domingo, 12 de abril de 2009

Volatilidad

Encuentro un cierto abuso de la palabrita "volatilidad". Aparece en los contextos referidos al petróleo y ha sido uno de los riesgos globales a los que ha hecho referencia el "Global Risks" que se presenta los últimos años en el Foro Económico Mundial de Davos. Volatilidad significa que los precios suben y bajan de forma imprevisible, con movimientos casi brownianos. La cosa es algo más sencilla: los precios siguen subiendo y no parece que haya una estrategia alternativa para afrontar esas subidas que afectan (y seguirán afectando) a transportes y pescadores y, por otro lado, encantan a las repúblicas petroleras que ven incrementados los ingresos de sus empresas petroleras públicas. Los picos de sierra sobre la tendencia ascendente son los movimientos especulativos (compro ahora para vender luego, que eso se llama ganancia) sobre una línea marcada por el aumento de la demanda (la China, la India) y los problemas con la oferta a pesar del par de descubrimientos de nuevos yacimientos. El petróleo se acaba y es posible que haya entrado en el "peak oil" (que se traduce como "pico del petréleo"), cuando el aumento del consumo observable se hace a costa de las reservas sin que los nuevos descubrimientos lo compensen.
Ahora encuentro lo de la volatilidad a propósito del electorado estadounidense. No se usa la palabra, pero sí el concepto. Se trata de la afirmación que ha hecho un miembro del equipo de McCain en el sentido de que un "atentado importante" sería una gran ayuda para los republicanos. Viene hoy en el Financial Times. Y no tendría que ser de recibo que la decisión sobre quién y cómo va a gestionar mis impuestos se deba a un atentado que, de no producirse, me haría votar en sentido contrario. Indica una gran superficialidad que es lo que está detrás de la volatilidad: un cambio de viento cambia la veleta.
¿Y el 11-M en España? Cierto. Pero una explicación algo más complicada llevaría a lo siguiente: una parte importante del electorado, normalmente abstencionista por disgusto con la clase política en general, se había ido cargando contra el Partido Popular liderado con lo que después han seguido siendo los malos modos de José María Aznar. El atentado de Atocha fue una gota más que no habría tenido más consecuencias de no haber tenido el PP la pésima política de comunicación que implantó su cúpula llamando Aznar a los directores de periódicos y llamando Palacios, ministra de asuntos exteriores, a los embajadores para dar instrucciones sobre la línea oficial del partido. En la era de internet y de los sms, el empecinamiento contra la realidad (pensando como el asesor de McCain que un atentado de ETA favorecía al Partido mientras que un atentado islamista favorecía a los socialistas por todo lo que se traía de rechazo a la ocupación de Iraq y al trío -cuádriga o cuarteto- de las Azores), su insistencia en afirmar lo inafirmable y llamar miserables a los que dijesen lo contrario enervó a los abstencionistas que corrieron a votar contra el PP: que se vayan estos (todavía no se ha llegado en España al radical "que se vayan todos" pero creo que se llegará).
Los paranoides que ven conspiraciones por todos lados, también pensaron que en las últimas elecciones españolas los socialistas organizarían otro atentado para volver a ganar. Pura paranoia porque, como digo, no fue el atentado el que dió el triunfo al PSOE sino la política del comunicación del PP que se añadía a irritaciones anteriores. Estas paranoias no son locales: también se temió un atentado en 2004 en los Estados Unidos. O se teme ahora un atentado contra Obama (su mujer, la primera). O se supuso, en el Paraguay, que Lugo podría ser asesinado para acusar a un segundo y así ganara un tercero. Los paranoides siempre tienen algo de base y es cierto que ha habido brillantes manipulaciones de la opinión pública basándose en hechos dramáticos.
Pero lo preocupante es que, en lugar de educar a la opinión pública para que sea menos volátil, ayudándole a evaluar los hechos y a tomar sus decisiones de manera racional, se provoca la emocionalidad y la superficialidad. Y eso no es democracia.

(Importado de mi antiguo blog donde fue publicado el 24 de junio de 2008. Lo traigo ahora porque está siendo objeto de spam, así que mejor borrarlo de allí para no tener que ir borrando los spam).

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