años, habría condiciones de vida que encontraría inalteradas. No podría comparar con el siglo XVI por motivos obvios (y no me fío de las crónicas, tan interesadas como ahora lo son).
Pero el amigo de ahora me dibuja un panorama totalmente diferente: todo mejora, más equipamientos, más crecimiento, más educación, mejor sanidad... Y añade, como buen urbanita, que los lugares alejados de la ciudad (que es donde mejor se ve la mejora generalizada) también se observa esa mejora: mejores construcciones, mejor saneamiento, mejores infraestructuras y transportes.
¿Lo que vi, lo que leo o lo que me cuentan? Obvio: las tres fuentes tienen sus propios sesgos. La más evidente, la mía: no puedo pensar que el país que conocí y amé no ha cambiado absolutamente nada.
No hay mirada inocente y siempre es selectiva. Lo mismo se puede decir de lo que se escribe: es imposible trazar un mapa a escala 1:1 como bromeaba Borges. Y cada cual cuenta de la feria según le va en ella. Sin embargo, el que ahora me cuenta de la feria no se puede decir que viva en las altas esferas: se dedica a la educación de niños de la calle. ¿Quiere quitarse lo que supone mala imagen a costa de deformar los datos? No lo sé.

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