sábado, 13 de diciembre de 2008

Lo sabían

Y ahora lo sabemos los demás. Los ejecutivos de Fannie y Freddie, las dos empresas de reaseguros nacionalizadas "temporalmente" en los Estados Unidos para evitar, dicen, males mayores, sabían que lo que tenían entre manos incluía abundantes hipotecas "subprime", es decir, con alto riesgo de ser fallidas e hicieron oídos sordos a los avisos que recibieron al respecto. Y sabemos que la presión del corto plazo, del negocio que hay que hacer ya, les llevó a no tomar decisiones sobre el asunto, decisiones que nos habrían evitado más de un dolor de cabeza en términos personales y, mucho más, en términos colectivos, no sólo en los Estados Unidos sino en los países uncidos a su carro, que son la mayoría. O, si se prefiere, les llevó a tomar las decisiones correctas según las reglas del juego del corto plazo, pero incorrectas a medio plazo como el tiempo se ha ocupado en demostrar.
La presión de la competencia jugó un mal papel en todo esto. Sin duda que la competencia, en muchos casos, es mejor que el monopolio. Pero el caso demuestra que la competencia puede cegar a los mortales para que los siglos venideros tengan algo que contar, como ha sucedido.
Mala cosa es hacer un dios de la competencia y la competitividad, como lo sería hacerlo de la planificación central de toda una sociedad. Mejor hacer análisis concretos de situaciones concretas y ver qué dan de sí en cada hipótesis. Apostar ciegamente por uno o por otro es idolatría. Pero de la de Ockham: los "idola" que nos impiden ver cómo son las cosas realmente.

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