miércoles, 5 de noviembre de 2008

A buenas horas, mangas verdes

Algunos de los casos que siguen pertenecen al síndrome de “a buenas horas, mangas verdes”. Son ejemplos de personajes que han dicho cosas interesantes (y que, probablemente, deberían haber sido tenidas en cuenta), pero que tal vez hubiese sido mucho más interesante que las hubiesen puesto en práctica cuando pudieron hacerlo.

El primer caso es el del general Dwight Eisenhower (“Ike”) en su discurso de despedida como presidente de los Estados Unidos, es decir, de alguien que sabía de qué hablaba cuando denunció que un “complejo militar-industrial” tomaba decisiones por encima de los intereses del país. Parece que sigue existiendo (y no sólo en los Estados Unidos: ciertamente existió en la Unión Soviética), pero parece igualmente cierto que no se ha hecho nada por reducir el peso que tiene en decisiones muy importantes que no sólo afectan a los Estados Unidos y sus contribuyentes, sino a amplias poblaciones del Planeta. En todo caso, no hubiera estado de más que el general-presidente hubiese hecho algo como tal para subsanarlo cuando pudo hacerlo.

El segundo caso es el de Michel Camdessus,  que fue director gerente del Fondo Monetario Internacional, que ya renegaba,  en 1997  y en un discurso en Hong Kong anterior a la "crisis asiática",  de los males de la propuesta de “Estado mínimo” que había hecho la institución que dirigía. Después lo remacharía con su discurso de despedida del cargo en 2000. A buenas horas. Mejor le hubiese ido al sistema que defienden si le hubiesen hecho caso y no se hubiesen esperado a una crisis que ahora resulta ser “mundial” porque afecta a los países centrales (como la II Guerra Mundial en la que participó Eisenhower fue mundial, es decir, muy poco: sólo afectó a países centrales).

El tercer caso es el de Jeffrey Sachs, autor de las terapias de choque del dicho Fondo Monetario que destrozaron a Bolivia, Polonia y Rusia, y que después se ha convertido en el gran defensor de los Objetivos del Milenio en general y del objetivo de reducir la pobreza en 2015 a la mitad del porcentaje que tenía en 1990 ó 1995 (que las fechas bailan). Es un objetivo muy, pero que muy modesto y que, encima, no parece que se vaya a alcanzar en numerosas partes del Planeta, pero tal vez si no hubiese habido terapias de choque que produjeron pobreza, no habría sido necesario plantearse objetivos como éste. A buena hora los defiende. Mejor les hubiese ido a los bolivianos  si no hubiese diseñado aquellas políticas cuando trabajaba para el Fondo. “El señor don Juan de Robles, / de caridad sin igual, / hizo este santo hospital, / pero antes hizo a los pobres”.

El cuarto caso es más discutible: el del premio Nobel en Economía Joseph Stiglitz, asesor económico de Bill Clinton y alto funcionario del Banco Mundial, ahora defensor a ultranza de políticas económicas que van mucho más allá de los “salvatajes” cosméticos que ocultan un hecho que ahora percibe con claridad: una parte importante de la crisis consiste en que una parte igualmente importante de los fondos de los Bancos se ha “evaporado”. Era dinero ficticio, sin relación con la economía real y ha “desaparecido”. ¿No pudo hacer nada bajo Clinton y desde el Banco Mundial? Que ahora critique al FMI no está mal y hay que tenerlo en cuenta, pero algo de crítica a Clinton y al Banco en otros tiempos no hubiera venido mal.

El quinto es otro premio Nobel, en este caso de la paz: Al Gore, defensor del medio ambiente y de la paz antes de ser vicepresidente con Bill Clinton y después de serlo, pero cuyas prácticas mientras fue vicepresidente dejan bastante que desear: una parte importante del problema con Al Qaeda que llevaría al 11-S se origina en aquellos bombardeos indiscriminados como venganza que generaron sentimientos igualmente vengativos. Y su defensa del medio ambiente no se produjo mientras fue vicepresidente entonces. No hubiera estado de más que las conferencias que da ahora las hubiese dado como vicepresidente y no lo hizo. De cualquier forma, no hubiera estado mal haberle hecho caso entonces, antes de que fuese ejecutivo del gobierno de los Estados Unidos. La crisis actual habría sido mucho menos severa. Me refiero a la medioambiental, crisis que, dada la dificultad que tenemos para la multitarea, ha sido archivada junto a la “guerra contra el terror” hasta que escampe, si es que escampa, la “única” crisis que hay ahora.

El último es Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal desde 1987 a 2006, que ahora reconoce haber cometido un error tanto al confiar en la capacidad autoreguladora de los mercados como al oponerse a la regulación por parte del poder político. Lo dijo hace un par de semanas ante el  Committee of Government Oversight and Reform del Congreso de los Estados Unidos. Quién te ha visto y quién te ve. Y vaya errorcito intrascendente...

La estupidez humana no consiste en no ver las cosas. Mis seis personajes en busca de un autor las vieron y las publicaron y ninguno de ellos es un mindundi ni intelectual ni políticamente hablando. ¿Por qué no las pusieron en práctica o hicieron lo contrario de lo que después vieron como evidente y así lo dijeron? Porque la acción no se deriva sólo de un correcto diagnóstico, sino de los intereses (incluidos los personales) que entran en juego cuando se pasa al tratamiento o terapia. Con una excepción probablemente: la de Eisenhower, que, simplemente, no pudo hacer nada por pura impotencia. Lo digo para quitarle importancia a quién sea el nuevo ocupante de la Casa Blanca. Y también porque veo repetido el esquema, a escala menor, en otras instancias políticas e institucionales.

(Publicado hoy en el periódico Información -Alicante-)

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