domingo, 15 de noviembre de 2009

Estar informado

Una semana hablando en Quito con gente de todo tipo sobre la situación ecuatoriana, que será seguida otra semana en Cuenca, no me garantiza acabar entendiendo qué sucede aquí.
Quizás mi error sea el intentar cubrir enfoques tan heterogéneos. Por supuesto, las cosas no se ven de la misma forma en la capital que "en provincias", pero no hay argumentos sólidos para preferir una versión a otra, aunque, en mi caso, tienda por ideología, a favorecer la perspectiva provinciana.
Entre la gente con la que me he visto y con los que he charlado (las mäs de las veces en torno a un café o con mesa y mantel si no incluso con un par de roncitos en el cuerpo) no están todos en el mismo lugar en la escala social  ni comparten la misma ideología. Desde correístas a muerte a los anticorreistas furibundos pasando por los correistas pragmáticos y los que ven la cosa con distancia, he recibido todo tipo de apreciaciones. Desde lo bien que lo está haciendo el gobierno a lo mal que lo está haciendo y esto último desde los que lo critican por no haber sido radical a los que lo hacen por serlo tanto.
Ha charlado con ministros, ex-ministros, altos funcionarios, políticos extranjeros, profesores universitarios, oenegeros, profesionales y jubilados. Y el mosaico que me resulta carece de sentido.
Bien es verdad que, al ser conversaciones de café, el discurso no tiene ninguna lógica sino que los temas van saliendo y se salta de uno a otro. Además, se da por supuesto que el interlocutor (chapetón en mi caso y, por tanto, ajeno a las claves locales) conoce los personajes y asuntos de los que se está hablando y que si se dice "lo que pasó con Pepito", se comprende a qué se está refiriendo el que habla. Lo primero, lo de la acumulación incesante y desordenada de sucesos y personas es lo que proporcionan los medios de comunicación. De ahí que las personas busquen aquellos medios que les dan la interpretación adecuada del caos que es el acontecer.
Lo segundo es propio del paso de la lectura de periódicos de un país a otro. Los periódicos dan por supuesto que el lector sabe a quién se refiere el periodista que dice "ayer en Carondelet", pero no todo extranjero sabe que se está refiriendo al palacio presidencial. Peor todavía cuando son historias que se suceden en el tiempo. Normalmente, lo que uno lee resulta incomprensible al carecer de los antecedentes.
El problema de producir orden (cognoscitivo) a partir de un caótico fluir de elementos no se resuelve fácilmente. Una opción es quedarse en la narración de esos hechos consuetudinarios que acontecen en la rúa. Con un olímpico "no están maduras", el ciudadano se contenta con repetir en la tertulia lo que dicen que han dicho. Si tiene algo más de información podrá añadir "creo que tal ministro va a caer" o "el asunto con Colombia parece que se cierra" o "la crisis energética puede acabar con el régimen", mezcla de información y predicción que puede llegar a "podríamos tener un referéndum revocatorio en un año". No añaden necesariamente comprensión a lo que sucede y muchas veces añaden mayor confusión.
La otra opción es la de buscar un principio explicativo que introduzca un mínimo de orden. Algunas ideologías son particularmente útiles a este respecto aunque, por lo general, practican una brutal "navaja de Ockham": borran todos los datos que no encajan con la ideología y ensalzan los que la refuerzan. Cercanas a las ideologías son la mayoría de supuestas "teorías", es decir, dichos y aforismos de clásicos que permiten organizar el caos. En este caso, suele haber modas: ahora se llevan las interpretaciones culturalistas aunque parece que esta temporada vuelven las interpretaciones clasistas.
En todo caso, no parece un buen principio de ordenación del caos el confundir datos con interpretaciones. Dato es lo que pasó (y ya se las trae determinar si pasó realmente y si no hay una infra-historia -como la que me dan en la cena de que Felipe González cayó en España por manejos de la CIA con la corrupción-). Interpretación es lo que suponemos que pasó y las cadenas causales que creemos que han dado.
Sigo buscando el factor que me introduzca orden en este caos, pero reconozco que todavía no lo he encontrado. De todos modos, instalarse en el caos tampoco está tan mal. En todo caso, no es peor que aferrarse a una interpretación preconcebida.

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