miércoles, 22 de abril de 2009

Para salir de la crisis

La semana pasada comenzó con frenéticas reuniones del nuevo gobierno. A lo que dicen, en esta “segunda fase” se trataría, frente a la crisis, de un “cambio de ritmo”, no de un “cambio de rumbo”. La semana siguió con la presentación de la propuesta por parte del Partido Popular de “un plan anticrisis completo y global contra la parálisis del Gobierno de España”.   
 
Es muy de agradecer lo del “ritmo” e igualmente lo es el brindis al sol que supone presentar un “plan anticrisis” y no hacerlo mediante un voto de censura. Pedir que el gobierno se haga el harakiri proponiendo el voto de confianza no deja de tener su gracia y más que Soraya Sáenz de Santamaría añada que las mociones de censura se presentan “para ganarlas”, lo que no parece ser el caso en sede parlamentaria.   

Si salimos de España, encontraremos cosas parecidas: gran decisión en pequeñas políticas posibles y probablemente ineficaces por un lado y, por otro, exaltación de las imposibles pero taumatúrgicas (pienso en la III República que propone una parte de IU). Y esfuerzos desesperados de los gobiernos por crear expectativas de que “se empieza a ver la luz al final del túnel” y los denodados esfuerzos de las oposiciones por negarlo ¿Tiene sentido esta situación? Pues no mucho. Unas citas al respecto.   

La primera es de Dennis C. Blair, director de la Inteligencia Nacional, en las primeras frases del documento que presentó ante una comisión del senado estadounidense el pasado 12 de febrero. Dice así: “La preocupación principal a corto plazo de la seguridad de los Estados Unidos es la crisis económica global y sus implicaciones geopolíticas. La crisis ya lleva más de un año y los economistas están divididos sobre si y cuándo tocará fondo. Algunos incluso temen que la recesión se puede profundizar más y alcanzar el nivel de la Gran Depresión”. Dos contenidos: que la crisis es una amenaza y que los especialistas no se aclaran. Tampoco los políticos del G-20, divididos entre partidarios del “estímulo” y partidarios de la “regulación”. O, en general, entre partidarios de bajar los impuestos y de no hacerlo.   

Podemos irnos ahora al otro extremo ideológico y citar a Eric Hobsbawm, historiador inglés, que el 13 de abril decía en “The Guardian” que “no sabemos cómo superar la actual crisis. No hay nadie, ni los gobiernos, ni los bancos centrales, ni las instituciones financieras mundiales, que lo sepa: todos ellos son como un ciego que intentara salir del laberinto dando golpes en las paredes con todo tipo de bastones en la esperanza de dar con el camino de salida”. Si tuviese razón, las propuestas del gobierno del PSOE o de la oposición del PP tendrían que presentarse con algo más de humildad.   

Hay enfoques alternativos: los que dicen que se está produciendo un desplome de los Estados Unidos que, aunque no haya dejado de ser quien más manda, ya no es lo que era. Pues bien, en un libro de Giovanni Arrighi y Beverly Silver que se publicó en España en 2001 se afirmaba que los cambios de hegemonía suelen ir acompañados por “la intensificación de la competencia interestatal e interempresarial; la escalada de los conflictos sociales; y el surgimiento intersticial de nuevas configuraciones de poder”. Algo hay de eso, no se puede negar. La crisis supone competencia entre los países centrales y los “emergentes”, en particular los BRIC (Brasil, Rusia, la India y la China), acompañados de las repúblicas petroleras y sus “fondos de riqueza soberanos” (sovereing wealth funds) en un contexto de creciente divorcio entre las clases políticas de los distintos países y sus ciudadanos que cada vez toman más la calle y son reprimidos con creciente violencia. Si la Gran Depresión supuso el paso de la hegemonía inglesa a la estadounidense, esta Depresión puede suponer cualquier cosa, desde la recuperación de los Estados Unidos hasta un mundo con varios centros y sin potencia hegemónica.  
 
No sabemos lo que pasa, y eso es lo que pasa. Igual resulta que si la crisis vino porque los gobiernos no hacían nada, ahora se va a pesar de lo que hacen. Sin embargo, la fortuna de los mil-millonarios que recuenta Forbes ha caído este año un billón de dólares mientras los ingresos de las 2.000 empresas globales se redujeron en un 30 por ciento mientras su valor de mercado lo hacía un 40 por ciento. Que las personas que pasan hambre lleguen a mil millones parece que no tiene que ver con las propuestas que se hacen.

(Publicado hoy en el periódico Información -Alicante-)

No hay comentarios:

Publicar un comentario