miércoles, 25 de febrero de 2009

Más para la egoteca

Ya dispuesto y relajado en la sala de espera del aeropuerto de Granada, me ha sucedido una cosa curiosa que cuento para los amigos que creen que tengo una capacidad particular para las lenguas, pero también porque lo creo interesante aunque seguro que los psicolingüistaslo  saben, pero yo no me había dado cuenta.
Resulta que, estando sentadito hojeando la prensa, entró un bullicioso grupo de jubilatas (seniors) en uno de esos magníficos programas que hay en España y que permiten que las personas mayores viajen por el país, utilicen instalaciones turísticas en temporada baja, vean mundo y se diviertan (un colega analizó la basura de algunos hoteles en temporada baja y encontró una gran cantidad de medicinas: los ancianos, encantados con lo bien que lo estaban pasando, echaban las medicinas a la papelera). Pues bien, este grupo llegaba haciendo risas y hablando en voz bastante alta, cosa que no sólo sucede con los españoles sino con muchos otros nacionales en condiciones de excitación sea por el contexto sea por la ingesta de excitantes como el alcohol. Como la cabrita tira al monte, me interesó saber en qué hablaban porque me sonaba a familiar aunque no era capaz de entender lo que, a todas luces, eran chistes de uno de los miembros del grupo. Era lengua romance, de eso estaba seguro. Pero no era capaz de entender nada... hasta que me di cuenta de que se trataba de alguna de las variantes baleares. Y empecé a entender.
Añado que, aunque la lengua en la que pienso y trabajo es el castellano, supe valenciano desde mi infancia aunque no la considere mi lengua. Y también añado que doy por supuesto la unidad lingüística del catalán, valenciano y mallorquín. El cuento que estoy contando no va en contra de dicha unidad: me pasó hace ya años que, al estar conversando con un amigo boliviano,  se acercara uno con un cerrado acento andaluz (de la Sierra de Granada para más señas), que me informara de un par de asuntos, que se fuera y que mi amigo boliviano me dijese "no he entendido nada". Y, obviamente, ambos hablaban castellano. Con ritmos y vocalizaciones bien diferentes de modo que la rapidez y vocalizaciones del segundo hacían incomprensible lo que decía para el primero. Las vocales mallorquinas, para quien sólo tiene, como en el valenciano, vocales abiertas y cerradas y ni siquiera tiene las neutras de Barcelona, son difíciles de encajar.
El cuento tiene que ver con la importancia de conocer el código en que se habla para entender lo que se quiere decir. Si el emisor tiene en mente un significado y emite un significante, el receptor sólo puede entender ese signo si conoce el código mediante el cual se pasa del significante a significado y así recorrer el camino a la inversa.
El asunto del código se puede generalizar. Pruebe a unir el pulgar y el índice de su mano derecha y mostrarlo a un interlocutor. Para un español mayor, es probable que signifique "cero", pero para un español joven significa "ok", efecto de las películas estadounidenses. Pero en Alemania es un feo insulto referido a una parte íntima posterior de las personas, en el Japón significa "dinero" y en Argelia significa "te voy a matar". El mismo signo, distinto significado. Búsquese el código como tuve que buscarlo con mis alegres compañeros de viaje baleares (y digo baleares porque no quiero entrar en líos con las distintas islas: probablemente eran menorquines).

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