lunes, 22 de septiembre de 2008

La estupidez (humana, por supuesto)

"Las leyes fundamentales de la estupidez humana" es una lectura que debería ser obligatoria para todo optimista y más si se precia de serlo. Fue un inteligente divertimento del historiador Carlo Cipolla y, como tantos otros divertimentos, tiene suficiente verdad como para que haya que tomar en serio las sonrisas que provoca. Me regaló esta preciosa edición italiana de "il Mulino" un colega y a pesar de ello amigo, no sé si con segundas. Y claro que se trata de la estupidez humana, ¿cuál, si no, iba a ser?
La cosa comienza definiendo al estúpido: es el que hace el mal sin sacar provecho o incluso causándose mal a sí mismo. El bandido hace el mal, pero se beneficia de él. El inteligente hace el bien por conseguir un bien (racionalidad con respecto a fines y racionalidad con respecto a valores, que diría el inefable Weber).  El ingenuo (sprovveduto) hace el bien pero consigue el mal. Sólo el estúpido es capaz de hacer el mal y sacar mal de ello sea para sí o para los demás. 
Hasta ahí no habría mayor problema. Es una tipología como cualquier otra y seguro que cualquier lector (y yo el primero) puede dar ejemplos públicos y privados de cada uno de los cuatro tipos. Y si es medianamente lúcido, seguro que ya sabe en qué categoría se clasifica. Por mi parte, sé bien lo ingenuo que soy. Pánfilo diría yo, pero esa no es la terminología de Cipolla, ni mi narcisismo da para tanto como para que considere mi caso como interesante.
Las leyes de Cipolla añaden algo a la mera tipología. Primero, la constatación de que los no estúpidos tienen a infravalorar la cantidad de estúpidos que hay en su entorno... hasta que ya es demasiado tarde. Segundo, que estúpido puede ser cualquiera, sea la que sea su raza, sexo o credo. No hay modo de prever que vaya a cometer una estupidez hasta que la ha cometido y entonces persevera en ello. Once a stupid, allways a stupid. Tercero, que hay instituciones como las iglesias (y sus asimilados como las universidades) que favorecen la presencia de estúpidos. "La clase y la casta (sea laica o religiosa) han sido las instituciones sociales que han permitido un flujo constante de personas estúpidas hasta posiciones de poder en la mayor parte de las sociedades preindustriales".
Este último punto es el que más me intriga. Se supone que las universidades atraen a personas racionales e inteligentes (me lo decía uno de los grandes-grandes de la antropología española hace pocos días y, ciertamente, nada estúpido). Sin embargo, no es infrecuente encontrar comportamientos bien poco racionales y bien poco inteligentes entre sus miembros, se vistan del capisayo académico para las inauguraciones o vayan de paisano por la vida. Es decir, la estupidez es más frecuente de lo que se podría esperar dadas las características de sus miembros. Puede que se trate de casos del "dilema del prisionero": al ser muchos los que buscan su bien y al mezclarse esa porfía, lo que se consigue, como efecto de composición, es que nadie consiga ningún bien sino el mal. 
Para no ponerse esotérico, el llamado dilema del prisionero es un problema clásico en investigación operativa. Traduciéndolo a literatura, se referiría a una situación como la siguiente: Imagine a dos fortachones e igualmente armados que, muertos de hambre, encuentran un jabato enzarzado en el bosque. Su primera reacción es la de pelear para que el jabato sea del vencedor, pero, como no son tan brutos, parlamentan para arrojar las armas y repartirse el jabato. Mejor, proclaman, medio jabato para cada uno que el riesgo de morir que corren ambos si pelean. Pero, además de no ser brutos, son, desgraciadamente, listos y cada uno de ellos piensa que si hace trampa y, cuando cuenten tres para arrojar las armas, él no las arroja, puede conseguir un doble objetivo: matar al contrincante y quedarse con todo el jabato. Lo malo es que eso lo piensan los dos y los dos quedan prisioneros de una situación en la que, creyendo que obtienen el máximo beneficio particular, lo que obtienen es la máxima pérdida tanto individual como colectiva. Listos sí, pero no inteligentes.
No, la estupidez universitaria debe de tener, sin negar los aportes del "dilema", otras raíces. Por ejemplo, el narcisismo como enfermedad profesional. Los profes suelen tener el Ego bastante hinchado. Es algo que tienen en común con muchos políticos. En el caso de los profes hay condiciones ambientales que lo favorecen: que la gente les atienda en clase (más o menos, cada vez menos) les hace pensar que lo que dicen es importante. Además toman la adulación, como los políticos, como signo no de la propia falta de realismo sino como señal de lo mucho que valen. Porque no lo ven como adulación sino como reconocimiento de su mucha valía de la que acaban totalmente convencidos. He tenido la suerte de conocer y tratar de forma muy amigable y cercana a algunos de los grandes figuras de mi campo y circundantes: con las excepciones de rigor, en todos había sencillez y humildad que contrasta con el engreimiento de los que no llegan a su nivel objetivamente hablando.
El problema con los estúpidos, prosigo con Cipolla después de esta desviación del camino inicial, es doble. Primero, que si son estúpidos, seguirán siendo estúpidos. No hay nada que hacer para quitarles la estupidez. A lo más, poner tierra por medio, aunque es posible que sigan persiguiendo. Y, segundo, al ser tan irracionales siempre tienen las de ganar ya que sus ataques son imprevisibles. El estúpido es, prosigue nuestro autor, lo más peligroso que uno puede encontrarse (mucho más que el bandido). Y como aparecerán inexorablemente, lo único que se puede decir es que estamos perdidos.
¿No han sido -y son- estúpidos la mayoría de la clase política a escala mundial? Cierto que también los ha habido -y los hay- bandidos. Y es posible que los haya inteligentes. Creo que conozco un par de casos. Pero hay muchos más ingenuos y, por encima de todos, los estúpidos. Digamos que estúpidos más que bandidos más que ingenuos más que inteligentes. 
(P.S. Pasado el tiempo encuentro este bonito artículo, publicado en inglés, y con el título "los estúpidos que gobiernan América" -se refiere a los Estados Unidos-; no debe de haber leído a Cipolla)

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