viernes, 24 de abril de 2009

Sí, pero no

Foreign Policy proporciona una lista de cinco esperanzas que se abren ante la crisis que van desde la recuperación de los bancos estadounidenses a la coordinación internacional pasando por la mejora en la manufactura china y el posible cambio en las expectativas alemanas. Para cada uno de estos elementos para ponerse contento en esta primavera del hemisferio Norte (estos etnocéntricos no saben que la primavera es hemisférica, que en el Sur es otoño), la revista proporciona los datos para no echar las campanas al vuelo.
Es un buen ejercicio. Los optimistas se quedarán con la primera parte del argumento, añadiendo que, por responsabilidad, hay que generar expectativas de que esto va a mejorar y evitar el pesimismo que se autorrealiza. Los pesimistas se quedarán con la segunda parte, con las rebajas, y se olvidarán de la primera parte. Mezcla de "cuanto peor, mejor" y de ese gusto por la catástrofe que parece ser muy frecuente en medios sobre todo académicos, explicarán brillantemente lo mal que estamos. 
Con independencia de los argumentos concretos de la revista, parece que ninguno de ellos, ni optimistas ni pesimistas, cumple suficientemente con un requisito de la observación de la realidad: el desapasionamiento, la distancia crítica, la duda metódica. Y teniendo ambos razón (o pudiéndola tener), la pierden cuando no ven la otra cara de la moneda, siempre yin y yang en sucesión dialéctica 
No se olvide que la dialéctica fue un invento chino, taoísta para más señas, que los jesuitas trajeron de la China y que, a través de otros filósofos, llegó a Hegel que, buen etnocéntrico, olvidó sus raíces chinas y las adscribió a Grecia, y de Hegel pasó a Marx, que le dió la vuelta y de ahí a Mao que le devolvió sus orígenes. El "fin de la historia" hegeliano o marxista no es fiel a sus orígenes taoístas. En cambio "De la resolución de contradicciones en el seno del pueblo", de Mao, es chino-chino.
Otra cosa sería que lo que se pretenda sea no conocer la realidad sino cambiarla (sí, sí, la tesis 11 sobre Feuerbach). Me temo que la tal tesis ha sido objeto de malas interpretaciones: si se quiere cambiar la realidad, primero hay que entenderla. Con sus luces y sus sombras. Encerrarse en la "ominipotencia de las ideas" puede permitir una decente carrera académica, pero inútil y, además, inadecuada para entender las cosas y, por tanto, para cambiarlas.

2 comentarios:

  1. Profesor, hablando sobre el pesimismo y el optimismo, hoy me he encontrado en un brete por mor de mi condición de grado académico. Me explico: haciendo una entrevista a un comerciante, su negocio cae en picado, para mi periodico y hablando sobre la crisis, no se le ocurre otra cosa que pedirme opinión sobre el desenlace de la misma, "porque tu además de ser periodista, también eres economista", me pregunta. Yo le digo, muy orgulloso, no señor, "soy sociologo", a lo que me replica, "mejor, tu estás acostumbrado a analizar la sociedad, ¿que piensas?". Se me han puesto de corbata, no porque no tenga mi opinión sobre la cuestión, el problema ha sido precisamente el que comentas, darle un aspecto academicista a mi forma de ver las cosas, y por tanto, catastrofista (je, je) o contarle, según mi parecer, una mentira piadosa a la vez que esperanzadora. He optado por tirar por la calle de enmedio, con lo cual creo que no le he dejado las cosas muy claras, pero no me ha salido del corazón otra cosa.

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  2. Complicado, sí. Por un lado, no puedes dejar de lado el pesimismo generalizado. Pero, por otro, sabes que el pesimismo, por generalizado, se convierte en parte de la realidad y se autorrealiza. Si te dedicas al análisis, puedes decir esto. Si te dedicas a la política, dependerá de en qué panda estés y lo que quieras conseguir para tu panda. Y siempre te queda el consuelo de saber que los sabios que saben mucho no se ponen de acuerdo sobre cuándo, qué y cómo.

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