miércoles, 15 de octubre de 2008

La lengua del imperio

He aprovechado el avión y las conexiones en un corto viaje a Roma para leer el libro de Juan Luis Conde La lengua del imperio. La retórica del imperialismo en Roma y la globalización (Alcalá la Real, Alcalá Grupo Editorial, 2008). Ha sido todo un placer intelectual y aconsejo su lectura a todos aquellos que no tengan el vicio del "easy reading" de los "best-sellers" antes de salir a la venta (nunca he entendido que un libro pueda ser un "best-seller" antes de poder ser vendido, pero me temo que la industria editorial es una industria más y tiene sus trucos de márketing como cualquier otra). 
La lengua del imperio, en cuanto me llegó, me hizo pensar en aquella inmensa estupidez del régimen franquista imponiendo "la lengua del imperio", es decir, el español, que no el castellano, a todo aquel que tuviese una lengua materna diferente: "Hable usted la lengua del imperio". Los unificadores de Italia primero y los fascistas italianos después fueron bastante más inteligentes: nada de imponer una lengua políticamente, pero sí sugerir una lengua común socialmente de la que no era rentable quedar excluido so pena de marginación incluso económica. Pero a lo que íbamos.
El libro que ahora comento tiene un preludio algo duro de leer (el primer capítulo) para los que no sabemos mucho de historia de la vieja Roma. Pero vale la pena leerlo y la tabla cronológica que hay al final del libro ayuda a orientarse con Mitrídates, las guerras púnicas y todo aquel lío que llevó de una república a un imperio, de unas instituciones decentemente democráticas para los niveles del momento a una dictadura en manos de emperadores cada vez más locos.
Un breve paréntesis: en la vía de los Foros Imperiales hay una serie de mapas que muestran el origen y expansión del imperio romano. Si uno se fija (y se lo hice notar a mis acompañantes en esta última visita -al fin y al cabo, viví cuatro años en Roma, en el puritito centro, y algo me habré tenido que fijar a pesar de las dificultades de aquel momento-) se da cuenta de que la serie seguía y de que había un mapa más, que ha sido suprimido aunque el color de los ladrillos, más claro, hace notar que allí lo hubo y ya no lo hay: era el mapa del imperio fascista.
El libro podría ser uno más de los libros que los expertos en filología clásica publican y que, como dice Conde en éste, muchas veces no se dedican a los textos mismos, sino a hablar de los autores que han escrito sobre dichos textos (clásicos, por supuesto). No lo es.  Además, a diferencia de algunos de los autores que han tratado del imperio romano y que lo han hecho arrimando el ascua a su sardina ideológica sin decirlo o incluso negándolo, Conde no oculta de qué pie cojea. Si la neutralidad absoluta es un mito que utilizan los más interesados en no tenerla, honesto es reconocer que uno no es neutral
Se trata de un brillante paralelismo, como indica el subtítulo del libro, entre los trucos retóricos utilizados en el naciente imperialismo romano y los utilizados en la actualidad, en particular a partir de la segunda Guerra de Iraq, por parte de los Estados Unidos. Sin duda: comparatio non tenet in omnibus, no tiene sentido llevar la comparación a todos sus elementos. Roma fue un imperio local, muy local. Mediterráneo. El imperio que han querido construir los neoconservadores es mundial (de ahí la palabra "globalización" en el subtítulo, que a mí no me convence, pero eso son manías mías).
Es realmente sorprendente y gratificante encontrarse con un análisis muy pormenorizado de las diferencias de época e ideología que separan a dos narraciones de un mismo hecho (de resonancias bíblicas) por parte de Claudio Cuadrigario y Tito Livio. Uno sigue, casi con pasión de lector de novela policíaca, las diferencias de lenguaje, de detalles y de construcción entre un texto y otro... para aterrizar en cómo han sido presentados los soldados estadounidenses a lo largo del tiempo, desde la II Guerra llamada Mundial hasta la II del Golfo, desde Capa a la CNN. Aunque el capítulo se titula "Miseria de la filología, filología de la miseria" (de evidentes resonancias marxianas), el uso de la filología que allí se hace es cualquier cosa menos miserable. Es fascinante para los que no sabemos nada de eso.
El siguiente capítulo recorre el camino exactamente opuesto. Parte de la historia de la desinformación y de aquel penoso espectáculo que dio Colin Powell en Naciones Unidas intentando convencer al mundo de que en Iraq había de todo lo malo posible y pensable. Ahora ya sabemos (y lo he comentado aquí) que la "inteligencia" (el espionaje) había sido "cocinada" para que diera los resultados que interesaban a la cábala gobernante. Si mentía o le hacían mentir o le habían engañado, podremos discutir en sede personal, aunque es irrelevante desde una perspectiva general. El caso es que su retórica para convencer lo era de una cosa falsa. Totalmente falsa. 
El salto aquí es a un discurso de Cicerón defendiendo una propuesta para que se le den plenos poderes a Gneo Pompeyo el Grande para que intervenga en lo que ahora llamaríamos Oriente Medio. Es una belleza, para los que estamos muy alejados de la filología pero estudiamos latín en su momento, seguir el análisis de Conde sobre los recursos retóricos puestos en práctica por Cicerón para convencer a la gente del Foro y cómo une la afirmación de hechos de todos conocidos con la afirmación de que hay informaciones que apuntan a la necesidad de aquella intervención.
"La conquista semántica del Imperio" resume la idea. Viendo el fin de aquel imperio (y del pretendido por Musolini -he estado alojado en la mera plaza Venezia, donde se dieron sus mejores discursos) uno sabe que los imperios pasan y donde hubo esplendor ahora hay ruinas o un museo. Es pronto para decir si los Estados Unidos se dirigen a convertirse en un imperio (la palabra estaba "prohibida" en el lenguaje político estadounidense mientras que ahora, Conde lo documenta, es más frecuente) o ya han entrado en decadencia con un Calígula o un Nerón haciendo barbaridades sin sentido, con la connivencia de los "atlantistas" (que también los hubo con Roma: griegos que escribían la historia para adaptarla a los intereses de los nuevos amos). 
Insisto: comparatio non tenet in omnibus y, se piense lo que se piense sobre el imperio romano (las versiones autolaudatoria de los imperialistas de entonces o las de los altermundialistas de aquel momento), lo que sucedió en una pequeña zona del Planeta y en aquel momento, no tiene por qué suceder en el conjunto del Planeta y ahora, por más que la trasformación en un mundo multipolar no sea descartable, es decir, que estemos al final de una hegemonía que no ha conseguido ser imperio. Se verá.  Pero eso no quita motivos para leer el libro sino que los añade.

2 comentarios:

  1. Me lo apunto, y contrarecomiendo LTI: La Lengua del Tercer Reich, de Viktor Klempere.

    Filólogo y sufridor de la época, mezcla notas biográficas con el análisis semántico del discurso nazi en todas sus formas. Muy muy recomendable.



    Uno de tus múltiples sobrinos políticos, que te lee.

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  2. Eso de tener tantos sobrinos políticos políticos (bis, sí) tiene sus ventajas: uno aprende. Gracias por la recomendación.

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