martes, 11 de noviembre de 2008

El principio del fin

(Transcribo lo que publiqué en AlterZoom en enero de este año)

Like Rome and Britain and the USSR before us, we face a choice: empire or republic? We can police the streets of Baghdad, patrol the seas, guard the borders of Korea and Bosnia, build a new generation of more deadly nuclear and space weaponry, or we can invest here at home in areas vital to our social and economic health. We can be the globocop or the city on the hill - but we can't be both. 
Jesse Jackson

Ha tenido diversos nombres: crisis bursátil, terremoto, explosión de la burbuja inmobiliaria o de la burbuja crediticia, crisis económica. En mi opinión, marca, simbólicamente, el principio del fin de la hegemonía de los Estados Unidos. Por supuesto que esta afirmación es especulativa: puede que no trate de tal fin y que, de darse, sea dentro de más tiempo. Pero no es inverosímil la afirmación, por muy especulativa que sea. En cualquier caso, supone que dos millones de estadounidenses podrían perder las casas en que viven al no poder pagar los extraños préstamos a los que se comprometieron o supondría que el gobierno estadounidense iba a intervenir de forma bien poco liberal (liberal en el sentido europeo, no en el estadounidense donde significa "progresista").

Sea o no sea especulativo, lo que sabemos es que en los Estados Unidos habían caído los beneficios de las empresas (falta de competitividad, problemas con la productividad) y había aumentado su deuda. El The Economist, nada sospechoso, lo había advertido en septiembre de 2006 ("The dark side of debt"). La balanza comercial en bienes había comenzado a ser negativa desde mitad de los años 70, pero su aceleración, después de una breve contención a finales de los 80, había comenzado con los años 90. La balanza comercial venía dando números rojos crecientes prácticamente cada trimestre.

Por otro lado, cayeron los salarios de una mano de obra des-sindicalizada y aumentó la deuda de los asalariados relacionada también con los recortes de las ayudas estatales y de la cobertura de seguridad social y sanitaria. En 2002 el total de la deuda de los hogares se igualó a la renta disponible. A partir de ahí, la deuda fue superior a la renta disponible.

Finalmente, aumentaron los gastos del Estado sin que aumentaran los ingresos, y aumentó la deuda. Los gastos, en un capítulo importante, se fueron en guerras y en pagos a "contractors" civiles. Los ingresos, menguantes, lo fueron por los recortes fiscales que la administración Bush añadió a los de sus antecesores y que afectaron de manera significativa y muy beneficiosamente a los más ricos. Deuda, pues, por todos lados. Si la Renta Nacional, en 2006, era de 10 billones de dólares, el total de las deudas (empresariales, familiares, públicas) alcanzaba la suma de 48 billones de dólares y sólo la deuda externa de los Estados Unidos suponía una cuarta parte del total de la deuda externa de todo el mundo

¿Qué respuesta, en parte semejante a la española, se podía esperar? Aplicar las reglas del juego del capitalismo: la acumulación incesante del capital por cualquier medio y teniendo como horizonte temporal el corto plazo. En la práctica, supuso buscar los beneficios a través de las deudas: inventar nuevos productos, hipotecas "subprime", "hedge funds", "quantitative hedge funds" ("quant funds"), mercado de futuros, siempre en la curiosa hipótesis de que las burbujas no revienten y que las deudas puedan crecer indefinidamente.

La inmobiliaria no fue una excepción. Ya desde 2001 el total de los préstamos para viviendas superaban al total de los ingresos de las personas y los precios medios de las casas habían estado creciendo desde 1992. Que se trataba de una burbuja, no tendría que haber sido negado por nadie (materiales de 2006 y principios de 2007 en http://housing-bubble.com/) excepto por los que conseguían beneficios a corto plazo. Explotando o con un aterrizaje suave, como ya sucedió en el Japón en su día, los Bancos pillados con el paso cambiado han tenido que declarar pérdidas o incluso ir a la bancarrota. No estará de más recordar que antes de que explotara la burbuja inmobiliaria en el Japón, el país tenía a más de cinco bancos entre los primeros del mundo en cuanto a captación de recursos. Hoy sólo le queda uno. La razón es sencilla: si debes un millón, estás perdido; si debes cien millones, el que está perdido es el Banco.

El asunto ha comenzado por lo inmobiliario pero podría haber comenzado por muchos otros sitios. Era algo tan, tan evidente que hasta los legos en la materia lo veíamos. No digamos los realmente expertos. Y digo "realmente", porque ha habido y hay "expertos" que se especializan en decir lo que sus amos quieren oír y lo hacen en función de ingresos. Hay que incluir en este campo a las sospechosas agencias de calificación del tipo Moody o S&P que tan alegremente califican a países y tan erróneamente actuaron en la crisis de agosto de 2007. Los que lo veían venir y lo decían era acusados de Casandras, de dedicarse a las jeremiadas o de ser los "sospechosos habituales" de anticapitalismo, que algunos llamarán de antiliberalismo, cuando no sospechosos de algo peor: de comunismo.

Tengo abierta una carpeta en la que he ido guardando los diferentes diagnósticos que se han hecho de ese terremoto que, para algunos, empezó en febrero-marzo de 2007 y para otros sólo en agosto con las caídas de las Bolsas. De nuevo, es la diferencia entre el geólogo que sabe cómo funcionan las capas tectónicas y el lector de periódicos que se queda conmovido por su contemporáneo terremoto del Perú. Lo importante para los afectados es, sin duda, el dicho terremoto. Pero lo realmente importante es lo que hay detrás. Y ¿qué hay detrás del terremoto de las Bolsas? No es complicado responder cuando, como yo, no se sabe mucho.

Lo primero que aparece es el capitalismo, la búsqueda continua del beneficio sin límites temporales, físicos (medioambientales) o morales ("todo vale"). Como sistema ha dominado el mundo, eso sí, con pequeñas variantes llamadas liberalismo, socialdemocracia, fascismo, comunismo -sí, comunismo también: estaban y están totalmente inmersos en el sistema aunque su política sea algo diferente- y hasta bolivarismo si me apuran. No es un argumento para ponerse pesimista, sino el mejor argumento para pensar que se va a superar la crisis. Este capitalismo, el sistema que más ha durado en la historia de la humanidad, lo ha hecho gracias a su enorme capacidad para adaptarse a las circunstancias: ¿Los obreros se organizaban como para ponerlo en dificultades? Se inventaba el Estado de Bienestar ¿Que seguían dale que te pego luchando por defender sus intereses? Pues se recurría al fascismo. ¿Que tampoco funcionaba? Pues a montar el neocolonialismo y a repartir la rapiña. Las intervenciones, bien poco librecambistas, de los Bancos Centrales y del denostado en otras ocasiones "Papá Estado" son una forma de saltarse todas las reglas con tal de mantener un sistema de "libre mercado" pero intervenido y protegido por el dinero público. No en vano, algunos comentaristas han subrayado el hecho del evidente "socialismo de Estado" practicado a favor de Bancos y corredurías mientras se seguía predicando para "los de abajo" el "menos Estado, más mercado" aunque cada vez con la boca más chica.

En contra de algunos de mis respetados colegas que piensan que el sistema llega a su fin, soy de los que creen que saldrá de ésta como salió de peores. De crisis en crisis, que es su estado normal, con la salvedad de que el medio ambiente, destrozado por el capitalismo, sí puede terminar con el capitalismo aunque no sea más que con esos dos grados centígrados adicionales en el calentamiento global. Y puede terminar con la especie humana si el cambio climático significa lo que parece significar: un punto de no retorno en la capacidad del Planeta para adaptarse a las agresiones que ha venido sufriendo por ese cáncer que ha sido la especie humana y no sólo en su versión capitalista, que la agresión ya venía de antes.

James Petras, más ortodoxo, añade que para cambiar de sistema hacen falta grupos sociales (clases sociales dice él) que lleven adelante dicho cambio que difícilmente se produce de manera automática o mecánica. Dichos grupos sociales todavía no se vislumbran a escala mundial y, en cambio, sí son notables los grupos sociales (clases se puede decir) que, a escala mundial, trabajan por el mantenimiento de estas concretas reglas del juego: la cosmocracia.

Lo segundo que aparece en esta crisis (que no creo terminal, insisto, excepto en lo medioambiental) es que un país, los Estados Unidos, ha sometido al mundo a los intereses de las élites que lo controlan y dominan y que lo hacen según esa lógica del beneficio a corto plazo. Tampoco esto es una novedad. Lo hicieron desde otros países en estos últimos 500 años en que tenemos sucesivas potencias hegemónicas, militaristas, agresivas, invasoras y egoístas. Lo fue España y lo fue Inglaterra. Y lo habían sido las élites de los pequeños sistemas (ninguno mundial) que le antecedió: Grecia, ciertamente; Roma, sin duda; pero también los incas o los mayas o los aztecas. Poco hay de nuevo con esta nueva situación en la que una clase dominante local tiene el proyecto de convertirse en global, haciendo bueno el dicho de "pensar localmente y actuar globalmente". Pero, como sucedió con las otras, esta hegemonía se ha pasado de rosca y ha ido demasiado lejos en sus saqueos. Si se cae (y todo parece indicar que esta vez sí se cae, aunque se produzca el síndrome del "que viene el lobo"), puede arrastrar al sistema consigo o, simplemente, puede dar paso a una nueva potencia hegemónica o llevar a un mundo regionalizado. Ésta última sería la opción menos mala: el comercio de la Unión Europea es básicamente interior. Cierto que necesitan materias primas y energía que venga de fuera, pero se puede arreglar.

La élite estadounidense es consciente de la posibilidad de pérdida de la hegemonía. De hecho, el proyecto neoconservador lleva del título de "Project for a New American Century". Es decir, saben que el siglo XX fue el siglo "americano" (es decir, estadounidense) y lo que quieren es conseguir que el XXI también lo sea. Si lo van a conseguir o no, se verá en un tiempo relativamente corto: un cuarto de siglo a decir de casi todos los que han pensado sobre el asunto.

Siendo, con mucho, la primera potencia militar del mundo, tiene, por usar la frase bíblica que da título a un libro de Luis de Sebastián, los pies de barro: la economía. Demasiadas deudas y, además, algunas de las cuales han sido contraídas con los que podrían querer sustituirles en la hegemonía mundial: las élites chinas. La mitad de los bonos del Tesoro estadounidense están en manos del Japón y de la China, y la China ya ha anunciado la posibilidad de lo que su gobierno ha llamado la "opción nuclear", es decir, la venta masiva de dichos bonos, hundiendo la enorme y débil economía estadounidense. A la contra está el hecho de que muchas empresas "chinas" son, en realidad, empresas estadounidenses deslocalizadas: las élites empresariales estadounidenses podrán predicar el nacionalismo, pero con certeza no lo practican ya que lo que les preocupa es el beneficio propio, caiga o no caigan los Estados Unidos. Y está el hecho de que la balanza comercial de los Estados Unidos con la China es particularmente deficitaria con lo que no parece que esté en los intereses "económicos" de las élites chinas perder 275.000 millones de exportaciones a los Estados Unidos que es lo que parece ha sido la cifra en 2006. Pero podría interesarles "geopolíticamente" si la Organización de Cooperación de Shangai (con Rusia y, posiblemente, con Irán) se convierte en una alternativa importante.

El dólar podría ser también su debilidad. Hasta ahora, ha podido evitar la inflación que supone la más que probable impresión excesiva de moneda para atender sus deudas, que es lo que parece han estado haciendo. Lo ha hecho teniendo al dólar como moneda para las reservas de divisas de los distintos países y para el comercio internacional en general y para el del petróleo en particular. Aquí la alternativa es el euro y son patentes los menguantes porcentajes que supone en dólar en las reservas de divisas mundiales. Aunque sigue siendo la moneda mayoritaria, podría estar a punto de dejar de serlo. Hay, además, otras opciones: La ACU (Unidad de Cuenta Asiática, algo parecido a lo que, en su momento, fue el ECU europeo) cuyo soporte supone el 22 % del PIB mundial y los intentos por parte del Consejo de Cooperación del Golfo de tener su propia unidad de cuenta. Lo del petróleo es todavía más sugerente. Sadam Husein había intentado, en noviembre de 2000, que las transacciones petroleras de Iraq no se hiciesen en dólares sino en euros. Por su parte, a partir del 13 de julio de 2007, Irán ha obligado a Japón a pagar sus compras de petróleo en yenes y ya no más en dólares. Y Venezuela e Irán intentaron que la reunión de la OPEP de otoño de 2007 decidiera abandonar el dólar. No lo consiguieron: los países fuertemente democráticos como Arabia Saudiata, Kuwait y los Emiratos no lo consintieron: son aliados de los Estados Unidos.

Hasta tal punto es esto serio que se ha llegado a decir que las aventuras guerreras de los gobiernos del segundo Bush en países petroleros tenían, entre sus fines, el de conseguir una nueva alza en el precio con lo que la demanda de dólares aumentaría, con el beneficio consiguiente para el establishment monetario estadounidense.

La lógica subyacente parece ser ésta: suponiendo que las monedas circulantes deben, de alguna manera, responder a las transacciones económicas de su ámbito de actuación, un país "normal" no puede imprimir moneda mucho más allá de lo que su economía le permite so pena de inflación o hiperinflación. Pero los Estados Unidos no son un país normal y, como se ha dicho, tienen unas "transacciones económicas" que van mucho más allá de sus fronteras, incluyendo países totalmente dolarizados (como el Ecuador) o parcialmente dolarizados (como casi toda América Latina). La demanda de dólares es suficientemente alta como para que la Reserva Federal (el Banco Central estadounidense)  pueda estar tranquila a este respecto, además de la autocompra que realiza a través de paraísos fiscales. Pero, como se ha dicho, las cosas podrían estar cambiando y el dólar podría venirse abajo si la confianza en el mismo disminuye todavía más. Incluso podría venirse abajo rápida y estrepitosamente.

El elemento comunicativo en estos asuntos es fácil de resumir: se trata de no hablar de ellos o de hacer que se mire hacia otro lado o, simplemente, negarlos para impedir que la gente se acabe dando cuenta de que el rey está desnudo. Cuando se reconozca ya será, realmente, el fin.

Los excesos militaristas, la desigualdad interna, la mala gestión política y los desajustes de la propia economía acabaron con las anteriores hegemonías en el sistema mundial. Tal vez haya llegado el momento de que esta hegemonía a la que, con poca precisión, se ha ido llamando en esta serie "imperio", toque también a su fin. Puede sustituirle la China (antes se pensó en el Japón, nunca en la Unión Europea) o el mundo se puede regionalizar (UE, ALCA o sus subdivisiones, SAARC, APEC, ASEAN, OCS, Liga Árabe) o se hace "heptapolar" (la Tríada -USA, UE, Japón- más los BRIC -Brasil, Rusia, India, China-) o el mundo entra en una fase de cambio muy profundo.

También puede ser que no quede potencia hegemónica de repuesto ya que todo se venga abajo por causa del medioambiente que, en la venganza de Gaia, no termina con el imperio, ni con el sistema mundial sino con la especie humana gracias a la colaboración entusiasta, por este orden y no por el inverso, de empresas y gobiernos tanto del Norte como del Sur, con algunas honrosas excepciones, y de los consumidores, fundamentalmente del Norte, pero sin excluir a las élites igualmente depredadoras del Sur. El Planeta puede reaccionar, como un ser vivo, ante los cambios de su ambiente: suda si hace calor y tiembla si hace frío. Pero hay temperaturas demasiado altas o demasiado bajas que ya no permiten ninguna reacción. El Planeta podría estar en una de esas tesituras. No es el fin de la vida en el Planeta, sino el fin del cáncer que, para éste, ha sido la especie humana.

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