domingo, 12 de julio de 2009

Servicios secretos y soberanía popular

Se supone que en el parlamento está la fuente de control a todos los poderes del Estado ya que representa a la soberanía popular, elegidos como están sus miembros por el pueblo soberano. Es una de tantas simplificaciones de la filosofía política que sirven para rellenar textos, artículos y libros, pero que tienen ciertas dificultades cuando se las confronta con la cruda realidad. Como sucede con la supuesta "separación de poderes", hermosa donde la haya, pero que no es fácil encontrarla en el funcionamiento real y observable (más o menos observable, porque la "filosofía", es decir, en esta caso la retórica, suele ir por delante de la observación tranquila de lo que sucede).
Algunos artículos en los Estados Unidos están poniendo sobre la mesa el problema de los servicios secretos. Se comprende que sean secretos (aunque suelen ser expertos en las filtraciones -también en las Españas ha sucedido con sus espías del CNI-), pero la retórica dice que ha de haber una comisión en el parlamento que supervise la actuación de esos productores y distribuidores de secretos.
Pues bien, no es aventurado pensar que los servicios secretos son secretos y ajenos a la soberanía popular, aunque los parlamentarios intenten evitarlo y procuren someter a escrutinio secretos mantenidos durante muchos años. Los espías actúan según su propia lógica y filtran noticias a la opinión pública (los medios) si les conviene y ocultan realidades a la soberanía popular (y hasta a sus jefes) si les viene bien para sus fines que, en primer lugar, son los de la organización como tal, no los del Estado ni siquiera los del gobierno. Encima, una parte del gobierno puede ocultar lo que sabe al respecto e incluso lo que ha ordenado.
En primer lugar, es más cómodo que vayan a la suya. Y, como profesionales, desconfían de los no-profesionales aunque hayan sido elegidos por sufragio universal, directo y secreto, no como ellos, profesionales y no-electos. A lo más, nombrados.
En segundo lugar, no hay por qué pensar que los problemas de "férrea ley de la oligarquía" que tienen otras organizaciones no se aplican a la de los espías (a la "inteligencia", en ese bellísimo eufemismo). Es más que probable que progresivamente vayan dedicando más esfuerzos a mantenerse como organización a costa de reducir los esfuerzos por alcanzar los fines para los que fueron creadas. Pasa con sindicatos (el primer libro sobre el asunto fue sobre los sindicatos, de un tal Michels), con los partidos, con las universidades y con las iglesias por poner algunos ejemplos visibles. No sé por qué no va a pasar con estos invisibles.
En tercer lugar, el juego de grupos formales e informales dentro de la organización puede generar los mismos efectos perversos que generan en las demás: peleas internas, zancadillas para lograr el poder interno, ambiciones más o menos legítimas, "malos rollos" personales... Como en las organizaciones ya citadas. Pues igual.
Por eso vuelvo a poner en duda esas visiones monolíticas del Estado y, mucho más, las de su personalización (Obama, Putin, Berlusconi, Uribe etc.). Me lo comentaba hace ya muchos años un "speech-writer" del gobierno holandés: sólo los franceses (de izquierda, por supuesto) que no tienen ninguna experiencia de cómo funciona realmente un Estado pueden hablar de "l'État". Me dió la impresión que se estaba refieriendo a las cosas que por aquel entonces escribían Poulantzas o Althuser sobre los "aparatos del Estado" y todas aquellas abstracciones. Hay casos en los que una parte del gobierno desconoce lo que hace la otra parte porque esta se lo oculta mientras lo oculta también a la soberanía popular. Es el caso del plan del entonces vicepresidente Dick Cheney con la CIA.
El primer requisito para cambiar una realidad según un plan propio es comprender el funcionamiento de esa realidad. Claro que se puede cambiar la realidad, pero si no se ha comprendido antes, es más que probable que lo que se consiga no sea precisamente lo que se pretendía. ¿Cuba? No ganó la Revolución sino que se hundió Batista, y Castro ocupó el vacío dejado por el dictador que huía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario