domingo, 22 de agosto de 2010

Intelectuales-políticos longos

Me llega esta divertida sátira de Martínez Abarca ;-) sobre los académicos en el actual gobierno del Ecuador. Conozco a algunos de ellos o porque di, en su día, alguna conferencia en su universidad o porque coincidimos en jornadas, congresos y eventos parecidos. No hago cuestión de la simpatía o antipatía que alguno de ellos o ellas me provoca desde antes de que estuviese en el gobierno, pero no me gusta la palabra "longo" que los no ecuatorianos o no familiarizados con el lenguaje popular del país no tienen por qué entender, pero que, para mí, tiene connotaciones que me desagradan. 
El texto me ha provocado la siguiente reflexión sobre los intelectuales metidos en política (políticos somos todos, como decía el texto de Orwell que cité el otro día, pero metidos en política sólo son algunos y, ciertamente, no soy yo, que mantengo un cierto rechazo hereditario a  la militancia).
Primero, se trata de dos actividades muy diferentes. El intelectual tiene, por profesión, que estar afirmando continuamente las alternativas a lo que analiza. Como se sabe, las proposiciones científicas no son ciertas sino provisionalmente no se ha demostrado que sean falsas. Llegar a una conclusión es algo provisional que podrá ser revisado porque se buscan hipótesis alternativas. El político, en cambio, tiene que estar negando continuamente las alternativas: a diferencia del intelectual, que afirma provisionalmente, el político, cuando decide por una cosa, niega todas las alternativas. El intelectual evalúa todos los trazados que puede tener una autopista; el político, cuando decide que pasa por encima de unas ruinas romanas, niega todas las demás opciones. Primera dificultad, pues, para los académicos metidos a políticos. Recuérdese cómo la profesora Condoleeza Rice se sonreía ante determinados temas "que podían servir para hacer carrera académica" y que ella, pasada a política, resolvía en un plisplás.
Segundo, hay dos tipos de intelectuales en el campo de las ciencias humanas (que es el caso que nos ocupa): los podemos clasificar en hegeliano-marxistas y cartesianos. Los primeros "conocen" las leyes de la historia y "saben" que están en la verdad sea que prediquen el fin de la historia por triunfo de una Idea o por triunfo de una Clase, sea que practican obediencia ciega a la teoría de cualquier economista muerto (esto es una cita erudita a Keynes, también muerto). Los cartesianos, en cambio, aunque procuren tener "ideas claras y distintas", procuran, sin embargo, practicar la "duda metódica". Por supuesto que la realidad  está compuesta por personas que tienden más a un extremo que a otro, sin que haya tipos puros que yo conozca. Pero los que conozco en el Ecuador están más cercanos del primer extremo que del segundo.
Tercero, igual que la realidad mezcla hegeliano-marxistas y cartesianos, esa misma realidad mezcla políticos y científicos: no hay tipos puros en la realidad, sino que todos somos mezcla de ambos principios. Eso sí, estar en el gobierno significa tener, necesariamente, mucho más de político que de científico, dicho todo ello con permiso de Max Weber q.e.p.d.
En nuestras sociedades, ser político se asemeja a ser actor. El que hace de Hamlet dubitativo no tiene por qué serlo en la vida real o el que hace de Don Juan puede ser alguien que, en la realidad, no se coma una rosca. Quiero decir que el político no tiene  por qué creerse lo que dice, pero tiene que decirlo con mucha convicción... aunque no se lo crea. Los súbditos autoritarios (los que quieren obedecer a las certezas del líder) es  lo que piden: convicción, asertividad, claridad de ideas. No perdonan las dudas, los titubeos y las continuas rectificaciones (que, por cierto, es una de las debilidades del gobierno Zapatero en el Reino de España).
Y ¿a donde llego?:  pues que con  independencia de los detalles chuscos que describe el artículo en cuestión, no parece que la cuestión de fondo sea típica del Ecuador. Se puede aplicar con facilidad a los profesores universitarios (comenzando por Zapatero) metidos primero a políticos y después a gobernantes de las Españas. Y seguro que se puede aplicar a muchos otros países. En el caso de los Estados Unidos, cierto que ha habido presidentes de muy deficiente cultura, pero cuando se analizan las trayectorias de los ministros (secretarios como allí los llaman) el problema del político y el científico vuelve a presentarse. Y más delante de las cámaras (de televisión, por supuesto)

2 comentarios:

  1. Saludos,

    Me ha gustado mucho su reflexión a partir de la sátira de mi autoría. Concuerdo con Ud. en todo lo que dice. Le agradezco por haberse tomado el tiempo para pensar el tema de los intelectuales y la política mucho más allá de la simple sátira que yo propuse, buscando alcanzar mayor profundidad reflexiva.

    Mis mejores deseos para ud.,

    Mateo Martínez Abarca

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  2. Muchas gracias, Mateo. Efectivamente, disfruté con la lectura. No con el tema, evidentemente, ya que compartimos la mala calidad de la clase política que sufrimos. Mis mejores deseos.

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