sábado, 30 de enero de 2010

Afganistán, Al Qaeda y otras negociaciones

Paul Rogers, del Oxford Research Group, hace su comentario mensual volviendo a los temas que, con razón, pueden preocupar a muchos en el mundo. Extraigo de allí un par de ideas.
La primera es la razón por la que el gobierno estadounidense quiere aumentar el número de soldados y armamento en Afganistán: porque quiere negociar, y quiere hacerlo desde una posición de fuerza. Porque negociar, se negocia. E intentar comprar la voluntad de los talibán mediante dinero (en otros contextos se llamaría corrupción) parece que no funcionaría. Añado: Afganistán es una guerra que no puede ganarse (no la ganaron Alejandro Magno, los ingleses o los soviéticos). Pero puede negociarse el fin de la violencia y más cuando, como he referido días pasados, los talibanes sí que están ganando si por ganar se entiende creciente control del territorio. Otra cosa son las extrañas encuestas que han circulado al respecto. (Porfa: distíngase el trabajo de los bueno sociólogos de estas propagandas a través de encuestas)
La segunda es la imposibilidad de negociar con Al Qaeda. Contra toda la propaganda para presentar a Al Qaeda liderada por Osama bin Laden como encarnación del mal (lo que antes era el comunismo), cuesta reconocer que, primero, se encuentra en franca retirada y, segundo, que se está disolviendo cada vez más en células, franquicias, simpatizantes o una mera idea que, encima, está perdiendo cada vez más apoyo en los países de mayoría musulmana y, en general, en el mundo musulmán. Con ETA se puede negociar porque se sabe con quién hacerlo. Con Al Qaeda, no. A mayor abundamiento, y a diferencia con el caso de los talibán, aquí no se sabe bien en qué consistiría la victoria posible de cada uno de los bandos (no digo los glosiosos objetivos que dice tener cada una de las partes y que ambos saben que son imposibles. Seguro). Como en el mito de Sísifo, unos y otros siguen subiendo trabajosa y dolorosamente su piedra hasta una supuesta cumbre para reiniciar la porfía al día siguiente. Tal vez tengan razón los que dicen que la sobre-reacción de Bush  hijo y los suyos ante la humillación del 11-S le dió a Al Qaeda un estatus mundial que, de otra forma, no habría tenido nunca y, después, por intereses propagandísticos, se le atribuyeron poderes sobrehumanos que nunca tuvo ni nunca tendrá. Pero el mal, en este caso como en el de Afganistán, ya está hecho. No se puede volver el reloj atrás como si no se hubiesen cometido tales errores (de los que, por supuesto, nunca pedirán disculpas, pase lo que pase, ni unos ni otros). Pero si negociar en Afganistán puede ser posible, no se ve cómo hacerlo con esa nebulosa llamada Al Qaeda a la que, para mayor frustración, no se la puede vencer como se ha intentado hacer con ETA con relativo éxito

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