jueves, 28 de enero de 2010

Mata y no mires a quién

Los militares que tienen que entrenar  a sus soldados para que maten a otros soldados o, en su defecto, a civiles, lo saben bien y quedó ya claro en los clásicos experimentos de Milgram: la distancia es una variable que explica una mayor o menor repugnancia a matar a un semejante.
Por lo visto, excepto un muy pequeño porcentaje de anormales (que se salen de lo normal), los humanos sienten una repugnancia innata a matar a sus semejantes. Es obvio que lo hacen y por razones muy diversas: se sienten amenazados, sienten ira, les puede la agresividad generada por una frustración etc. Pero lo que aquí me interesa es la muerte formando parte de un ejército o, en general, de una organización militar o paramilitar. El entrenamiento consiste en reforzar el lazo con el jefe de modo que se obedezca la orden de manera maquinal, en fomentar el sentido de grupo que será el encargado de absolver al que ha matado, en proporcionar algún tipo de premio por haberlo hecho y en etiquetar de una determinada manera a la posible víctima para reducir la repugnancia, por ejemplo declarándola como no-humana o sub-humana (Untermenschen, que decían los nazis sobre los judíos, o salvajes que han dicho todos los conquistadores y colonizadores que en el mundo han sido).
Pero el caso de la distancia entre el que mata y el que muere es particularmente interesante. Como ya se vió, como digo, en los experimentos de Milgram (psicología social), al reducir la distancia entre el agresor y el agredido hasta llevarlos casi al contacto físico lo que se conseguía era que aumentase el rechazo a causar daño al otro. En cambio, cuando no se veía a la víctima, el porcentaje de los que aceptaban infligir daño al otro aumentaba de manera considerable. En la cosa militar, no es lo mismo, en efecto, un ataque a la bayoneta contra indefensos a los que, por definición, se les tiene que ver,  que un ataque con misiles teledirigidos contra indefensos a los que no se les ve. La repugnancia de esto último es mucho menor que la producida en el primer caso.
Tal vez una prueba de que estos mecanismos son conocidos por los mandos fue la masacre de indefensos civiles en Hiroshima. Los aviadores del Enola Gay, portadores del Little Boy, tenían órdenes de no mirar hacia lo que estaban produciendo el 6 de agosto de 1945 y no sólo por el resplandor sino por la visión de los resultados de tamaña hazaña.
Los "drones" (aviones sin piloto) comienzan a ser un elemento preocupante. Después de su triste palmarés en Pakistán y Afganístán donde se han llevado por delante a más civiles inocentes de los que habrían muerto de haber llevado piloto, corremos el peligro de que los "drones" se extiendan a otras zonas con enfrentamientos armados. Si no ves a la víctima, recuerdo, la probabilidad de que mates es mayor. "Drones" ¿en Israel? ¿en Colombia? Suena mal. Y, sin embargo, es lo que hay que pensar cuando uno lee aquí cómo está evolucionando el producto en este inestable mercado que son las armas, cómo aumentan sus posibilidades y la cantidad de los mismos y cómo podría ser el mundo en 2047. A mí no me preocupa mucho personalmente, pero a alguno de mis descendientes seguro que sí.

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