sábado, 15 de noviembre de 2008

Crisis económica y de seguridad

Me llegan con pocas horas de diferencia una noticia de periódico (Washington Post)  y un informe de Paul Rogers del Oxford Research Group que coinciden en un punto: el actual crisis económica puede tener efectos demoledores sobre el nivel de violencia en el mundo.
La lógica es aplastante. En la medida en que la crisis bancaria de los países centrales gotea sobre los periféricos, las condiciones para que aumente el nivel de violencia crecen. No necesariamente, pero sí en términos de probabilidad. El goteo, incluso para los países que se creen más seguros porque no tienen remesas de emigrantes ni petróleo estatal cuyo precio se haya hundido, puede venir por los bancos extranjeros que operan en el país y por las multinacionales que pueden también despedir efectivos, sobre todo en países de débil tradición sindical defensiva. La contracción del consumo en los países centrales también puede afectar a las exportaciones de los países periféricos. 
El resultado es doble: aumenta la pobreza y crece la desigualdad. Insisto en que son dos cosas con lógicas diferentes: la pobreza es la insatisfacción de necesidades básicas y la desigualdad es la distancia en poder, privilegio y acceso a los bienes entre grupos sociales. Puede aumentar la desigualdad y no aumentar la pobreza porque todo el país aumenta sus niveles de satisfacción de necesidades básicas aunque algunos van más deprisa que otros. Pero también puede suceder lo contrario: que se reduzca la desigualdad (una revolución igualitarista, aunque hay pocas) y, sin embargo, por embargos, malas gestiones y caída de la ética del trabajo, aumente la pobreza. 
Pues bien, si la actual crisis económica de los países centrales (no "mundial", por tanto, ni en las causas ni en los pretendidos remedios por parte del G-20, 21 ó 22, táchese lo que no proceda), digamos que de los centrales y los emergentes (los que se reunen en Washington suponen más del 80 por ciento del PIB mundial), sigue goteando en los países periféricos, vamos a ver cómo se agravan las condiciones de estos. En general y en particular.
Desorden público, problemas fronterizos, caldo de cultivo para actividades terroristas (la primera National Security Strategy for the United States que firmó George W Bush reconocía que, aunque los pobres no sean los terroristas, la pobreza y los Estados frágiles son un caldo de cultivo ideal para que aparezca un determinado tipo de terrorismo). En general, se agravan los efectos de la consigna que primó hace unos años ("menos Estado, más mercado" o, también, "el Estado no es la solución, es el problema"). Menos Estado puede significar más mafias (que se lo digan a la Rusia de Yeltsin) o, en términos menos específicos, menor capacidad para ejercer el "uso legítimo de la violencia".
Hay más efectos, según los expertos -dentro y fuera de la CIA- consultados por el Washington Post. Uno es el de que se afianza el auge de la China o, si se quiere, de Asia como centro del sistema mundial, con la consiguiente decadencia de "Occidente", es decir, de los Estados Unidos y los que le bailan el agua. Y ahí es donde me salta la duda sobre los expertos. 

Partiendo del supuesto de que las noticias oficiales nunca son inocentes y de que, por tanto, conviene preguntarse por las intenciones de quien las suelta, no tengo argumentos para dudar de Paul Rogers y más leyendo todo el informe y las propuestas que hace al final del mismo. Será cuestión de confianza, pero de Rogers me fío desde hace años. Pero sí hay motivos para dudar de los expertos de los que desconfío casi visceralmente: temen los recortes en Defensa por parte del gobierno que pueda llegar con Obama el 20 de enero y ya avanzan argumento tras argumento para que no sólo no se reduzca sino para que se aumente el dinero que ha hecho de los Estados Unidos el primer presupuesto militar del mundo (la mitad de todo el presupuesto militar mundial). El militarismo propio de civiles (creer que la solución militar está al alcance de la mano para casi cualquier problema mundial) es rampante, con cierto horror por parte de los militares profesionales que saben de su oficio y no siempre tienen que ver con la industria armamentística, asunto en el que los militaristas civiles suelen tener intereses creados. Si uno ya duda de la ética empresarial  general (no de que se puedan hacer códigos, sino de que se practique), ni te cuento lo que dudo de la ética empresarial de los capos de las empresas (privadas o públicas, tanto da). El posible escándalo de Blackwater haciendo contrabando de armas hacia Iraq es un buen ejemplo de "pecadillo". En cualquier caso, siempre podrán decir, con argumentos "científicos" que lo avalen, que las crisis de esta envergadura se han solucionado, históricamente, con una guerra (como si ahora no hubiese ninguna guerra) y que el sector del armamento puede ejercer de locomotora para la recuperación. Extraño tipo de keynesianos que haría volver a la tumba rápidamente al mismísimo Keynes si levantara la cabeza.
(Para evitar otros pecadillos, el autor del dibujo es David G. Klein en The New York Times)

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