sábado, 3 de octubre de 2009

Diagnósticos

He ido al dentista porque se me había caído un trozo de emplaste en la parte superior derecha de mi boca. Ya echado en el potro de tortura se me ha ocurrido decir que resultaba curioso que con la caída hubiese disminuido una molestia sin importancia que tenía en la encía de la parte inferior izquierda. El dentista me ha dicho que ésa era precisamente la razón por la que debería haber ido a visitarle antes de que se cayese el implante y, de hecho, ha dedicado dos horas a la encía inferior izquierda y ha pasado olímpicamente del emplasta de la parte superior derecha que, dice, puede esperar lo que haga falta, mientras que lo otro, no.
Como nos gusta pegar la hebra, nos hemos puesto a filosofar sobre el autodiagnóstico. Con otros médicos me ha pasado no saber qué hacer, porque si dices "me duele esto", va a decir que hay que aguantarse y no ir al médico por tonterías, pero si le dices "me duele lo otro", te dirá, seguro, que no hay que esperar tanto tiempo para recurrir al médico. Mi amigo dentista (la única persona que consigue dejarme con la boca abierta) me ha reconocido que no tiene sentido el autodiagnóstico y que, si uno no sabe del asunto, lo más probable es que se equivoque. Y me ha puesto el ejemplo de un colega suyo, médico reputado (me ha dado el nombre), pero no odontólogo. Cuando mi amigo le preguntó que qué creía más importante si esto o lo otro, el médico demostró su ignorancia y no acertó ni una. Y era médico también. Qué no se podrá esperar del no-médico...
La mayoría de diganósticos que hacemos en la vida cotidana son sobre asuntos que desconocemos. Tenemos impresiones, sensaciones, informaciones fragmentarias y por terceros, manipulaciones, suposiciones... y de ahí construimos el diagnóstico. No hay más remedio: hay que diagnosticar. Pero tal vez tendríamos que ser algo más cautos al dar el nivel de certeza a lo que no puede, casi por naturaleza, tenerlo.
Como el tipo que venía ayer en el tren. Después de dos horas roncando de manera ostentosa, se dedicó, otras dos horas, a mostrar sus certezas absolutas ("que te lo digo yo") sobre casi todo lo divino y lo humano. Es un caso extremo, pero no creo que los demás nos alejemos demasiado de ese modelo. Ni en los ronquidos.

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