lunes, 29 de septiembre de 2008

Envoltorio, sí; realidad, no.

Me asombraba el otro día de los que, en los Estados Unidos, trasforman la crisis financiera y tal vez económica en una mera herramienta electoral para echar en cara al gobierno si uno está en la oposición o para minimizarla si uno está en el poder. Como pasó en España en las últimas elecciones generales. 
También me asombraba de la facilidad con que se separaba la susodicha crisis (a partir de las hipotecas subprime amén de muchos otros factores) de la cuestión en la que los Estados Unidos basan o creen basar su poder actualmente: el gasto militar que viene a ser la mitad de todo el gasto militar mundial. El problema, como bien supieron los del Imperio de la Armada Invencible, es que hay que disponer de fondos para ese gasto o hay que pedirlo prestado. Y no está muy claro de dónde van a salir los miles de millones del gasto militar al que me he referido ya en otras ocasiones ni los miles de millones para el rescate de los "productos tóxicos" que contaminan los bancos comerciales, los ex-bancos de inversión, las aseguradoras y las cajas de ahorros estadounidenses. 
La comparación con la Armada Invencible no es mía: es de Paul Kennedy, el historiador británico que trabaja en los Estados Unidos, aunque el comparaba, si no recuerdo mal, Tormenta del Desierto con la Armada Invencible. En todo caso, la explosión de una supernova que,  en realidad, va a dar paso a una enana blanca (o algo así: quiero decir que estas fanfarrias militares mundiales pueden ser -lo fueron- el preludio de una larga y penosa decadencia... sólo que en este caso se trata de una decadencia de una potencia nuclear, no se olvide: república bananera, pero nuclear, como repite Paul Krugman).
En este contexto, nada cómico y sí muy preocupante, se sitúa la campaña presidencial para las elecciones de noviembre. El horror comienza cuando, como cuenta Saul Landau, uno se percata de que los políticos y sus medios (o los medios y sus políticos), todos ellos en buena connivencia con las grandes empresas ("business politics"), están hablando de gilipolleces intrascendentes a lo largo de esta campaña o, una vez más, metidos en politiqueos mugrientos como los que cuenta Paul Krugman.
Igual va a tener razón mi taxista del otro día. En todo caso, los espectáculos políticos españoles también abren las carnes. Como el del congreso del Partido Socialista en la Comunidad Valenciana (antes País Valenciano, o Reino de Valencia, o Región Valenciana, que esos sí que son problemas importantes, como es importante decir que se es de izquierdas o que uno se va al centro, si es que tal cosa existe: decir es gratis; lo que hace falta es hacer).
Yo creía que pagábamos a los políticos (porque son nuestros empleados temporales, no fijos) para que resolvieran problemas reales, no para que se enzarzaran en discusiones sobre el color con el que pintar las chimeneas del Titanic cuando éste se está hundiendo a todas vistas. Pero está claro que la política de envoltorio está ganando terreno. Cuando la realidad se vengue (porque es muy vengativa y tozuda), la culpa será de los electores, claro. Nunca de los políticos. 

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