jueves, 18 de junio de 2009

Sumak Kawsay, Suma Qamaña, Buen Vivir

Sinónimos, respectivamente, en quechua ecuatoriano, aymara boliviano y castellano. En quechua aparece en la Constitución ecuatoriana de 2008 y en aymara en la boliviana de 2009 como ideales a los que el Estado debe responder y procurar alcanzar. El Buen Vivir como alternativa al desarrollo entendido como crecimiento económico y planteado desde el Norte. Alternativa planteada desde los pueblos originarios, más o menos idealizados, pero, en todo caso, con derechos que les han sido negados y conculcados secularmente: con la Colonia y, en algunos casos, de forma peor con la Independencia... de los blancos o criollos, no de los indígenas. Buen Convivir, sería la idea de fondo.
Y es la idea que emerge en el Perú después de la matanza de indígenas que defendían sus derechos mientras el gobierno defendía el "desarrollo" caiga quien caiga y, encima, en los términos dictados por los Estados Unidos que no hace falta ser muy sagaz para saber cuáles son: venían en la prensa peruana cuando se firmó el Tratado de Libre Comercio (TLC) entre los Estados Unidos y el Perú.
Son curiosas las diferencias entre los tres países andinos. El indigenismo tiene raíces políticas muy distintas en un sitio y otro. Innegable el papel de la revolución boliviana del MNR en 1952. Innegable, también, a mucha distancia, de la CONAIE y de Pachakutik en el Ecuador. E innegable también el papel retardatario que tiene Lima en el resurgir del movimiento indígena peruano: en la Lima que conocí hace cuarenta años, los criollos limeños tenía muy claro que había dos perús, ellos y el resto. El Perú se componía de Lima (es decir, las clases altas limeñas) y el resto. Pero ya entonces comenzaba a producirse el fenómeno de los "pueblos jóvenes" (como llamó la Junta de Velasco Alvarado a las barriadas). Los criollos limeños añadieron a su percepción la idea de que el otro Perú estaba invadiendo Lima.
Bolivia y el Ecuador tienen ahora la dualidad "tierras altas / tierras bajas" y reivindicaciones de blancos, respectivamente, en Santa Cruz (Nación Camba) y Guayaquil. Se plantea como cultura y, después, como política lo que parecen ser clases sociales, pero con los tres componentes a los que se añade la economía (petrolero e industrial en las respectivas "tierras bajas" aunque las minas, en otros tiempos, estuvieron en las "tierras altas"). En el Perú no hay tal dualidad: la capital está en la costa, ahí están las élites (blancas, por definición) y ahí han estado desde el virreynato.
Ahora no se trata de indigenismo culturalista (aunque también tiene ese componente) sino reivindicativo: el indígena existe y tiene derechos. Lo primero ya se ha logrado. Lo segundo, está en proceso adelantado en Bolivia, balbuciente en el Ecuador (y creo que Rafael Correa, aunque hable quechua que aprendió de estudiante con los salesianos, no está por la cuestión) y embrionario en el Perú. Historias distintas y estructuras sociales diferentes. Pero el cambio es innegable: dejando de lado los discursos culturalistas estetizantes y nostálgicos de un pasado inventado, el gigante parece que despierta.
Pero, por lo que digo, el indigenismo tiene que sortear las dificultades de las clases altas cruceñas, guayaquileñas y limeñas, pero sólo con esta última ejerciendo suficiente grado de hegemonia como para haber firmado un tratado con los Estados Unidos totalmente contrario al Buen Convivir de los pueblos originarios.

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