sábado, 7 de febrero de 2009

Inquietudes

Al diablo se le ocurriría (y muchos académicos son diabólicos) pensar que las cosas que suceden en este mundo se deben solamente a factores que tienen que ver con una sola de las disciplinas más o menos académicas. Pongamos la omnipresente crisis. Me inquieta que se vea como sólo económica o sólo política o social o moral o cultural o sólo lo que sea.
Por empezar por lo obvio, me parece obvio que hemos llegado a donde estamos por un exceso de avaricia y un defecto de normas, no sólo las "regulaciones", sino, sobre todo, un defecto de correcciones al "todo vale" que domina en el sistema desde que apareció fuese en Europa o en Asia (que hasta eso discuten y discutían  algunos académicos, como si sirviese para algo). Un problema moral, por tanto, que haría saltar de su tumba a Adam Smith y su idea de que los "sentimientos morales" debían corregir el exceso competitivo selvático del mercado realmente existente. 
Sigamos por algo algo menos obvio: las mentalidades, la cultura, los símbolos. No es raro escuchar una culpabilización a los medios por su machacona insistencia en la crisis, insistencia que reafirma y acrecienta la crisis. Cuando páginas y páginas de los periódicos y minutos y minutos de radios y televisiones se dedican a comentar brillantemente lo mal que estamos, se genera un estado de opinión pesimista que retrae las innovaciones, dificulta que aparezcan emprenderores con nuevas propuestas y, por reducir, incluso reduce el consumo de personas que tienen los ingresos muy asegurados y que, por tanto, no tendrían otro motivo para reducirlo que el miedo a que la cosa siga como está.
Claro que hay un componente económico. Los doctores que tiene la iglesia al respecto se encargan de hacerlo poco comprensible al común de los mortales, a veces como forma de mantener su poder, prestigio y privilegio (las tres P). Pero los economistas que puedo comprender porque escriben para que les entendamos (tipo Krugman o Stiglitz, nobeles de economía, aunque eso no signifique mucho, como tampoco significan mucho por necesidad otros premios concedidos por motivos no siempre claros), subrayan los elementos que ha habido de burbuja inmobiliaria (en los Estados Unidos, empeorada localmente en España), burbuja financiera (que lo reconozca George Soros es bastante significativo) y hasta de burbuja alimentaria y energética. El estudio de las burbujas es ya viejo, pero no parece que haya tenido muchos efectos en las políticas, tal vez por el carácter unidimensional que han tenido las burbujas anteriores (sólo inmobiliarias o sólo financieras). 
La componente política tampoco es negable. George W. Bush reconoció que sabía de lo que se venía porque se lo anticiparon sus asesores económicos, pero no actuó. Por lo que fuese. Probablemente porque venía la campaña electoral y sólo al final tuvo que reconocerlo porque ya hubiese sido un escándalo negar lo evidente. No sé si el gobierno español lo sabía. En cualquier hipótesis, mal. Si no lo sabía, porque indica incompetencia. Y si lo sabía, porque indica politiquería anteponiendo los intereses electorales al afrontamiento de los problemas. Las recientes peleas entre republicanos y demócratas en el Congreso y el Senado estadounidenses (algo parecidas a las que aquí se sufren ente PP y PSOE) son también un excelente ejemplo de politiquerismo cuando, a decir de observadores menos partidistas, todos se están quedando cortos. También en los Estados Unidos. Y por política.
Y, no por arrimar el ascua a mi sardina, hay un componente social: "los de arriba" sintieron la "hybris", la arrogancia y la osadía, y creyeron que estaban "más allá del bien y del mal" y obraron en consecuencia adjudicándose, en un bello ejercicio del "reparto del león", las mejores tajadas cuando no las únicas, y trabajando sistemáticamente, con la ayuda de los gobiernos, para des-sindicalizar a "los de abajo", para lo cual los sindicatos realmente existentes fueron una gran ayuda. Si "los de abajo" no tienen forma de defenderse y se les trasmite el fatalismo de que ése es su sino, la distancia entre "los de arriba" y "los de abajo" crece desmesuradamente y, como sucede con un resorte cuyos extremos se separan incesantemente, pone en peligro su existencia misma.
Mientras cada especialista super-especializado proponga las recetas que se derivan de su propia miopía, poco se podrá hacer. No tengo respuestas, pero sé que las que oigo y veo no acaban de afrontar el problema en sus muchos matices. Y, de nuevo, lo leo en gente de mucha más solvencia que la mía. Y eso me inquieta.
Las reacciones sociales son comprensibles, aunque yo no sea capaz de determinar en qué porcentaje se van a producir. Por un lado, los que están en medio, van a ver cómo aumentan sus temores de caer abajo y van a ver crecer sus temores ante los de abajo que pueden pasar a la delincuencia. Así que las ofertas políticas de "ley y orden" van a tener su público. Los que han sido lanzados a la ausencia de ingresos (esos 900.000 que dicen que hay en España), al margen de los que se busquen la vida como puedan, no creo que planteen alternativas políticas de cambio de sistema: bastante tienen con sobrevivir, aunque sí es posible que la frustración que les genera su estado precario les lleva a la agresividad y esta agresividad se concentre en los "extranjeros", los "inmigrantes" o las "razas inferiores". Nada nuevo en este campo: ya pasó en Europa hace 80 años. Los políticos intentarán pescar en este río revuelto haciendo ver lo despreciables que son sus contrarios y presentándose como los auténticos representantes de los que tienen problemas y votan (los que tengan problemas y no voten, no existirán a no ser que los de en medio se muestren inquietos por la reducción de seguridad). Y "los de arriba" seguirán básicamente arriba, inasequibles al desaliento. 
¿De dónde pueden venir las mayores demandas de cambio del sistema? Probablemente de sectores con suficiente seguridad como para pensar en los demás y hablar en su nombre. Claro que, también aquí, habrá diferencias entre los que son capaces de proponer metas alcanzables por medios asequibles y los que seguirán creyendo que hay que ser realistas y pedir lo imposible sin saber cómo conseguirlo o lo utilizan para su pripia escalada social. La declaración de la Asamblea de Movimientos Sociales en el Foro de Belém de Pará es un buen ejemplo de ese "realismo". 
La inquietud, pues, es básicamente de clase media, la mía al fin y al cabo. "Los de abajo" no están inquietos: están mal. Y "los de arriba" van a dejar de tener mil millones y sólo tendrán 700. Pobres.

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