jueves, 13 de mayo de 2010

Sexo, droga y...

No es lo mismo, ya lo sé. Y las diferencias son abismales. Pero me gustaría explorar algunos paralelismos entre ambas palabras. La idea me la dio una intervención en el coloquio que siguió la semana pasada a la presentación que se hizo en la Universidad de Alicante de un informe sobre una categoría muy particular de habitantes de la ciudad, personas discriminadas por el machismo, el puritanismo, el racismo y el clasismo, es decir, mujeres, transexuales, latinoamericanas y que ejercen la prostitución. Entre las cosas sugestivas que dijeron en el acto hubo una que me resultó particularmente reveladora: claro que hay que estudiar el mundo de la prostitución si se quiere intervenir en él desde el punto de vista de la sanidad pública y sin entrar en la polémica entre regulación de ese trabajo y prohibición de ese delito/pecado, que son las dos formas extremas de etiquetar la cuestión; pero por lo mismo, no se puede reducir el problema al lado de la oferta de servicios sino que hay que estudiar también el lado de la demanda, con perdón, el de los “puteros” sin los cuales no habría ni tal supuesto trabajo ni tal supuesto delito. Ni pecado, si me apuran.
Drogas las hay legales (café, tabaco, alcohol, la hoja de coca) e ilegales y, entre estas, las hay “naturales” (marihuana), elaboradas (cocaína) y de diseño. Todas ellas producen cambios en el cuerpo de quien las consume, inicialmente placenteros aunque en muchos casos tendencialmente peligrosos para la salud. Hay grados de adicción y, por tanto, grados de síndrome de abstinencia cuando el cuerpo no encuentra su dosis habitual. En mi caso, si estoy un par de días sin tomar café, tengo fuertes dolores de cabeza, que es la forma que adopta en mi cuerpo el síndrome de abstinencia de la cafeína.
Cierto que dichas drogas no son necesarias para la especie. Ninguna. Son placenteras, pueden ser necesarias para el adicto y pueden llegar a ser un infierno para los iniciados ya enfermos de adicción, como es el alcoholismo. El sexo, en cambio, sí que es necesario para la supervivencia de la especie. De cualquier especie, de una forma u otra (bueno, hay excepciones, pero mejor no la liemos). Sólo que, en la nuestra, la relación entre el acto placentero y la reproducción no siempre es manifiesta y, en muchos casos, heterosexuales y homosexuales, está explícitamente negada.
Sí, hay adictos al sexo como los hay a la cafeína o a la heroína y hay programas de desintoxicación que buscan “desenganchar” al adicto de su adicción. Pero para mí, el paralelismo más interesante reside en lo que salió en el coloquio de la presentación del miércoles pasado: hay un problema de oferta y demanda, luego ataquemos la oferta. ¿Seguro?
El caso de la hoja de coca es paradigmático. Alguna vez en mi vida he hecho el “acullico”, el amistoso y/o ritual mascar hoja de coca. También he invitado a los amigos que por primera vez llegaban a una ciudad a más de 2.000 metros de altura a tomar un “mate de coca”, una infusión hecha con sus hojas. Nada de ello es adictivo, todo ello tiene efectos beneficiosos y nadie tendría que plantear problemas con ello. Pero se plantea. Algunas personas que, en los Andes, me han visto practicar el “acullico” han intentado ocultar su disgusto ya que se confunde hoja de coca con cocaína y se persigue el cultivo de la hoja en Bolivia o Colombia por aquello de que, tarde o temprano, se convertirá en cocaína, droga ilegal, dañina. Conclusión: represión contra los productores.
De nada sirve que se haga ver que, económicamente, el beneficio importante no se encuentra en la producción (donde, a veces, sólo hay subsistencia), ni en el traslado (hablamos y no paramos de Ciudad Juárez), sino en el punto de venta final. Los precios se multiplican espectacularmente entre un extremo y otro, los beneficios son peligrosos para la estabilidad financiera del lugar de llegada (hay que “lavar” ese dinero, como bien se sabe en España, una de las primeras consumidoras de cocaína en Europa) y los problemas sociales causados por la adicción son terribles, como bien sabe el sector “concertado” que se dedica a intentar la curación y reinserción.
La “guerra contra la (producción de) droga”, con ese vocabulario belicista típico de los Estados Unidos, fue la tónica durante años. Ahora, Hillary Clinton, ha reconocido que tal vez el problema principal esté en la demanda. ¿Y en la prostitución? Pues se podría decir casi lo mismo.
(Publicado ayer en el periódico Información - Alicante-; una vez enviado el artículo al periódico -cosa que suelo hacer los domingos- me encontré con un artículo de Paul Krugman que se titulaba "Sex, Drugs & the Spill" que se había publicado el día anterior. Nada en común)

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