miércoles, 24 de diciembre de 2008

Cuento de Navidad

Quedé con Asier, a quien no veía desde hacía 40 años, en el bilbaíno hotel Ercilla. Allí donde otras veces había quedado con personas que tenían que venir con guardaespaldas, ahora quedaba con este viejo conocido, causante, en parte, de aquellos guardaespaldas, metido hasta el cuello en el movimiento independentista y mucho más de lo que yo hubiera imaginado. Me llamó para decirme que le esperara en el “hall” del hotel a las 10 de la mañana y allí estaba yo, puntual como siempre. Asier no estaba y al poco rato de recepción me dijeron que tenía una llamada: era alguien que me hablaba en su nombre para decirme que me estaba esperando camino del Guggenheim y allí me encontró.    
No pretendía juzgar su comportamiento de apoyo a la actividad terrorista ni, mucho menos, sus ideas independentistas. Aunque no comparto ni sus fines ni los medios que aplican, mi propósito no era emitir un juicio sobre lo equivocado de tales fines (legítimos, por más que no los comparta) ni sobre lo errado de creer que tales medios podía llevar a tales fines. Lo que yo quería era entender qué tipo de razonamiento había detrás de lo que tanta gente rechaza, pero que sigue teniendo apoyo real en el País Vasco, guste o no guste reconocerlo. Así que dedicamos toda la mañana a reanudar una conversación abandonada tantos años atrás cuando él y yo compartíamos andaduras bien diversas de las actuales que son ahora diferentes hasta en lo profesional: él es un técnico muy técnico y yo, bueno, yo hago lo que puedo.   
Venía irritado por tantas leyes “ad hoc” y decía que se sentían acosados por los sucesivos intentos de ilegalizar su manera de pensar mediante leyes a las que sólo faltaba el nombre y el apellido del destinatario o destinatarios. No era una forma, decía, muy democrática de ejercer el “imperio de la ley” y era una práctica que había alcanzado su punto álgido con la llamada “Ley de Partidos” y que ahora se repetía contra ANV. Le dije que estaba de acuerdo, pero que el problema no era ese sino el de la violencia (sabe muy bien que tengo un rechazo casi visceral a la violencia venga de donde venga). “No se puede hacer tortilla sin romper huevos”. Por lo que me decía, la acción (lo que los demás llamaríamos atentado o asesinato) era necesaria porque no tenían otro medio de expresar su opción política y menos si se sucedían las leyes contra dicha expresión política y no necesariamente violenta. No podía aceptar que la mera “pertenencia a banda armada” (lo llamaba citando la ley, aunque no fuese su vocabulario preferido) fuese delito. También le dije que el asesinato era delito, que ése si que lo rechazaba por mi parte y que yo tampoco veía razonable castigar dicha pertenencia e incluso llevar a la cárcel a la muchacha que dio cobijo a un etarra que había cometido un atentado pero sí al que lo cometía. Pero él insistió en que no les quedaba otro camino que la violencia.   
Fuimos dándole vueltas al asunto y fue emergiendo una idea bastante clara de su mundo: en primer lugar, Euskal Herria es una nación y, como tal, tiene derechos inalienables desde tiempo inmemorial. Yo pensé que eso es lo que piensan los españolistas sobre España, pero no lo dije. En segundo lugar, que existe un Estado opresor, el español, que ha conseguido alienar a una parte importante de la nación vasca de forma que ha dejado a los auténticos defensores de la misma sin otra opción que la violencia para que tomen conciencia de la situación en la que se encuentran. Porque, y este es el punto más importante, ellos son los verdaderos representantes de su nación frente a los invasores y ocupantes y son ellos los que tienen derecho a hablar en nombre de la nación porque son ellos los que conocen la esencia de la misma. Nada dije de su opresión a los que no piensan como ellos, porque no se trataba de discutir sino de entender. Sus diferencias con el PNV no eran de objetivos (el objetivo de cualquier nacionalista es el mismo) sino de medios y plazos, razón por la que, a diferencia de algunos españolistas que subrayan las semejanzas, Asier subrayaba las diferencias.   
Recordé un trabajo que leí hace años sobre cómo acaban los movimientos que practican el terrorismo. Asier, más o menos de mi edad y con pocas ganas de hacerse el héroe, iba viendo que las nuevas generaciones estaban introduciendo cambios profundos en los objetivos y en las estrategias y que ya no tenía sentido mantener una lucha con unos medios que no sólo no llevaban al fin sino que lo imposibilitaban. A pesar del acercamiento inicial de EA a Batasuna, Asier acababa adoptando las posturas del PNV, incluyendo el rechazo a la violencia. Dejarían las armas definitivamente y negociarían con el gobierno las condiciones para la reinserción de los que no tuviesen delitos de sangre (esos sí punibles) y para que se suavizasen las penas de estos permitiendo un acercamiento de los presos al País Vasco, alejados de forma harto discutible. El posible triunfo del PSE en las próximas elecciones vascas paradójicamente les podría favorecer en su trato con Madrid y Ajuria Enea pues el PNV tendría que recomponerse y avanzar después del repliegue de la derrota.   
Aquella noche, después de clase, me fui de chiquiteo por Bilbao con colegas y amigos. En un aparte Irantzu me dijo, sonriendo y con intención, que sabía que me había visto con Asier. Estaba en el asunto. Le sonreí y me dio un beso de paz.   
Y este es mi cuento, mi canción de Navidad, mi “A Christmas carol” a lo Dickens aunque no estén ni Scrooge ni Marley. Feliz Nochebuena.

(Publicado hoy en el periódico Información - Alicante -)

No hay comentarios:

Publicar un comentario