domingo, 25 de julio de 2010

Extrañas intolerancias

Un distinguido colega, nada provinciano, escribió ayer una recensión en El País de Madrid y en el suplemento Babelia (al que él mismo ha llamado alguna vez Bobelia) sobre un libro referente al Islam en Europa rayano en la islamofobia (todos los musulmanes son iguales: basta ver sus textos sagrados) aunque el recensor le defiende recordando su adscripción a la izquierda. Casi al final se encuentra la siguiente frase que trascribo:
La "guerra al racismo" o el antirracismo invocan principios muy nobles cuando, en la realidad palpable, suelen ocultar extrañas intolerancias y perversas alianzas. En nuestro país, por ejemplo, muchos se rasgan las vestiduras afirmando que no son antsemitas, pero se alían o apoyan al hampa que quiere acabar con Israel por la vía de terror y el fanatismo. [subrayados añadidos JMT]
Aliquando bonus dormitat Homerus. Con todos los respetos al más universal de mis colegas vivos catalanes o españoles (táchese lo que no proceda, pues no queda claro lo de "nuestro país"), el párrafo es un sinsentido y la palabra que he subrayado en la segunda de sus frases indica hasta qué punto se trata de un ejemplo de la primera (antisemita es, literalmente, el contrario a los semitas y semitas son tanto los hebreos como los árabes). Que haya quien quiera acabar con Israel es sabido: es el Gran Rechazo (ahora ya de capa caída) a la imposición de un Estado ajeno en territorio propio. 
Sin caer en la equidistancia (no es lo mismo el terror de los débiles que el terrorismo de Estado), hay probablemente más fanáticos en Israel que en Palestina.  Sin caer en la equidistancia, hay "hampa" en ambos lados y bien documentada en documentos de Naciones Unidas, como el informe Goldstone. Hay que incluir, por tanto, el "hampa" israelí que quiere acabar con los palestinos por la vía del terror y del fanatismo. Entiendo que alguien se ponga del lado del fuerte. Otros se ponen del lado del débil. Y hay quien procura ponerse del lado de ambos e intenta buscar soluciones a un problema que, cada vez más, parece que va a ser el de un Estado, más que el de dos Estados. 
Los contrarios a un solo Estado vendrán del lado fanático expansionista y etnicista (el Eretz Israel, con sus fronteras bíblicas desde el Eúfrates al Nilo y poblado por judíos para poder ser un "Estado judío", es decir, étnico). Los contrarios a los dos Estados también vienen de Israel. Y lo que complica particularmente el problema son los partidos políticos en Israel y sus divisiones internas y hasta su dificultad para aceptar que haya palestinos en el Knesset, su parlamento. Y, mucho más, el enfrentamiento dentro de los palestinos entre Hamás en Gaza y Al Fatah en Cisjordania.
La equidistancia mayor, menor o inexistente puede tener sentido desde el punto de vista político. Pero desde el punto de vista analítico, que es el que se espera de un sociólogo de su envergadura, lo que podría esperarse es una mayor matización en las afirmaciones. No se puede analizar el problema enfrentando un hampa palestina fanática y terrorista a unos angelicales judíos que sólo quieren evitar el Holocausto (shoah) mediante un "Estado judío",  como tampoco se puede analizar el problema enfrentando un hampa judía fanática y terrorista a unos angelicales palestinos que sólo quieren resolver la "nakba", la ocupación violenta y prepotente de su territorio que consideran ilegítima. Hay demasiadas diferenciaciones internas entre los palestinos y entre los israelíes como para reducirlo a una pelea de buenos contra la respectiva hampa, sea cual sea la opción que se adopte.
Por favor, análisis concretos de situaciones concretas, como proponía Lenin, q.e.p.d. en lo que fue la Plaza Roja. Las generalizaciones, podemos dejarlas a los políticos que viven de ellas.
El texto que cito ha sido precedido por este otro:
Entre el buenismo multiculturalista y bobalicón y la xenofobia más despreciable hay una tercera vía, que no es equidistante, sino esencialmente distinta de esos dos polos execrables, parece decirnos Caldwell [autor del libro recensionado]. Esa actitud tan sensata sería la que habría que fomentar, porque conduce a una ciudadanía activa que no se deja arrastrar por posiciones que, en el fondo, son totalitarias.
De acuerdo. Y se aplica tanto al "totalitarismo" anti-judío como al "totalitarismo" pro-sionista y sus correlativos palestinos y árabes, que tampoco son lo mismo. Sacar a Israel en una recensión de un libro sobre el Islam no deja de ser intrigante.
Una reacción más comprensible y no por ello menos totalitaria es la de un familiar de asesinado en los atentados del 11-S, según cuenta hoy el ABC de Madrid ("Al Andalus en la Zona Cero", que no encuentro en la edición digital, pero que está en la de papel). Ante la posibilidad de que se construya una mezquita junto a la "zona cero", y con independencia de las dudas que persisten sobre la autoría y sobre qué sabía el gobierno y cuándo lo supo, dice: "Le mataron y ahora construirán una mezquita en su tumba". Insisto en que el dolor hace comprensible esta reacción de creer que todos los musulmanes son terroristas, pero no por ello la hace verdadera. Suponiendo que los autores de la masacre fuesen musulmanes (que es lo más probable) y prescindiendo de que gobierno estadounidense estuviese al tanto de lo que iba a suceder (que es, a pesar de todo, posible), no se puede generalizar a todos los musulmanes lo que es propio de algunos de ellos, diga lo que diga el Corán. Y lo mismo para los cristianos y su Biblia y los judíos y su Torah, que también se las traen si se leen con la misma intención generalizadora que el Corán.

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