martes, 7 de abril de 2009

Pesos en un nuevo gobierno

Esta mañana las tertulias radiofónicas españolas se dedicaban con mucha intensidad a la inminente crisis de gobierno. Nada que objetar, aunque el asunto no me acaba de interesar si se convierte en una especie de "crónica rosa" que no va a la sustancia del asunto. Lo curioso es que en unas tertulias, determinados posibles miembros del futuro gobierno (que después han resultado agraciados con tal puesto) eran considerados como "pesos pesados" mientras en otras tertulias, el mismo personaje y a las mismas horas matutinas era considerado como "de escaso peso". Es la disonancia que más que ha chocado.
Si se escuchasen las tertulias para saber qué hay que pensar, lo que tendría que haber hecho es escuchar aquella que dice lo que yo quería escuchar, sea laudatorio o denigratorio del personaje en cuestión, sea crítico o elogioso del gobierno que después se ha anunciado o de cualquiera de los anteriores. Sin embargo pertenezco a la rara especie que, además de no tener teléfono móvil (celular, telefonino), escucha la radio para saber que hay que pensar. Por eso salto de una tertulia a otra sabiendo que nadie es totalmente objetivo, todos (y yo el primero) acaban viendo las cosas según el color del cristal con que las miran y, por tanto, si uno quiere enterarse algo de lo que pasa tiene que poner en duda sus propios cristales, para lo cual escuchar opiniones contrarias a las propias o contradictorias entre sí es un buen recurso para evitar los "idola" de los que hablaba Bacon en su Novum Organum.
No es buena idea ser positivista a no ser que se tengan intereses en que las cosas no cambien. Positivista es el que cree que las cosas son y que no pueden dejar de ser. Pero las cosas sociales no sólo cambian sino que pueden cambiarse. El requisito indispensable es conocerlas. Y ahí entra el empirismo: someter a observación sistemática la realidad social (economía, sociedad, política, cultura, historia) sin dejarse llevar por prejuicios y preconceptos. Sin dejarse llevar de los “idola” (ilusiones, engaños) de los que hablaba Francis Bacon, uno de los grandes del empirismo frente a los excesos ideológicos de cualquier tiempo. 
En el Novum Organum, Bacon distinguía entre los “idola” de la tribu (prejuicios y engaños compartidos con el propio grupo y en el que cada cual “ancla” sus creencias no demostrables), los “idola” del teatro, engaños que se producen por presentar la ficción como si fuese realidad (“todos los sistemas filosóficos inventados y propagados hasta ahora, son otras tantas comedias compuestas y representadas que contienen mundos ficticios y teatrales"), los “idola” de la caverna, menos interesantes aquí pues se refieren básicamente al individuo mismo y  los “idola” del mercado que son los que se producen por la interacción lingüística entre los seres humanos y que pueden ser, a su vez, de dos tipos: los “idola” que se trasmiten mediante palabras que no tienen un referente empírico real y las que, aunque tienen tal referente, han sido mal construidas, mal abstraídas de la realidad y mal esquematizadas. 
El supuesto "peso" de un personaje es una opinión tan poco verificable que no tiene interés seguir en ello, pero sí el levantar acta de cómo unos contradicen a otros en algo que resulta tan difícil de demostrar. Si no me equivoco, los que así proceden quieren convertir "idola" del mercado en "idola" de la tribu. No son los únicos. También están los que quieren proponer "idola" del teatro, asunto en el que vengo insistiendo estos últimos días: no por predicar que tenemos que ser buenos y que la paz es mejor que la guerra nos acercamos mejor a la realidad: es ficción. Pero en esas estamos.

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