martes, 9 de septiembre de 2008

Montesquieu ha muerto


Cuando los partidos políticos españoles con representación parlamentaria han llegado a un acuerdo para repartirse los puestos en el Consejo General del Poder Judicial, ha habido quien ha lamentado la "muerte" de la separación de poderes cuya necesidad elaboró Montesquieu. Lo que quería el buen hombre era evitar los males del poder absoluto monárquico del que se intentaba huir con la Ilustración primero y con la Gran Revolución (la francesa, por supuesto) después y en los que cayó España con el franquismo y su "concentración de poder y división de funciones". El soberano, pensaban los ilustrados, era el pueblo y había que buscar un sistema de evitar que el poder se concentrase como se concentró en la figura de Francisco Franco.  
Llegada la democracia, la "muerte de Montesquieu" ya fue constatada por Alfonso Guerra cuando era secretario general de los socialistas y, por tanto, no es novedad la constatación ni el escándalo que produce como si la realidad hubiese sido alterada por estas decisiones.
El mejor ejemplo de esta separación de poderes lo dan los Estados Unidos con sus sitema de "checks and balances" entre los tres poderes del Estado. Los estudiantes estadounidenses tiene su "rincón del vago" donde se explica con mucha claridad y donde se ve que los Padres Fundadores, bien poco monárquicos, querían a toda costa evitar la concentración de poder.


Como digo, es donde mejor se practica la separación de poderes, sobre todo porque el legislativo y el ejecutivo dependen de elecciones separadas y no necesariamente coinciden las mayorías en uno con el partido del otro. Cierto que hay algunos pequeños defectillos, como el nombramiento presidencial de los miembros de la Corte Suprema, que duran muchísimo y, como allá se dice, es el medio que tienen los presidentes de perpetuar su política en el tiempo: nombrando jueces afines, que es lo que todos han hecho. Aborto, células madre, enseñanza de la religión, uso de armas etc. Siendo, como es, el mejor sistema de separación de poderes, sin embargo acaba cayendo en el mismo problema que ahora critican en España (y con razón, dicho sea de paso). En el caso de que gane McCain, preocupa en algunos sectores estadounidenses el fundamentalismo de la que sería la vicepresidenta y su idea de llevar adelante sus políticas "moldeando el poder judicial".
Nada es perfecto, pero se trata de un sistema presidencial y ahí la separación es más probable, aunque, como digo, con sus problemas. En un sistema parlamentario, la separación es sólo formal, no empírica. Veamos.
En un sistema presidencial el presidente es elegido con independencia de las elecciones parlamentarias. En el caso estadounidense con la peculiaridad de los Grandes Electores, pero eso no hace ahora al caso. En cambio, en los sistemas parlamentarios europeos el ejecutivo nace de la mayoría del legislativo ya que sólo hay elecciones para el legislativo (congreso, senado, parlamentos en general). Aunque formalmente son diferentes, en la práctica el que tiene la mayoría en el legislativo es también el ejecutivo. Normalmente, el que manda en el partido mayoritario es la misma persona que manda en el ejecutivo (una excepción interesante es la del PNV, con las sorpresas que tal bicefalia vasca comporta). Por suerte para Montesquieu, el judicial español es nombrado por el parlamento con lo que no se puede hacer lo que han hecho los presidentes estadounidenses, pero sí sucede lo que acaba de suceder: que reflejan la composición del parlamento y no la composición de los jueces, cosa que sería, por otro lado, un tanto estrambótica.
El riesgo del sistema parlamentario es el de producir una "monarquía republicana" como la llamó Duverger, bien alejada del ideal de Montesquieu. El riesgo del sistema presidencial es paralizar el país con presidencias débiles desde el punto de vista parlamentario: es el caso de muchos países latinoamericanos en los que no concurren sólo dos partidos con posibilidades (como en los Estados Unidos) sino que concurren muchos. En el caso estadounidense, un presidente del partido A, puede tener congresos con mayoría de A, pero también con mayoría de B, aunque con fuerte presencia de A. En muchos casos latinoamericanos el presidente ha sido elegido en una segunda vuelta (recuérdese que Evo Morales fue excepcional a este respecto pues fue elegido a la primera) a la que concurren los dos más votados en la primera. El que saca mayoría en esta segunda vuelta puede pertenecer a un partido totalmente minoritario en las cámaras o incluso, como sucedió con Rafael Correa en su elección a presidente, sin ningún escaño (curul) en el congreso. Las posibilidades de ser boicoteado por un congreso en tales circunstancias es algo que Evo Morales ha sabido bien: su partido no tenía la mayoría suficiente para llevar adelante determinadas propuestas del ejecutivo. Correa lo manejó con otros medios, ciertamente. 
Es separación de poderes, sí, pero en condiciones de relativo consenso como el de USA la cosa tiene efectos bien diferentes a los efectos que tiene en condiciones de polarización política.
Todo puede cambiar. La formalidad no implica necesariamente práctica real. Y, por ejemplo, en el Ecuador se discute ahora, a propósito del nuevo régimen, si se trata de un hiper-presidencialismo que borra la división de poderes y lo deja en una división de funciones o si se tratará de una Constitución hiper-ciudadana. El tiempo, no la formalidad, lo dirá. Las constituciones son reglas del juego pero de dudosa capacidad taumatúrgica: difícilmente crean la realidad. Y los hechos son tozudos.


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