miércoles, 22 de julio de 2009

Incertidumbres democráticas

A medida que disminuye nuestra capacidad de abstracción, la política se convierte más y más en una historieta que hay que vender: un herfanito que encarna el sueño “americano”, uno como vosotros que quiere acabar con los políticos que no eran como vosotros (comunistas en Italia, partidocracia en el Ecuador), defendámonos de los malos (rojos, fachas, “progres”), la mano dura que hace falta para acabar con tanto desorden y así sucesivamente. Como puede imaginarse, lo importante no es que la historieta sea cierta ni, mucho menos, que se acabe poniendo en práctica. Lo importante es que se la crean suficientes electores como para ganar electoralmente y, una vez en el mando, ya veremos qué contamos: la herencia del pasado, la dificultad de hacer un diagnóstico acertado, las moscas cojoneras de los medios y/o de la oposición o la pertinaz sequía. También aquí hay para mucho para elegir.
Las historietas presentadas como ciertas, no encajan con lo que es central en la política realmente existente, a saber, la incertidumbre. Sólo los partidos que saben que nunca podrán llegar al poder se pueden permitir el lujo de poseer y hasta monopolizar certezas. Por lo menos la de que nunca llegarán a gobernar. En cambio, los partidos que saben que alguna vez mandarán, tienen que vivir la incertidumbre: una vez en el trono van a tomar decisiones cuyas consecuencias podrán ser observadas y medidas. Y nadie puede estar seguro de que esas decisiones van a llevar necesariamente al fin propuesto. No siempre existe, en política, un “si hacemos A, entonces B”. Eso lo saben los políticos y, como los ciudadanos detestan la incertidumbre, se presentan, en cambio, como los que tienen la varita mágica para solucionar todos los problemas pensables.
Sin embargo, la democracia tendría que ser el sistema incierto por antonomasia. En una dictadura (formal o real, tanto da), el Caudillo no se equivoca nunca (“Il Duce non si sbaglia mai”). Responsable ante Dios y/o ante la Historia, sabe lo que su pueblo necesita y hasta podrá practicar el despotismo ilustrado de “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. Se lo dirá Dios directamente (parece que eso fue lo que sucedió con George W. Bush y la ocupación de Iraq, según sus propias palabras) o se lo dirán las leyes de la Historia que el líder conoce como nadie y sabe interpretar en cada momento (el caso del Partido Comunista de la Unión Soviética) o una mezcla de ambos, como sucedía con Francisco Franco según la retórica de aquel régimen y ahora sucede con los caudillos y proto-caudillos que van poblando poco a poco el Planeta para celebrar esta crisis del siglo XXI en modo parecido a como se celebró la del siglo XX.
No sé qué dirán los teóricos del Estado, pero a mí me parece que el fundamento de la democracia es precisamente que nadie tiene la certeza sobre qué es lo que realmente conviene al pueblo y, por tanto, hay que dejar que el pueblo decida cuál de las respuestas inciertas se va a poner a prueba y, si no funciona, se cambia de respuesta, es decir, de partido gobernante.Muy teórico, lo sé. El funcionamiento real de los Estados realmente existentes no es exactamente ese, aunque hay gente que sí se comporta de manera racional, evaluando los medios (votos) que podrían llevar al fin (bien común). Lo normal, en el sentido de lo más frecuente, es que los partidos funcionen como equipos de fútbol en los que los votantes, sin hacer ningún tipo de ejercicio físico, es decir, sin tocar una brizna de poder, se identifican con unos colores hagan lo que hagan, “manque pierdan”.
También reconozco que la comparación partido político – equipo de fútbol es insultante. Para los equipos de fútbol, por supuesto, ya que ningún político es capaz de llenar un estadio sólo para presentar a su último fichaje ni genera tal nivel de discusión, apasionamiento, fiesta y depresión colectiva como puede generar “mi” equipo.
Pero es que, encima, todo eso del “bien común” es bastante problemático en sociedades (como todas) divididas en clases sociales, sexos, edades, razas, orígenes, lenguas (sólo hay 6 estados en el mundo que sean monolingües), religiones, de forma que, si estas divisiones se encuentran en conflicto, es imposible gobernar para todas ellas simultáneamente. Si se favorece a una, ya no se favorece a la otra. Así que a la incertidumbre de qué será lo mejor, se añade la de no saber a favor de quién va a jugar si gana.

(Publicado hoy en el periódico Información -Alicante-)

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