jueves, 12 de febrero de 2009

Antilíder

Las personas producimos atracción y repulsión. Unos más de una que de otra, pero nadie es objeto sólo de atracción o sólo de repulsión. Los líderes políticos no son, a este respecto, excepcionales.
Un viejo sociólogo-economista, Max Weber, hablaba de las tres formas de autoridad: tradicional, carismática y burocrática (legal-racional). Sin embargo, vengo observando fenómenos de rechazo de los líderes, repulsión ante los mismos.
Es posible que conozca a alguien que ha votado a Berlusconi. Lo que sí tengo claro es que no conozco a nadie que me lo haya reconocido y sí a muchos italianos que han mostrado su repulsión más visceral ante il Cavaliere. No voy a discutir sus razones.
En España sucedía con Aznar. Sin duda había (y hay) gente que lo adoraba y le adora. Pero también había gente a la que producía un rechazo casi físico, de desagrado, de repulsión. Ahora le está tocando el turno a Rodríguez Zapatero: lo que escucho en algunas tertulias radiofónicas nocturnas es, desde una perspectiva diferente a la del anti-aznarismo, muy parecido al mismo. Es gente que, en lugar de aportar información y claves de interpretación de lo que está sucediendo (que es lo que uno esperaría de estos "expertos" nocturnos y diurnos) se dedican a llamar "indigente intelectual", "mentiroso", "repugnante" al personaje, las más de las veces con argumentos discutibles, pero que se ve que no es cuestión de argumentación racional sino de visceralidad y sensibilidad. Simplemente, sólo de verle ya sienten asco de sus cejas, sus gestos, su tono, su lenguaje corporal (el que le enseñan sus asesores, dicen estos tertulianos), todo.
No sé qué significa exactamente esta epidemia de antilíderes (ya comenté en su día que el segundo Bush había sido el segundo presidente menos valorado en la historia de valoraciones de presidentes estadounidenses). Cierto que los hay muy valorados, y también aquí reproduzco las encuestas que recoge Consulta Mitofsky en México o Consulta Cedatos en el Ecuador y que muestran las fuertes valoraciones positivas de Chávez, Correa o Uribe (nada que ver con su respectivo "talante" ni con su ideología en el caso de que la tengan).


A efectos comparativos, ahí van las popularidades de algunos europeos (obsérvese que Berlusconi queda mejor que Rodríguez Zapatero).



¿Son excepcionales los carismáticos o los antilíderes? En España, la norma es la del antilíder por más que los hinchas de un partido se dediquen a subrayar el desagrado que les produce el contrario sin darse cuenta de que el propio también lo produce en los contrarios. Pero no sé cómo está evolucionando esa categoría en el mundo. El porcentaje de aprobación que acabo de reproducir, no me sirve. 
Lo malo es que, desde mi punto de vista personal e intransferible, unos y otros no son buenos para la democracia, donde una autoridad legal-racional (aburrida incluso, burocrática, gestora de los impuestos que lo hace como un contable) es preferible a estos caudillos o a estos anti-caudillos. Porque el problema de los caudillos es que generan rechazo entre sus contrarios (la de cosas que he escuchado sobre Chávez en boca de los anti-chavistas o contra Uribe en boca de los anti-uribistas). Pero a nadie se le ocurriría decir que Rodríguez Zapatero o Rajoy soy un claro ejemplo de caudillismo. Ni siquiera Aznar y sus delirios de grandeza (vaya sarta de invitados "de calidad" que tuvo en la boda de su hija en El Escorial).
Puestos a preferir, prefiero esta actitud iconoclasta a la idólatra. Pero mucho más preferiría una actitud racional, que evaluara fríamente la relación entre medios (los políticos de ambos sexos) y los fines (las políticas, es decir, las decisiones). Pero eso no se da ni con los carismáticos ni con los desagradables, más dispuestos al fascismo, como se preocupa un ministro inglés estos días.

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