jueves, 16 de octubre de 2008

Expertos

He citado muchas veces el dicho de Galtung: Un experto es el que da respuestas sin hacer preguntas y un intelectual es el que hace preguntas sin tener respuestas. En estos días abundan los expertos que explican la crisis y viene bien aprender de ellos ya que muchos de estos expertos no sólo no vieron venir una crisis que algunos no-expertos sí que veían, sino que, encima, negaron que se fuese a producir, aduciendo peregrinas consideraciones sobre burbujas y sobre la globalización como años antes las habían aducido sobre el "punto.com".
No hace falta ser un experto para saber que algo pasa cuando de 1896 a 1996 el precio de las casas en los Estados Unidos creció, más o menos, como la inflación, pero que entre 1996 y 2006 creció un 70 por ciento.
Ni se precisaba unos conocimientos arcanos para ver que algo no funcionaba en una situación como ésta (la línea roja es la suma de todas las deudas estadounidenses y la línea azul la renta nacional) y que ya reproduje antes de la actualización que hay ahora para 2007. Total de todas las deudas: 53 billones de dólares, más de cinco veces la renta nacional. Para este año fiscal, sólo en déficit federal, se calcula unos 455.000 millones de dólares. Redondeando, "sólo" medio billón de dólares.



¿Por qué no lo veían los expertos? Hay que irse a Francis Bacon y su Novum Organum, con perdón. El gran promotor del empirismo (del respeto a los datos) explicaba las distintas ilusiones que nos hacemos los humanos (él era humano, no se olvide) y que él llamaba "idola", ilusiones, engaños. El grupo al que pertenecemos, el lenguaje que usamos, los medios de comunicación y las manías personales están en la raíz de estos "idola", de esta negación de la realidad hasta que la realidad se venga. Aquí hay una buena reflexión al respecto.
Bacon distinguía entre los “idola” de la tribu (prejuicios y engaños compartidos con el propio grupo y en el que cada cual “ancla” sus creencias no demostrables), los “idola” del teatro, engaños que se producen por presentar la ficción como si fuese realidad (“todos los sistemas filosóficos inventados y propagados hasta ahora, son otras tantas comedias compuestas y representadas que contienen mundos ficticios y teatrales"), los “idola” de la caverna, menos interesantes aquí pues se refieren básicamente al individuo mismo y, relevante para lo que aquí nos ocupa, los “idola” del mercadoo de la plaza pública que son los que se producen por la interacción lingüística entre los seres humanos y que pueden ser, a su vez, de dos tipos: los “idola” que se trasmiten mediante palabras que no tienen un referente empírico real (por ejemplo, el homo oeconomicusy las que, aunque tienen tal referente, han sido mal construidas, mal abstraídas de la realidad y mal esquematizadas (por ejemplo, la globalización). No hace falta decir que los “idola fori” son ilusiones del mercado entendido como lugar en que la gente se encuentra y no como después ha sido descrito con mayor o menor mitología adicional: todo eso de “infinitos ofertantes, infinitos demandantes, todos con libertad e información completa”.
Que las cosas están cambiando parece que se puede ver hasta en los premios Nobel (aunque no en el de la Paz, que ha sido, un año más, una vergüenza para su fundador que, sin duda, se habrá removido en la tumba). Que le hayan dado el de Economía a Paul Krugman, indica que las cosas ya no son lo que eran. Y Krugman me resulta simpático porque había afirmado alguna vez que las políticas económicas se movían más por modas (otro tipo de "idola") que por análisis concretos de situaciones concretas. Los expertos repetían lo que se llevaba en aquella temporada y las "certezas" académicas se defendían según el criterio que ya encontró Kuhn: el poder de las mafias intelectuales en cada caso, ordenando qué es lo correcto y qué lo incorrecto.
Otra razón para la ceguera de los expertos venía de no reconocer el carácter histórico de sus disciplinas. Con el modelo de la física detrás de sus pretensiones, construían "ciencia" cuando lo que construían eran "idola". Es cierto que la diferencia entre un neutrino boliviano y un neutrino suizo no es relevante, así que se puede hablar de los neutrinos sin necesidad de especificar el país de origen ni el momento en que ha sido "observado". No parece, en efecto, que haya habido mucha diferencia entre los neutrinos medievales y los contemporáneos (aunque no es de descartar que, a muy, muy largo plazo sí que pueda haberlos, pero carecemos de capacidad para observarlo). Pues bien, con ese modelo en el trasfondo, los expertos han producido "leyes universales" que valían para Zimbabue y para Haití, para una fase ascendente del ciclo económico largo (los llamados Kondratiev) y para una fase descendente del susodicho. Los muy tontos, cuando se les señalaba la luna miraban al dedo. 
Los expertos que han exportado de un país a otro sus "leyes" y "recetas" (Joseph Stiglitz tiene páginas sarcásticas para estos expertos que harían reir si no hubiesen sido tan dañinos para las sociedades periféricas)  han olvidado que no estaban haciendo física, sino ciencia social, es decir, histórica y cultural. Una misma receta (por ejemplo, reducir el déficit público, reducir el déficit comercial y controlar la inflación) no tenía los mismos efectos en una sociedad relativamente más igualitaria que en otra relativamente más desigualitaria. En la segunda los efectos eran catastróficos: reducir el gasto social, mejorar las perspectivas de los terratenientes y empeorar el abastecimiento de los de abajo y congelar los salarios de funcionarios públicos (enseñanza, salud, administración). Y lo mismo puede decirse de la receta en fase de expansión o en fase de contracción.
Ahora, esos mismos expertos vuelven a las andadas. Superado el intento de utilizar la crisis como argumento electoral (o de negarla por miedo a sus efectos electorales locales como pasó en España con el PSOE) aunque en ello están todavía en los Estados Unidos, el gran causante, se ha pasado exactamente a lo contrario. Ahora se trata de una crisis mundial, como mundiales fueron las guerras llamadas mundiales, la primera y la segunda, es decir, que afectaron a los países centrales y, por eso, se arrogaron el derecho a llamarlas mundiales... cuando no lo eran: el mundo es un poco más grande. Óscar Ugarteche, curiosa y bien aprovechada mezcla de experto e intelectual, ha recogido lo que estamos aprendiendo de esta crisis. Creo que lo básico es a dudar en general y, en concreto, a desconfiar de los expertos como ya desconfiábamos de los intelectuales. El resultado no es bueno: los errores cometidos llevan a una cierta exaltación de la irracionalidad y eso suena feo. Pero, mientras, algo más de sencillez en nuestros expertos sería de agradecer. Al fin y al cabo, quien más quien menos tiene memoria y se acuerda de lo que se ha dicho hasta hace nada.
Pero para nuestra desgracia (e indiferencia de los expertos), lo que está sucediendo se parece, como ha dicho Mike Davis, a lo que les sucedió a los primeros descubridores del Gran Cañón del Colorado: que carecían de conceptos para hacerse una idea de lo que estaban viendo y que, por lo visto, les superaba hasta anonadarles. Cierto que se sabía mucho sobre burbujas y grandes depresiones (la bibliografía que aporta Jürgen Schuldt -ver el link aquí al lado- es suficiente), pero, por lo que dicen los expertos, lo de ahora es... bueno, que no tienen palabras. Y por eso no dejan de hablar, que es una reacción comprensible.
Para acabar de complicarlo, Raúl Zibechi desarrolla un argumento según el cual toda esta crisis, sus pánicos y sus euforias, no habría sido más que un truco de las élites para conseguir más dinero, esta vez de los gobiernos. Tengo que dudar de esta perspectiva, aunque no niego sus componentes verosímiles. Pero si fuese la correcta, habríamos tenido "idola" de "idola", es decir, "idola" al cuadrado, en cuyo caso el papel de los expertos (y de los comentaristas, que no intelectuales, como yo) no podría haber sido más ridículo. Pero siempre hay salvación a la hora de argumentar: se puede decir que todo depende del nivel de abstracción en que se sitúe el análisis. Cuando se compara el artículo de Zibechi con la pormenorizada narración de los eventos que acontecen en la rúa uno se da cuenta de que ambos fallan. A Zibechi (¿intelectual? no del todo: da soluciones) le faltan detalles y a los periodistas (¿expertos? no del todo: toman posiciones) les falta perspectiva. Pero para perspectiva (a corto, medio y largo plazo) el Commentary nº 43 de Immanuel Wallerstein publicado ayer. También vale la pena.

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