miércoles, 1 de abril de 2009

G-20: sin panaceas

Las profundas diferencias entre los gobernantes del G-20 en lo que se refiere a diagnósticos y terapias ante la crisis me hacen mantener mi escepticismo por lo que se pueda producir en Londres, más allá de la foto de familia y la decisión de volverse a reunir. Me confirma en lo que temía: hay una veintena de diagnósticos y, por tanto, una veintena de terapias igualmente contradictorias. Ni idea de quién pueda tener razón. Pero es que los gobernantes tampoco parecen tenerla aunque muchos economistas tengan las ideas muy claras... e igualmente contradictorias: desde los que lo atribuyen al exceso de endeudamiento estadounidense a los que lo tratan como un subproducto de la burbuja inmobiliaria USA pasando por los que dicen que la causa está en Asia, en su superávit comercial y la inundación del mercado estadounidense por parte del dinero asiático en general y chino en particular. Y mientras unos dicen que la culpa la tuvo la regulación (los sectores más castigados han sido los más regulados), otros dicen que la culpa la tuvo la falta de regulación (en esa especie de capitalismo de casino en el que todo valía). Y los neoliberales recalcitrantes siguen diciendo que "menos Estado, más mercado" (dentro de un orden) mientras aparecen keynesianos de debajo de las piedras (algunos de ellos ex-neoliberales), todos ellos inmunes a los datos, es decir, tomando aquellos datos que encajan con su teoría y dejando de lado los que la ponen en cuestión. Ciencia se llama eso.
A eso se añade, para el fracaso del G-20,  el politiqueo (es su trabajo, al fin y al cabo), filtrando acuerdos para boicotearlos o haciendo declaraciones arrimando el ascua a la propia sardina o amenazando, como Sarkozy, con abandonar la cumbre. No hay tal "Bretton Woods".
Y, para complicarlo más, las inestabilidades domésticas de cada uno de dichos gobernantes que tienen que torear una oposición que grita "quítate tú, que me pongo yo" (es su trabajo, al fin y al cabo) y una sociedad cada vez más inquieta por los efectos de esa enfermedad cuyas causas son, por lo visto, muy complicadas y para la que no se tiene una panacea universal que la remedie. De entrada, manifestaciones de protesta sin precedentes en el mismo Londres.

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