sábado, 28 de marzo de 2009

Conflicto y hostilidad

Es habitual, en el campo de la investigación para la paz, afirmar que no es aconsejable quedarse en la violencia misma sino que, si se quiere acabar con ella o, por lo menos, reducirla, es preciso afrontar el conflicto que la subyace. Se parte, a lo que parece, del supuesto de que, debajo de toda violencia, hay un conflicto de objetivos (incompatibles) o de intereses (igualmente incompatibles), conflicto que se "resuelve" en violencia sea porque la frustración de no lograr los objetivos o intereses genera agresividad sea porque se cree que la violencia, en plan justas medievales, resolverá el conflicto con vencedores y vencidos, sea por el Juicio de Dios, sea por el aniquilamiento del contrario.
Sin embargo, es frecuente encontrar en la vida cotidiana y, probablemente, en las relaciones entre grupos, gobiernos y hasta "naciones", situaciones en los que se está al borde de la violencia directa o incluso que se llega a ella sin que sea tan sencillo hablar del conflicto subyacente, porque igual no lo hay.
En primer lugar, están las situaciones que autores como Galtung llaman "metaconflicto": hubo, tal vez, un conflicto, pero ya nadie se acuerda de él y lo que queda, como se pone de manifiesto en el primer cuadro del "Romeo y Julieta" de Shakespeare, es una hostilidad entre personas y grupos cuyo origen se desconoce, pero que llevará o puede llevar a la erupción de la violencia (aunque no sea más que a la violencia verbal, al anónimo, a la insidia o a la calumnia). El grupo de Motescos que se encuentra con los Capuletos en la Verona de la obra sólo saben que se encuentran en una espiral de la violencia, de acción-reacción que nadie sabe detener porque no hay modo de resolver, trascender o superar el conflicto subyacente por la simple razón de que nadie lo conoce.
En segundo lugar, la hostilidad puede ser el resultado de una escalada de malentendidos que llevan a etiquetar al otro como potencialmente amenazador y, por tanto, necesariamente neutralizable. No es que el Otro (persona, grupo, "nación") quiera algo que yo también quiero y no podamos tener los dos a la vez o que tenga intereses incompatibles con los míos. Es que el Otro parece que no me quiere bien, a lo cual yo respondo con gestos inamistosos, que él interpreta como gesto pre-violento, que yo interpreto como probabilidad de agresión, que él interpreta como necesitado de un "ataque preventivo". No es impensable. Las percepciones mutuas son tan importantes como los intereses o los objetivos, incluso para los que somos algo escépticos sobre el papel de la cultura o las mentalidades en este tipo de problemas. Por muy escéptico que uno sea, los hechos son tozudos. y las percepciones (equivocadas o acertadas) forman parte de la realidad como la lluvia, el sol o la cotización del dólar.
Sin duda que hay que ser buenos y evitar esas situaciones difundiendo una cultura de paz y una cultura del entendimiento mutuo y de la ayuda mutua como factor de evolución, que diría Kropotkin. Pero predicar que hay que ser buenos, por muy satisfactorio que sea, no evita que uno pueda ser percibido como malo, que esa percepción genere una contrapercepción y que, a partir de ahí, se produzca una escalada de percepciones hasta llegar a situaciones de evidente tensión que se puede resolver de muchas formas. La primera y obvia, es el diálogo, pero no siempre es fácil cuando los puentes han sido volados por esas mismas percepciones (insisto, equivocadas o acertadas, y uno, en autodefensa, puede pensar que si son acertadas, mejor no acercarse al otro desarmado, lo cual hará que el otro, al verme armado, se arme y me reciba armado etcétera).
En general, uno es bueno mientras no tiene otra cosa que hacer que un trabajo seguro en el que no compite con nadie y que no implica que tenga que decidir sobre cosas ajenas. Si compite con alguien, la cosa ya se complica. Y si tiene que decidir entre A y B, ambos convencidos de merecer la elección, y elige a B, A pensará que se ha cometido una gran injusticia con su persona y B sabrá que no tiene nada que agradecer ya que sólo se ha reconocido la obviedad de su mucho valer. Total, que A comenzará a pensar que ha sido objeto de hostilidad por parte del que ha tenido que elegir (digamos que en un tribunal de oposiciones, de las de antes), con lo que comenzará a tener comportamientos que o son hostiles o son percibidos como hostiles por parte del que tuvo que elegir y de ahí a la escalada no hay más que un paso. Pero ahí no hay conflicto que valga. Es otra cosa y la mediación y la resolución de conflictos sirve de poco. Ajo y agua, muchas veces.

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