viernes, 8 de enero de 2010

Mitos antiterroristas

Se publicaron hace unos días en el Washington Post. Lo digo para que los siglos venideros sepan que se podían poner en duda en un contexto en el que predominan. Algo así como decir que los españoles hicieron lo que hicieron en América porque era lo que se llevaba en aquel momento. Pues no: había gente como Bartolomé de las Casas que decía que aquello no estaba bien (aunque, todo hay que decirlo, también añadía que si se hacía con esclavos negros, no pasaba nada).Cuando ahora gente como Stephen Flynn lo dicen, hay razones para abandonar la idea de que es que es lo que todo el mundo ve. Pues no: no todo el mundo lo ve, aunque otra cosa es la sospecha de que los medios son la voz de su amo y repiten como papagayos la propaganda del Pentágono. Por eso tiene más valor que haya gente que es capaz de pensar de otra manera.
Los dos primeros mitos a los que se enfrenta Flynn son los que veo más claros. El primero es que el terrorismo sea el peligro mayor que acecha a los Estados Unidos. Parece que no es así. Mueren más estaodunidenses por otros motivos evitables que por "terrorismo". Y si hay un peligro es el de la sobre-reacción ante los ataques terroristas que llevan, por un lado, a reducir las libertades y, por otro, a dar más razones y motivos a los terroristas por aquello de la acción-reacción y por aquello de que se les da un estatus "mundial" que no hubieran tenido de no haber habido la solemne estupidez que fue lo de Afganistán e Iraq.
El segundo mito es que la mejor defensa es el ataque. Por lo dicho. Pero es que, además, cuando no está claro qué es lo que hay que atacar (y el riesgo de que haya víctimas que nada tienen que ver con el asunto es muy alto) ni en qué consistiría la hipotética victorias, el ataque se convierte en una "guerra perpetua", reconocible en términos orwellianos (guerra es paz), pero poco prácticos desde el punto de vista de la violencia, la destrucción y las muertes.
El exagerar la reacción puede llevar a extremos ridículos (como el de paralizar un aeropuerto porque se ha creído que era dinamita lo que sólo era miel) o a ulteriores contra-reacciones (contra la humillación de los escáners incluída). Además, y como se ha dicho desde el gobierno del Yemen, atacar a dicho país no reduciría el problema sino que lo agravaría.
No me resisto a la tentación de extender el tema a las Españas donde durante algún tiempo parecía que el mayor problema era el del terrorismo (de ETA) hasta que se descubrió que el problema era el económico (paro, estancamiento, contracción del crédito) y donde se pensó que la mejor defensa frente a aquel terrorismo era el ataque, mito que todavía perdura aunque ahora se juegue en tono menor. Y donde la reacción llevó a decisiones como las de Egunkaria que sólo sirvieron para echar gasolina al fuego.
Hay soluciones mucho más inteligentes como las que enumera Lorenzo Vidino en Foreign Policy. Pero el que sea racional no significa que vaya a ser real. Pobre Hegel, si levantara la cabeza... Y mucho más si viese las soluciones que plantea Howard Fineman en Newsweek que sólo tienen que ver con la política interna estadounidense: convertir el antiterrorismo en un asunto electoral (como se ha hecho en las Españas más de una vez), son ganas de no enfrentarse al problema de la violencia sino de, sincillamente, arrimar el ascua a la propia sardina y dejar el problema intacto.
Terminando: para darme cuenta de lo poco que sé del Yemen,  he leído esto y, en inglés, esto otro.

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