martes, 16 de junio de 2009

Tabaco: nadar y guardar la ropa

Comentaba el otro día aquí la correlación, en el sistema parlamentario estadounidense, entre donaciones de empresas tabaqueras a representantes del pueblo y comportamiento de dichos representantes con respecto a leyes que afectan a dichas empresas. No se puede decir que las empresas compren a los parlamentarios. Simplemente, los alquilan. Lo que allí hacía era situar aquella correlación en el contexto más amplio de la relación entre políticos y altos ejecutivos de grandes empresas (no necesariamente sus dueños).
Ahora me encuentro con que algunas grandes empresas aseguradoras estadounidenses, canadienses y británicas han hecho fuertes inversiones en el sector del tabaco, mostrando con su comportamiento, no con sus retóricas, que buscan rentabilidad y no salud, incluso poniendo en riesgo sus primas de enfermedad (cáncer de garganta y otros cánceres, enfisemas).
Como he sido fumador y mi cáncer sólo saben atribuirlo al tabaco (aunque temo que lo hacen porque no tienen ni idea de qué es lo que pudo producirlo), tengo todos los números de la rifa para ser fanático anti-tabaco. Creo que no lo soy, como tampoco soy "anti" de ninguno de los grupos organizados a los que he pertenecido en mi vida y que he dejado pacíficamente, desde la Iglesia Católica a Rotary Internacional. Sé que es frecuente que el "ex" genere fuertes sentimientos de rechazo al grupo al que perteneció. Encuentra así una justificación adicional para haberse ido del grupo. No es mi caso, como digo, y mantengo muy buenas relaciones con los grupos a los que pertenecí (dentro de poco, se incluirá la Universidad entre los grupos a los que he pertenecido).
Sin embargo, el caso del tabaco es particular: ahí sí sé que el tabaco es dañino para el que lo usa y lo siento por él y, en particular, por ella, ya que observo que si alguien va fumando por la calle es que es mujer y que si alguien se pone a fumar en la universidad en los descansos del examen de selectividad es casi seguro que se trata de una chica. Si son amigos o amigas, les daré la vara con lo malo que es el tabaco. Si no les conozco, mi reacción interior (que no se exteriorizará) será la de rechazo. Y seguiré asombrándome de que el gobierno quiera sacar impuestos de tal mal y del comportamiento de las empresas que lo producen, distribuyen y venden. Pero así son las reglas del juego. Del juego global, claro. Porque donde más se fuma es en países de la periferia y, muy en particular, en los emergentes. Lógico: los de abajo reciben más presión marketinera y los de en medio tienen más capacidad de compra.

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