domingo, 5 de julio de 2009

Antepasados míticos

En el entierro de José Enrique Adoum, en Quito, se cantó "La vasija de barro", canción en cuya composición él intervino. Es posible que coincidiéramos alguna vez por casa de Oswaldo Guayasamín, donde se había compuesto la canción, cuando yo era joven y todavía amigo de Pablo Guayasamín, hace "algunos" años. De hecho, cuando tuve que dejar el Ecuador y me prometí no volver nunca jamás, fue Pablo el que me acompañó al autobús que me llevaría a Guayaquil para tomar el barco hacia Europa, allá por los años 60, después de una fiesta de despedida en casa de su padre. No íbamos en nuestras mejores condiciones de estabilidad y es obvio que dormí profundamente durante todo el trayecto. Eso sí, he regresado al Ecuador numerosas veces.
Pero no recuerdo al Turquito, como llamaban sus amigos a Adoum, así que lo más probable es que no coincidiéramos, aunque la memoria es mala consejera: no recuerdo el nombre de las otras dos personas que me acompañaron al autobús de aquella despedida, una gringa y un ecuatoriano (y sí recuerdo la salida del barco desde Guayaquil como si estuviese viendo alejarse al puerto y a quien me despedía).
"La vasija de barro" la he cantado miles de veces. "Yo quiero que a mí me entierren / como a mis antepasados / en el vientre oscuro y fresco / de una vasija de barro". El poeta ha sido enterrado junto a Oswaldo Guaysamín "en el vientre oscuro y fresco / de una vasija de barro". Pero con ese apellido, difícilmente se podía decir que fuesen las costumbres de sus antepasados, originarios de lugares a muchos miles de kilómetros de distancia. Parece, en efecto, que los antepasados se pueden elegir. Como se puede elegir el país del que uno es.
No es cierto que estemos condenados a ser herederos de gente que no nos gusta y a ser de un país que tampoco nos gusta. En esos casos, se elige antepasados y país, no al revés. Esto último se deja para los nacionalistas, para los que creen que uno debe lealtad hasta el martirio ("que morir por la patria no es morir, es vivir") por el mero hecho de haber sido nacido en un lugar por antepasados que no le pidieron permiso para nacerle. Quiero a mis padres, pero si entre mis antepasados están los de la Guerra Civil, la Inquisición y la Conquista, mejor que no me busquen.
Lo del pasaporte no deja de ser un engorro burocrático. El mío es español y me toca renovarlo, pero no es de mi país.

No hay comentarios:

Publicar un comentario