jueves, 20 de mayo de 2010

Contra la clase política

Como ayer sufrí estoicamente toda una serie de andanadas contra la clase política en general, he leído con atención este análisis de las recientes elecciones en los Estados Unidos en las que la tónica general ha sido que la gente rechazó reelegir al que se presentaba a ello, con independencia de cuál fuese su partido. El analista lo achaca al rechazo que se está generalizando hacia la clase política estadounidense y da las razones para ese rechazo.
Como no me gusta discutir (es una forma muy tonta de perder el tiempo ya que, si alguien cambia de opinión, voy a ser yo, ya que en una discusión raramente la gente se aviene a razones), atendí a todas las barbaridades que escuché ayer buscando con cuál podría estar de acuerdo para acompañarla con un gesto de asentimiento y, cuando no podía de ninguna de las maneras estar de acuerdo, para mirar hacia otro lado como quien no quiere la cosa.
Lo curioso es que algunos argumentos son comunes y, ya se sabe, si es general es que es social. No me extrañaría encontrar ese tipo de temas en muchos más contextos políticos.
Mi explicación es sencilla. En primer lugar, hay que reconocer la escasa calidad de la clase política en general, atrapada en el juego político de las siguientes elecciones, cosa que les impide tomar algunas decisiones importantes y les lleva a tomar otras en función de quién les paga o de quién les puede ayudar a llegar a /seguir en el poder. Como la tendencia ya viene de antaño, la mala calidad de la clase política atrae a personajes de mala calidad. Algunos, porque van a la política "a forrarse". Otros, porque no tienen otro oficio ni beneficio. Los de más allá, porque son hábiles para llegar al poder gracias a rasgos psicológicos que no sirven para ejercerlo. No dudo que hay políticos de calidad (conozco a algunos), pero son la minoría.
En segundo lugar, esa mala calidad sería soportable en condiciones económicas con el viento a favor, pero no en condiciones adversas. Las crisis acumuladas generan una creciente frustración en amplias capas sociales y esa frustración tiene que encontrar un objeto contra el que descargar la agresividad que produce. La clase politica (que se lo ha ganado a pulso con incompetencia, salarios abusivos, cinismo, corrupción) se convierte en una especie de pim-pam-pum contra el que soltar la propia agresividad (la alternativa sería la depresión, que es agresividad contra uno mismo). Y, montados en esa dinámica, es imposible razonar ya: sólo hay pasión.
Que los "incumbents" pierdan en los Estados Unidos y que, encuesta tras encuesta, la opinión pública española "suspenda" a sus "líderes", forman parte del mismo síndrome que un sistema electoral ad hoc (como el inglés) puede ocultar. 
Y no hay que pensar que las excepciones (países en los que los líderes obtienen cómodas mayorías con evidente apoyo de los electores -no necesariamente del conjunto de la población-) son tales. Muchas de estas excepciones se deben más a argumentos como "es uno de los nuestros" o "lo que hace falta es mano dura" (Italia, Bolivia, Colombia), que, vistos desde fuera, se disuelven como azucarillos. También Hitler tenía apoyo popular. Y Franco, que ahora reaparece en las Españas. Pero eso fue en los años 40, saliendo de la Gran Crisis. Entrando en ésta, parece que vuelven.

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