miércoles, 31 de marzo de 2010

Formas de engañarse

El dicho que el evangelio de Mateo atribuye a Jesús de Nazaret (“el que no está conmigo, está contra mí”) tiene múltiples aplicaciones en este Occidente judeocristiano. Ahí van algunas.
1.- La “guerra contra el terrorismo” emprendida por sucesivos gobiernos de los Estados Unidos y que tuvo su clímax con Bush II, cuando se usó literalmente la frase evangélica tanto por su gobierno como en comunicados atribuidos a Bin Laden. Johan Galtung exploraba recientemente otras posibilidades. En efecto, como sucede con los comerciantes de armas y trapichantes internacionales, se puede estar a favor de ambos ya que de ambos se consiguen réditos, pero también se puede estar contra las políticas estadounidenses y contra las de los terroristas internacionales, cosa que no suele ser fácilmente comprendido por los “evangélicos” del “conmigo/contra mí”.
2.- Lo mismo sucede en las Españas con el asunto del terrorismo practicado por ETA, tema particularmente de actualidad gracias al “sostenella y no enmendalla” de Mayor Oreja. Si se te ocurre decir algo para intentar comprender la obcecación de los erarras, es más que probable que recibas, después de sacar lo de la equidistancia, un “luego estás con ellos”. Y lo mismo sucedería si se hablase con un judeocristiano abertzale. Ante cualquier intento de entender la obcecación de los españolistas diría: “luego estás con ellos y, por tanto, contra nosotros”. Así es la vida. Y, sin embargo, como en el caso anterior, es posible entender (que no justificar) las posiciones de unos y otros y, al mismo tiempo, manifestarse en contra de lo que uno considera equivocado o rechazable en lo que hacen unos y otros.
3.- La tragedia Israel-Palestina es, igualmente, propia de las religiones del Kitab, religiones del libro. Si dices que estás a favor de la existencia del Estado de Israel, más de uno habrá que te lo eche en cara “por no defender a los palestinos”. Si encuentras que no son de recibo las políticas palestinas de división y confrontación interna y de “seamos realistas, pidamos lo imposible”, unido al nivel de corrupción de sus autoridades y el manejo turbio de la ayuda internacional de la que dependen, serás tachado de sionista. Si rechazas las políticas de hostigamiento israelí y de torpedeo sistemático a cualquier proceso de paz y te horrorizas con la frase de Netanyahu la semana pasada en los Estados Unidos sobre Jerusalén y los no-asentamientos, lo más probable es que te acusen de antisemita o antijudío.
4.- Una versión edulcorada del principio judeocristiano y, por judío, semita que estoy glosando se obtiene con respecto al régimen de Cuba. En este contexto no es infrecuente encontrar esas visiones en blanco o negro que impiden hablar del asunto. Si te paras a levantar acta de la mala gestión del gobierno cubano y de las lagunas que tiene su democracia, ya se sabe: eres antirrevolucionario, es decir, anticubano, pero ay de ti si levantas acta de los éxitos de dicha revolución, si lo haces es peor. Por lo menos en algunos ambientes en que me muevo. Por lo visto, hay que ser o total y acríticamente favorable o total y acríticamente contrario. No hay otra.
5.- Y lo mismo sucede con Venezuela. Cierto que con el chavismo sucede algo parecido a lo que pasa con el castrismo: que están sometidos a muy intensas presiones mediáticas, en nuestro caso dispuestas a subrayar (o a inventar) lo negativo y que, por tanto, no es tan fácil tener una información completa sobre lo que realmente pasa, ni aunque te lo cuenten los que lo están presenciando. Pero esa presión o esas campañas (como el boicot estadounidense a Cuba) no justifican el intento de tomar por bueno todo, absolutamente todo lo que sucede en ambos países caribeños. Y la cuestión venezolana no es diferente: no se puede reconocer que hay cosas que se han hecho bien (por ejemplo, en el campo de la pobreza y la desigualdad) sin ser automáticamente sospechoso de vendido al chavismo, que es lo contrario que sucedería si se señala la corrupción, la boliburguesía, el clientelismo o la desincentivación de la ética del trabajo, que convertiría al que tal cosa dice en un asqueroso contrarrevolucionario y antivenezolano.
¿Dónde está el problema común? Pues en que ninguno de estos ejemplos puede resumirse en una cuestión de dos partes: en contra de lo que es habitual en dichos lances, si queremos entender lo que pasa, no hay forma de hacerlo partiendo del simplismo de “si no estás conmigo, estás contra mí”. Otra cosa es la política.
(Publicado hoy en el periódico Información -Alicante-)

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